Hablar de “la problemática del comercio ambulante” suena completamente desconectado de la realidad. La “solución” propuesta no es más que un parche: trasladar a las personas de un lugar a otro, como quien mueve un objeto incómodo. Igual que cuando esconden a los indigentes para que no se vean, ahora buscan mover a los vendedores ambulantes lejos del Congreso. ¿Y el plan de fondo? No existe. ¿Y la respuesta inmediata? Tampoco la tengo.
La reubicación en el bandejón central de Av. Argentina muestra la crudeza de esta improvisación: los vendedores no tienen ninguna protección física; están expuestos, vulnerables. Hoy, vender en la calle no es una elección libre, es la única alternativa cuando el trabajo formal no está disponible. El chileno, el porteño, el inmigrante que llegó buscando una oportunidad, no es flojo: es un sobreviviente. La pobreza no es una decisión; es un círculo del que pocos logran salir.
Cuando pienso en los vendedores ambulantes, veo realidades muy distintas. La mayoría arma puestos improvisados, extendiendo un paño en el suelo y cargando carros y mochilas todo el día. Hay chilenos, inmigrantes, jóvenes, adultos mayores, familias con niños. Nadie está ahí porque quiere. Están porque no les quedó otra.
Y digo “ellos” con respeto. Hablar de “nosotros” me parece una falta de respeto, ponerme en un lugar que no me corresponde. Lo mío ha sido esporádico, una forma de enfrentar un momento complejo, y aunque he vivido ciertas urgencias, reconozco que lo hago desde una posición con privilegios. Hace no mucho, empecé a vender mis cosas en la calle. Mi urgencia no era sobrevivir, sino sostener aquello que me da estabilidad y sentido: mi casa, mi espacio.
Extiendo un paño donde quepa, llevo café, pan, un libro. Comparto el día con los vecinos, conversando cuando se da. Uno aprende rápido: a respetar precios, a cuidar los espacios, a reconocer que también aquí existe una ética del trabajo. Respeto. Esa es la palabra. Respetar a quienes llevan años chambeando en la calle, buscando su sustento.
Detrás de esta sobrevivencia diaria, hay algo de lo que se habla poco: la desesperanza. No es casualidad que Chile sea uno de los países de Latinoamérica con mayores tasas de suicidio en personas mayores. El abandono, la pobreza y la imposibilidad de sostener una vida digna en la tercera edad empujan a muchos al límite. Cuando no hay apoyo, cuando pareciera que la única forma de subsistir es salir a la calle a vender lo que se pueda, la esperanza también se gasta. Y eso también es violencia: una violencia que mata de a poco.
También soy crítica. No defiendo a quienes, pudiendo trabajar, eligen pedir sin ofrecer nada a cambio. El esfuerzo diario, cuando es posible, también es una forma de dignidad. Claramente, esto no aplica a niños ni a adultos mayores, quienes jamás deberían estar expuestos a estas condiciones.
Se habla de pagar permisos para vender. ¿Cómo hacerlo, si lo que se gana apenas alcanza para comer? Cuando la preocupación principal es alimentar a la familia, no hay espacio para gastos extra. Quien se esfuerza día a día se gana su derecho a ocupar su lugar.
Hoy hay vallas papales. Para muchos, se han convertido en improvisados colgadores de ropa. Se agradece: la ropa se muestra mejor. Mientras tanto, la ciudad sigue destruyéndose de a poco. Cerro Alegre y Cerro Concepción, que alguna vez fueron símbolo de turismo y sustento, hoy muestran locales cerrados, basura en las calles, murales rayados, abandono.
Viviendo en Valparaíso, he visto esto de cerca. Aquí la pobreza no se esconde en comunas periféricas: está en cada calle, en cada cerro. Buscando cifras, me encontré con estimaciones que indican que un vendedor ambulante podría llegar a ganar entre $700.000 y $1.000.000 mensuales. Tal vez en algunos casos sea cierto, pero ¿a qué costo? ¿Con cuántas horas de trabajo, cuánta incertidumbre, cuánta exposición al calor, al frío, a la violencia? Incluso si los ingresos fueran similares a los de un profesional, ¿eso alcanza para decir que se vive dignamente?
“Si no vendo, no como”, se escucha. ¿Y qué pasa con la dignidad? ¿Dónde queda el derecho a vivir en paz? El ambulante no busca molestar. Busca salvar su día, su dignidad, su vida.
Hoy más que nunca defiendo a quienes defienden lo suyo. Porque el hambre y la pobreza no reconocen fronteras. Aquí, en Valparaíso, las calles son un escenario de resistencia. Y el verdadero problema no son ellos: es la indiferencia que, silenciosamente, va destruyendo nuestra ciudad.
Camila Valck Keitel
Psicóloga
Valparaíso
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Sin duda cada región y cada comuna maneja su comercio ambulante de una forma distinta. Pero veo muchas similitudes a lo que sucede en Temuco con los vendedores mapuche que por el Convenio 169 de la OIT se establece un mandato de protección especial del trabajo indígena, entendido como un derecho social, y todas las administraciones de turno intentan abolir este derecho. Triste.