Cada 14 de marzo se conmemora el Día Internacional de Acción por los Ríos, una fecha que invita a mirar más allá del agua que llega a nuestros hogares (aproximadamente el 50% se obtiene desde fuentes superficiales: ríos, esteros y lagunas) y a preguntarnos por la salud de estos caudales que la mantienen. En Chile, donde la discusión pública sobre el agua suele centrarse en la escasez y la distribución, esta conmemoración abre una reflexión profunda: no basta con gestionar el recurso hídrico disponible, también es necesario proteger los ríos como ecosistemas vivos.
Durante décadas, los ríos han sido considerados principalmente como fuentes de abastecimiento para distintos usos: consumo humano, agricultura, generación de energía o minería. Esta mirada, por cierto, ha permitido sostener actividades productivas importantes para el país, pero ha dejado en segundo plano una dimensión fundamental: los ríos no son simples corrientes de agua, sino sistemas ecológicos complejos que presentan biodiversidad propia, regulan procesos naturales y contribuyen al bienestar de las comunidades.
Cuando un río se degrada, los impactos van más allá de la disminución de su caudal, también se ve afectada la calidad del agua, se altera el equilibrio ecológico y se pierde diversidad biológica. Entre las amenazas que enfrentan los ecosistemas fluviales destaca el avance de las especies exóticas invasoras (EEI), consideradas una de las principales presiones sobre la biodiversidad a nivel global. Estas desplazan a organismos nativos, modifican las cadenas tróficas y transforman los ecosistemas acuáticos.
Chile no está ajeno a este fenómeno. A lo largo y ancho de nuestro país, numerosas especies introducidas han alterado ríos, lagos y humedales, afectando procesos ecológicos clave. En este escenario, la investigación científica busca aportar nuevas herramientas para comprender y enfrentar estos desafíos. Un ejemplo de esto es el recientemente creado Centro Nacional de Investigación en Ríos, Invasiones y Sistemas (IRIS), una iniciativa que reúne a distintas universidades del país para estudiar cómo las EEI interactúan con procesos que van desde lo social y cultural, el cambio climático y la contaminación, hasta la transformación futura de los ecosistemas fluviales. Su trabajo busca generar conocimiento para fortalecer las políticas públicas y contribuir a la protección de los ecosistemas de agua dulce.
En un país marcado constantemente por la amenaza de la crisis hídrica y el cambio global, avanzar desde una gestión centrada únicamente en el agua de los ríos hacia una mirada que los reconozca como ecosistemas complejos, es un desafío urgente. Cuidarlos no significa solo asegurar el recurso hídrico para el futuro, sino también preservar los sistemas naturales que sostienen la vida y el bienestar de las comunidades que dependen (o dependemos) de ellos.
Miguel Ávila
Director Núcleo de Investigación en Ciencias Biológicas
Universidad de Las Américas
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