// A quince días de comenzar “el gobierno de la emergencia”, la situación del país (su desarrollo y convivencia) parece empeorar más que mejorar. Sólo faltaron dos semanas para ver un país más polarizado que ayer, un país que parece haber olvidado su crisis de inseguridad con 10 homicidios en 15 días, una expectativa económica que parece diluirse con el fantasma de la inflación y un crecimiento económico que se aleja de las expectativas oficialistas y ciudadanas.
Las movilizaciones de los estudiantes –desde la misma tarde en que Kast asume el ejecutivo en su visita al liceo Augusto D’ Halmar-, el despliegue de los ambientalistas y de las mujeres el 8 de marzo, el despertar de los cacerolazos y las cifras de aprobación de las encuestas son las primeras señales de que el gobierno de la emergencia se ha transformado en un gobierno en emergencia, que se enreda minuto a minuto entre las presión ciudadana y la ideología refundacional de la contra-reforma y se entrampa día a día entre una narrativa apocalíptica y una realidad que la enfrenta y contradice.
Pero, las tensiones no sólo se observan con la oposición y el mundo social-ciudadano, sino también en el frente interno al manifestarse las primeras fisuras oficialistas con las críticas de Renovación Nacional, de la ex candidata Matthei y del ex ministro Briones. Por su parte, mientras los republicanos han guardado silencio y han sido más espectadores que protagonistas de la coyuntura, han sido los gremialistas de la UDI los verdaderos guardianes del gobierno. Y, entre medio, los libertarios están al acecho en busca del relevo.
Estos hechos, sumados a las críticas transversales por el manejo comunicacional de la dupla Sedini/Valenzuela, a las críticas que recibe la gestión del ministro Quiroz (poco empático, indolente y pro empresarios) y las dudas que va dejando la ministra de seguridad Steinert (caso PDI), son los primeros signos de un agotamiento prematuro. Así, lo confirman las encuestas.
La política de shock que tiene su máxima expresión en el alza de los combustibles tiene efectos inmediatos en el apoyo ciudadano. Las primeras encuestas del nuevo ciclo muestran que Kast al iniciar su mandato tiene un apoyo ciudadano que coincide con el apoyo electoral de la presidencial. De hecho, mientras en segunda vuelta logra el 58% de las preferencias, en la primera medición de la Cadem tiene una aprobación del 57% y una desaprobación del 34%. La encuesta de la UDD, a su vez, mostraba una cifra similar de aprobación. Pero, luego de dos semanas de intensos y profundos anuncios la aprobación baja en 10 puntos porcentuales y la desaprobación sube 15 puntos porcentuales. A su vez, la encuesta de la Universidad del Desarrollo muestra una aprobación del 42% y una
desaprobación del 48% con una baja en 10 días de 17 puntos porcentuales para la aprobación y de 30 puntos porcentuales para la desaprobación. Hay que agregar, finalmente, que la tendencia a la baja en la aprobación ya se manifestaba en la primera semana con caída de seis puntos porcentuales en la Cadem. El bencinazo, en consecuencia, sólo vino a profundizar y acelerar una tendencia que estaba latente. Parece, que los votos prestados comienzan la retirada.
Sin duda, un desgaste prematuro que tiene que seguir evolucionado y profundizando en la medida en que se intensifique la ofensiva que quiere “restaurar y recuperar Chile”. De hecho, si con los anuncios conocidos hasta la fecha se ha producido este clima de crispación social y política, no podemos dejar de hacer la pregunta en torno a ¿qué pasara cuando se profundice la ofensiva restauradora de las des-regulaciones?
Lo que parece claro, es que surge una relación perversa: mientras se profundiza la acción contra reformista del gobierno, ocurre lo mismo con la movilización y el malestar social; es decir, el alza de uno, es el alza del otro. Hay que defender los avances se ha escuchado desde la oposición desde antes de la derrota presidencial. Los estudiantes, los ambientalistas y los ciudadanos han hecho suyo ese discurso. Y, los trabajadores ¿cuándo? Pero, nada de lo que está sucediendo es o debe ser una sorpresa para la ciudadanía. Cuantas veces escuchamos decir al propio Kast o al ministro Quiroz que se vienen “tiempos y decisiones difíciles”.
El Presidente y sus cercanos vienen no sólo pensando y diseñando un plan de acción política de orientación refundacional desde hace años, sino también vienen generando las condiciones políticas y culturales para implementar una política de shock por medio de una narrativa que transita del Chile que se “cae a pedazos” al Chile que “está quebrado y sin plata”. Es más, en esa profunda crisis hay responsables con nombre y apellido: Boric, su gobierno, los comunistas y la izquierda radical. Incluso, se atreven a más: “todo empezó con Bachelet” y las reformas estructurales impulsadas desde el 2014 con la Nueva Mayoría, partiendo por la reforma tributaria, la gratuidad, las pensiones y el cambio del binominal por un sistema electoral proporcional. Y a ello, agregan la lectura revisionista de estallido social que lo convierte en un estallido “delictual” reforzado con el fallo que libera a Crespo de toda responsabilidad penal por dejar ciego a Gustavo Gatica. Un libreto, sin duda, perfecto para la jibarización del Estado.
Vienen, en consecuencia, a revertir los cambios reformistas que se impulsan desde el primer día de la Concertación: de lo valórico a lo político, pasando por los cambios culturales y económicos que han ido desmontando los clivajes neoliberales y conservadores de la sociedad chilena. Parece evidente, que la magnitud
de las intenciones refundacionales requiere de un discurso y una narrativa lo suficientemente robusta, como para dar gobernabilidad al país en un contexto democrático de cambios de alto impacto social y mediático. Sin duda, han sido exitosos en construir un escenario cognitivo de “crisis y emergencia” que hay que resolver no sólo con “decisiones difíciles”, sino también con el “sacrificio” de los ciudadanos; que, al parecer, no están dispuestos a digerir.
Pero, como no es lo mismo hacer cambios estructurales, revolucionarios y contra-reformistas en dictadura que en democracia, las cosas no parecen tan simples, rápidas ni fáciles para los objetivos de poder del nuevo gobierno. Menos aún, cuando la lucha política en Chile está atrapada desde el 2011 entre las fuerzas reformistas contra neoliberales y las fuerzas neo-liberalizadas que buscan “Estado Mínimo”, y cuando un amplio sector de ciudadanos está dispuesto a movilizarse en defensa de sus derechos y conquistas.
La derrota de la constituyente en el 2022 cierra el ciclo de las transformaciones que se hicieron durante 10 años en nombre de los derechos sociales, de la igualdad, de la cultura de los valores liberales y solidarios, de la igualdad de género, del sustento ambiental y de equilibrar la relación entre capital y trabajo por un lado, y la relación capital y consumidores por otro. Desde entonces, la ultraderecha local asume el liderazgo político del sector y se convierte en alternativa de gobierno desde el mismo momento en que comienza el ciclo Boric en marzo del 2022. La opción se refuerza y consolida con la derrota constituyente del oficialismo de entonces y el triunfo electoral de los republicanos desde el segundo proceso constituyente. Esa ofensiva, en consecuencia, convierte al grupo de poder liderado por Kast en Gobierno desde hace dos semanas.
Han llegado a ese lugar, por tanto, para impulsar una ofensiva conservadora y neo-liberalizante que busca eliminar toda traba y “regulación” para la expansión y reproducción del capital y los negocios. La ecuación es simple en la ideología de los nuevos gobernantes: hay más desarrollo cuando hay menos Estado.
Y justamente, aquí se encuentra la racionalidad de la decisión que se traduce en que el Estado no puede seguir subsidiando el precio de la bencina: no sólo por la narrativa instalada de que “no hay plata”, sino también por la cuestión ideológica del “Estado Mínimo”. El bencinazo es, en consecuencia, la manifestación de una política pública que se va replicar en diversos ámbitos bajo la misma lógica de acción política y bajo la misma orientación ideológica.
Hasta qué punto podrán avanzar, es algo que se verá en los próximos meses y años. Donde hay un poder hay un contra-poder. Todo quedó claro desde el primer día de la gestión Kast. Los días siguientes sólo reforzaron la tensión seminal entre avances neo-liberalizante que impulsa el nuevo gobierno y las reformas contra neoliberales que se implementaron en una década; y, que hoy, buscan ser protegidas al menos, por el 42% de los ciudadanos. Pero, ¿qué pasa cuando hay un desfase entre el guión político-ideológico de un gobierno y la realidad de los hechos, del poder y de la política?, ¿qué sucede cuando una ofensiva político-ideológica se enfrenta a resistencias de todo tipo?
Ocurre, sin duda, que la fuerza electoral, política y social que se construyó para gobernar sobre una narrativa que justifica y legitima la política de shock, se debilita más rápido de lo que pensaban (si, es que lo pensaban): “no lo vieron venir” dirán algunos.
En consecuencia, en las primeras dos semanas la política que busca “recuperar Chile” se ha debilitado y agotado prematuramente. Todo fue muy rápido e intenso: la ofensiva y la contra ofensiva. Pero, que se haya debilitado y que muestre signos de agotamiento prematuro no significa que no avancen en su agenda restauradora y neo-liberalizante. La bencina ya subió y los mayores de 30 años no podrán estudiar con gratuidad. Son las primeras batallas de años complejos y tensos.
Ale Llaguno
Sociólogo y analista político
Director de proyectos en www.kratoschile.cl
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