Nacional

[EN MEMORIA] El Pepe

Por Roberto Córdova.

En circunstancias en que la iglesia católica chilena pasa por su peor momento; atestada de denuncias, de querellas, de ignominia. A propósito de no caer en la siempre injusta generalización, la muerte del Pepe Aldunate viene a refrescarnos la memoria respecto de una iglesia que sí cumplió su misión y que no solo tomó las banderas de la mayoría pobre y oprimida de este país, sino que –como en el caso del Pepe- se hizo parte de ese pueblo avasallado.

Hoy distintos medios y portales hablan de la vida y testimonio de coherencia del cura obrero, y me gustaría aportar uno más a su ejemplar ejercicio del sacerdocio, pero sobre todo a su condición de militante de la causa de la justicia.

Corría el año 1985 y un grupo de jóvenes nos habíamos propuesto estudiar la Teología de la Liberación (TL). Nos reunimos un fin de semana completo en una casa comunitaria en la que algunos de nosotros vivíamos cerca de la población Montedónico, en Valparaíso. Queríamos tener un contrapunto así que invitamos a Pierre Bigo que era crítico de la TL, al cura salesiano Andrés Aninat, que venía dispuesto a aprender, y a los partidarios de dicha teología, Fernando Aliaga, de Serpaj, Pedro Aguiar, un cura emblemático en la resistencia a la dictadura en Valparaíso, y, cómo no, el Pepe. Fueron tres días de exposiciones, debate y reflexión riquísima, y que además permitió generar un vínculo más cercano con el cura obrero.

Dado ese vínculo, y estando de visita en la Comunidad de los jesuitas de La Palma, en Estación Central, donde vivía el Pepe allá por 1988, acordamos que realizaría una charla en Valparaíso a propósito de una carta firmada por un conjunto de personalidades de todo Chile y de todos los pelajes, en la cual le pedían a Pinochet la renuncia. El primero de la lista era el Pepe.

De regreso a Valparaíso, conseguimos el Sindicato 1 de trabajadores de la UCV y confirmamos la actividad para un par de semanas después. Lo que no estaba presupuestado es que el dictador declararía –en esos días- como su enemigo número uno al primer firmante de dicha carta, ordenando su detención. Hecho que obligó al Pepe a pasar a la clandestinidad. Como era lógico, debimos suspender la actividad.

Una semana después, estando en mi lugar de trabajo, recibo por la mañana un llamado telefónico y del otro lado escucho la voz del Pepe: ¿Está confirmada la actividad de esta noche? –preguntó sereno. Yo titubeo un momento y luego me apresuro a confirmarle que sí, que ya estaba la gente convocada, que no hay problemas. Bien, tendrán que irme a buscar a un punto de encuentro discreto y ser puntuales, pues me llevan en auto –agrega. Sí, claro, no hay problemas–respondo, mientras imagino todo lo que debo hacer una vez que cuelgue el teléfono.

Estaba realmente sorprendido. ¿Cómo este hombre era capaz de responder a su compromiso en la situación en que se encontraba? Pero del asombro debía pasar a lo operativo. Llamé a Osvaldo, presidente del sindicato, para volver a solicitarle la sede. Estaba ocupada con otra actividad que no podían desmontar. Intenté en otros espacios, pero nada. Conversando con el equipo organizador, que por mientras se encargaba de re convocar vía teléfono fijo (no existían los celulares), decidimos hacerlo en el departamento donde vivíamos con mi compañera. Un espacio donde normalmente cabíamos unas 20 personas podía ser la solución; más aun, resultaba bastante más seguro para el expositor que un espacio público.

Según lo acordado y a la hora señalada, recogimos al Pepe cerca de la avenida Argentina. Bajó del auto que lo traía y subió rápido al nuestro. Coordinamos con el chofer que lo llevaría de vuelta juntarnos en el mismo punto a las 6.30 am del día siguiente. Luego partimos al departamento.

Mientras nos dirigíamos hacia el cerro Barón, lo único que pensaba era que la asistencia fuera digna del acto de coraje de este sacerdote del pueblo. Para mi total regocijo, el departamento estaba repleto. Nosotros teníamos en el living comedor solo un puff y una mesa de mimbre con cuatro sillas, por lo que las 50 o 60 personas que habían concurrido a una convocatoria relámpago debieron sentarse apretujados en el suelo.

Deben haber sido cerca de las 8 pm cuando comenzó el conversatorio. El Pepe, sin perder su fundamento cristiano, hablaba cual líder de la resistencia y la liberación, conminándonos a no bajar la guardia. Cerca de la una de la madrugada, algunos compas debieron irse e hicimos una pausa. Le ofrecimos una cama para que pudiera dormir un poco antes de dejarlo de vuelta con su chofer santiaguino. No quiso. Pidió otro té y la conversa se prolongó hasta las 6 am. Quienes participamos de dicho encuentro sabíamos que estábamos frente a un hombre excepcional, representante de una iglesia de izquierda, como él gustaba decir. La iglesia de los pobres.

El mundo popular, las víctimas de violaciones de derechos humanos, los oprimidos por la dictadura cívico militar, estaremos siempre agradecidos de personas como el Pepe Aldunate que, junto a tantos otros curas a lo largo y ancho de este país, desde su trinchera de fe y práctica de los valores que decían sustentar se hicieron parte del pueblo y sus luchas por sacudirse de los criminales que asolaron durante 17 años al país.

Llegada la “democracia” y la profundización del modelo de despojo administrado por los ayer opositores, esa iglesia de los oprimidos fue siendo arrinconada, y sus curas relegados a espacios marginales. Como si la “Santa Sede” y la Conferencia Episcopal chilena, se hubiesen concertado con los articuladores de la democracia de los acuerdos, y así como desmantelaron todo el tejido social y sus organizaciones populares, mismas que les permitieron acumular fuerzas para “su” triunfo en las urnas; también desde dentro de la iglesia dominante se desarticuló a los representantes de la Teología de la Liberación. Por lo mismo, es fundamental, y hoy más que nunca, relevar la figura del Pepe como fiel testimonio de que otra iglesia es posible.

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