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[OPINIÓN] La mecha de la sospecha (Leopoldo Santibáñez)

Y te acosan por la vida
Azuzando el miedo
Pescando en el río turbio
Del pecado y la virtud
Vendiendo gato por liebre
A costa de un credo
Que fabrica platos rotos
Que acabas pagando tú. (J.M. Serrat)

Iniciada la tarde del martes 25 de febrero del año en curso, el apagón arrancó las telenovelas de la tarde, los empalagosos comentarios del festival de turno o el circo de las candidaturas que recién cogen impulso; cual menos cual más, se vio interrumpido ese flujo invisible y ausente que alimenta la vida moderna de los pasajeros de esta época, y complica la continuidad del día a día, que era el anuncio de un exitoso cierre del verano en el paisito del sur, que a esta altura sacaba cuentas alegres de los ingresos del turismo, o dilucidaba las perdidas y/o ganancias que la temporada de exportación frutas que releva a un sector de la economía, o también los subterfugios de los candidatos para culpar la pobre recuperación de impuestos en ese Estado deseado y odiado por unos cuantos, sin dejar de lado la deuda soberana, el macrocosmos de la política mundial y otros tantos dardos de ese corazón abierto que tiene nuestro terruño.

Pasan las horas y el SEN (Sistema Eléctrico Nacional) no tiene respuestas, los hospitales revisan sus planes de contingencia desde sus paupérrimos recursos (pabellones, electrodependientes, UCI entre otros), los gobiernos subnacionales convocan sus oxidados Cogrid (Comités para la Gestión de Riesgos y Desastres), que solo tienen eco entre sus feligreses. El «Tecno-Feudalismo» (como lo escribe Yanis Varoufakis) o la nueva clase dominante de su teoría – Los Nubelistas – también resuenan como ecos en este pardo entendimiento del recurso energético.

Los años 70 te regalaban una caja de azúcar en cubitos si pagabas tu consumo eléctrico a tiempo (Conafe) y nunca se mencionó la RSE (responsabilidad social empresarial). pero podíamos entender que este país generoso en recursos hídricos en nuestro Sur generaba, transmitía y distribuía energía eléctrica a sus habitantes, con pagos finales alcanzables y capaces de flexibilizar su disponibilidad a los más pobres. Convengo que era otro tiempo, no obstante, y como deletreaba Vargas Llosa en su libro “Conversaciones en la Catedral” asimilado a esta crónica, ¿en que momento se nos jodió Chile?

La capacidad instalada nacional se distribuye entre innumerables capitales asociados a países -China, Italia, Colombia y EEUU, entre otros- que determinan: 20,6% a instalaciones hidroeléctricas; 30,5% a energía solar; 14,4% a fuentes eólicas y 34,5% para fuentes operadas con combustibles. (Fuente: CEN- Coordinador Eléctrico Nacional).

Este caleidoscopio de oferentes en la red de transporte de la energía eléctrica exige un esfuerzo importante de un Estado y, sin embargo, dictan que sus funciones son:

Y cuyos fines son:

Teniendo los antecedentes ya descritos y considerando que nuestro juicio debe referirse a la racionalidad y al bien común de las personas, es que deberíamos apuntar a un “estándar o aquello que sirve como tipo, modelo, norma, patrón o referencia”. Y me refiero a un estándar de calidad o aquello que reúne los requisitos mínimos en busca de la excelencia dentro de una organización institucional. Mas aún cuando nos acercamos a esos estándares que algunos feligreses del libre mercado no aceptan, y no aceptan que un monopolio en manos privadas tiene tantas o iguales fallas que uno estatal, pero con la excepción de la “Renta” ya explicado por Varoufakis y cuyo impacto en este año 2025 se materializa en alzas de tarifas.

Y solo por mencionar, existen aún casos exitosos en nuestra región latinoamericana, como el ICE en Costa Rica y sus derivadas.

El paso de este incidente de seis horas o más, que aparte de ser un vehículo mediático que paró el tráfico del martes, nos conduce como siempre a pensar en nuevos modelos de desarrollo que le entreguen al Estado de Chile una capacidad estratégica en la conducción y desarrollo, y de manera posterior a cuestionar la existencia de monopolios u oligopolios de los recursos básicos de la existencia humana, sean estos agua, tierra, aire o energía.

Dr. Leopoldo Santibáñez J.
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

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