Nacional

[OPINION] Del cometa Halley al eclipse (por Aland Tapia)

En medio las protestas contra la dictadura de 1986 apareció salvador el cometa Halley, el que se acerca cada 76 años a la tierra y se deja ver una vez en la vida para cualquier habitante del planeta. Cada generación tiene lo suyo. En 1994 fue el eclipse total en Putre y ahora en Atacama-Coquimbo. Pasó la luna y tapó el sol, haciendo del día la noche, poético, pero simbólico.

Esto significa que hasta el sol puede quedar por un par de minutos sin alumbrar una fracción de la tierra por acción de un cuerpo en órbita, por pequeño que sea. Esto significa que es posible cambiar el estado de las cosas, aunque algunos piensen que dos minutos es poco: todo es relativo, ya lo demostró Einstein.

El día que el primer presidente de Estados Unidos en llegar a China, Richard Nixon, le preguntó a su anfitrión, Mao Tse Tung, qué pensaba de la Revolución Francesa; la repuesta del padre de la Revolución China fue precisa: “Ha pasado muy poco tiempo para dar una opinión”. Es que es cierto, el tiempo es relativo: los 200 años entre ambas revoluciones, para un chino milenario, es poco. Para el mundo occidental parece ser una eternidad.

En Chile el tiempo pareciera ser mucho cuando hablamos de los 45 años del golpe de Estado, pero poco cuando seguimos analizando nuestro futuro a partir de esa cicatriz que no parece cerrar. Se nos viene la vida en blanco y negro, entre los buenos y los malos (los buenos siempre son los mismos, igual los malos). Simbolizamos con liviandad el significado que para cada cual ha tenido un hecho trágico, como la desaparición de sus familias, la expropiación de sus empresas o el deterioro de las pensiones, la salud y la educación, que no son otra cosa que la expresión de una muerte lenta en la pobreza, como está viviendo mucha gente en Chile.

El tiempo es relativo. ¿Qué vamos a hacer por nosotros mismos para cambiar el estado de las cosas, nuestro destino que está la vuelta de la esquina? Creo que hay que ser responsables y pensar un país que tenga destino más allá del eclipse, del fugaz paso del Halley. Hay que apuntar alto para verlos, pero más alto para cambiar el estado de las cosas. Dos minutos es mucho tiempo para el que ya no tiene esperanza, doscientos años es una eternidad para el que piensa en resolver todo a la vuelta de la esquina.

Chile debe acordar su ritmo, que en economía el modelo sirva para todos, no para unos cuantos super ricos; que el territorio sea para poder disfrutarlo sin la pachotada del señor de Gasco ni el de la playa en O’Higgins, que la vida dure todo lo que la naturaleza y la ciencia dispongan, no lo que diga la Isapre o Fonasa. Que las pensiones se paguen con el esfuerzo solidario de los trabajadores, en todo o en parte. Que la educación sea aún más accesible, sin costo individual, más que el esfuerzo.

Chile está enfermo del tener, abandonando el ser, me recordó un amigo. Ahora creo que la raíz no está en el modelo, sino el secuestro del mismo por parte de los que lo usan a su amaño. No habrá otro modelo entre Occidente y China, ningún otro que no sea cooperar. No necesitamos ricos ni super ricos, sino inteligentes y súper inteligentes, personas que ayuden a mejorar el entorno social, donde el tener no secuestre el ser. Eso que llaman sociedad de consumo, bien pero basada en la cooperación, en la digna distribución.

Sería bueno que los súper ricos tuviesen que optar entre pagar mejores sueldos o mayores impuestos. Seguro que algunos creen que eso es chorreo, pero no es así. Hoy, las grandes empresas son responsables de un tercio de los trabajadores que ganan el sueldo mínimo, una vergüenza nacional. Esas empresas o pagan buenos sueldos o altos impuestos.

Así, de la mera observación podemos enumerar que los grandes problemas de pensiones y salud están en la baja remuneración que lleva a una baja cotización, un problema estructural que tiene con devaneos al poder político, porque saben que la solución nunca se alcanzará con la actual distribución del ingreso.

A propósito de lo relativo del tiempo y de los sueldos. Un rico jamás tendrá tiempo para gastar ni disfrutar el dinero que posee. Pregúntele lo mismo a una mujer que hace esfuerzos para llegar a fin de mes como trabajadora y jefa de hogar con un par de niños, cuánto cambiaría su vida con un sueldo digno. O a un trabajador pudiendo ir de vacaciones con la “vieja” antes que la vida se le vaya. En Chile pasamos de 4 mil dólares per cápita en 1990 a 26 mil el 2018. Esto es un millón 500 mil per cápita al mes. Por ahí nos iríamos entendiendo, Chile. No esperemos al Halley el 2061 ni el eclipse del 2020.

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