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[OPINION] El nuevo Caso Catrillanca: más balas que palabras (Diego Ancalao)

¿Qué precio debemos pagar para el reconocimiento de nuestros derechos humanos? ¿Cuánto debemos soportar a cambio de la devolución de territorios? El precio es la muerte, así se constata en estos días, con el asesinato por parte de la policía y la armada, de nuestro hermano Yordan Llempi Machacan, de 23 años. Es lo que Patrick Henri quiso decir en su frase “libertad o muerte”, seguramente es lo que nuestros hermanos pensaron en su último aliento “Trátenme con dignidad o mátenme”.

Es la voz de un pueblo, al que siguen intentando asesinar en el nombre de la paz, al mejor estilo de Cornelio Saavedra que hace 140 años bajo el eufemismo de “pacificación de la Araucanía asesinó a nuestros abuelos”. Tiempo en el que expoliaron nuestras tierras, las mismas que hoy están en manos de las forestales y empresarios agrícolas controladas con las fuerzas policiales y militares, bajo el nombre de estado de excepción, promulgada por el presidente Piñera y sostenida por todos los sectores políticos del arcoíris. Esto no es casualidad, porque ahí donde la excepción se arraiga, surge la incertidumbre y total indefensión de la vida que queda desnuda sin derecho que la abrigue.

Chile debe comprender que no habrá paz mientras no nos devuelvan lo que el Estado nos arrebató, no mientras sigan violando nuestros derechos y territorios. El mapuche de Wallmapu no vive en democracia; vive en un Estado policiaco, que se caracteriza por la brutalidad de carabineros y militares, como una fuerza de ocupación que no está para protegernos, no está para cuidar nuestro bienestar, está para proteger los intereses de empresarios que ni siquiera viven allí.

Son las mismas condiciones que prevalecían en Argelia, Irlanda y el País Vasco, que obligaron esos pueblos a la noble tarea de sacudirse del yugo, recurriendo a las medidas necesarias contra el invasor. Esas mismas condiciones prevalecen hoy en comunidades mapuches, la rabia y resentimiento del pueblo crece cuando vemos que para ellos sus asesinatos no son violencia, sino actos pacíficos para mantener la paz. En cambio, cuando el mapuche se defiende es tratado de terrorista y criminal. Esto ocurre porque los opresores son quienes hacen las reglas del juego, las leyes hechas a la medida de los privilegiados las mismas que condenan a los pueblos.

Yo no sería humano si me parara aquí a decirles que los mapuches que viven en esas comunidades y en esas condiciones están dispuestos y resueltos a permanecer impávidos, buscando paciente y pacíficamente alguna buena voluntad que cambie las condiciones que prevalecen. El desarrollo histórico de todo lo que está pasando nos hace pensar en un nuevo y gran levantamiento mapuche. Nunca un levantamiento mapuche, que trata la solución del conflicto en términos profundos, debería llevar los valores que las hegemonías políticas de izquierda y derecha han utilizado para destruir la ñuke mapu (madre tierra), con la consigna de civilizar, del crecimiento económico, porque es la excusa centenaria para la segregación indígena y el empobrecimiento de las grandes masas sociales en todo el continente. Debemos recuperar y movilizar por el kume mongen. (buen vivir).

La cultura chilena deriva del cristianismo europeo, capitalista e imperialista. Por ello la filosofía y forma de vida mapuche del Buen Vivir (Kume momgen) choca con aquellos ligados a esa conducta represora histórica. Por ende, la integración, que se aplica a sectores sociales más bajos, siempre se ha planteado en términos de asimilación. Mi voz no es más que una de tantas, pero nuestro objetivo como pueblo ha sido siempre el mismo. Es verdad, mis métodos son radicalmente opuestos a los de algunos hermanos y hermanas, pero ninguno les cree a los apóstoles filibusteros de la política chilena tradicional, que proclaman la grandeza mapuche y al mismo tiempo aprueban o guardan silencio ante las leyes del Estado que día a día van socavando la dignidad de nuestro pueblo.

Esa doble moral es irresponsable, no solo porque no ha sido capaz de liberar al pueblo, sino, porque se ha transformado en un negocio personal, empresarial y político. Espero esta vez no ver que utilicen la muerte de nuestros mártires para seguir sobreviviendo con su liderazgo trasnochado. No deben olvidar que no luchamos por la integración, ni por la separación. Luchamos por ser reconocidos como seres humanos, que llevan en este territorio miles de años antes de la instalación del Estado de Chile. Luchamos por el derecho a vivir libres en esta sociedad.

“Álzate poderosa raza, podrás conseguir todo lo que quieras” (Malcolm X).

Diego Ancalao Gavilán
Presidente Fundación Instituto de Desarrollo y Liderazgo Indígena

 

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