@kogan_valderrama @ecomasculinidades
// Cuando pienso en la manosfera, pienso bastante en cómo era yo cuando tenía quince o veinte años. Era muy tímido, tenía ansiedad social y me costaba mucho relacionarme con otras personas. Era bastante callado y algunos compañeros hombres se burlaban de mí precisamente por eso, porque no sabía defenderme o porque simplemente no respondía. Me daba vergüenza y me incomodaba mucho sentir que otros hombres estaban pendientes de cómo reaccionaba.
Las mujeres que me gustaban también me ponían muy nervioso. No sabía cómo acercarme, qué decir, cómo mostrar que alguien me gustaba. Muchas veces prefería no hacer nada antes que enfrentar la posibilidad de que me rechazaran. Me preguntaba si era suficientemente atractivo, por qué una mujer no se fijaba en mí, qué esperaba de mí y qué tenía que hacer para gustarle.
También miraba a otros hombres y sentía que ellos tenían algo que yo no tenía. Una seguridad para hablar, para enfrentarse a otros, para acercarse a las mujeres. Yo no sabía muy bien cómo construir eso. Y tampoco tenía con quién conversar sobre esas inseguridades. Había cosas que simplemente se suponía que uno debía saber por ser hombre.
No tuve educación sexual integral. Aprendí muchas cosas sobre sexualidad a través de la pornografía, que es profundamente patriarcal y misógina, donde las mujeres aparecen como objetos del deseo masculino. Pero ahí nadie te enseña qué hacer con el miedo, el rechazo, la intimidad o lo que estás sintiendo. Muchas de esas cosas las fui aprendiendo solo, sin saber muy bien cómo hacerlo.
Por eso hoy, cuando escucho hablar de la manosfera, me pasa algo distinto a decir simplemente “qué terrible lo que les está pasando a esos jóvenes”. Pienso que yo también podría haber entrado ahí. Si a los quince o veinte años hubiera tenido TikTok, YouTube y todos estos algoritmos funcionando como funcionan hoy, quizás habría buscado cómo tener más confianza, cómo dejar de ser tan tímido o cómo gustarle a una mujer.
Y después podía aparecer alguien diciéndome que había una explicación para todo eso. Que el problema no era mi inseguridad. Que eran las mujeres. Que el feminismo las había cambiado. Que ya no valoraban a los hombres. Que existía una guerra contra nosotros. No sé si habría creído todo eso inmediatamente. Pero puedo imaginar que, en un momento de mucha inseguridad, escuchar a alguien hablar con tanta certeza podría haber resultado atractivo.
No sé hasta dónde habría llegado. Quizás habría cerrado el video siguiente. Quizás habría seguido mirando. Quizás habría terminado siguiendo a algún influencer o coach de la manosfera que pareciera tener respuestas para mis inseguridades. No tengo cómo saberlo. Pero tampoco me parece honesto pensar que yo estaba vacunado contra eso. Tenía algunas de las inseguridades que hoy veo en muchos jóvenes.
Eso es algo que aparece en mi trabajo con estudiantes. A veces escucho preguntas que, aunque formuladas de otra manera, conozco bastante bien. ¿Soy suficientemente atractivo? ¿Por qué me rechazaron? ¿Qué esperan de mí? ¿Cómo me acerco a una mujer que me gusta? ¿Qué significa ser hombre? Y también aparece, aunque muchas veces no se diga directamente, el miedo a quedar como débil frente a otros hombres.
La escuela puede hacer mucho con estas preguntas, pero no puede hacerlo sola. Hay que poder conversar sobre el rechazo, la sexualidad, la pornografía, la soledad, el cuerpo, la amistad entre hombres, el miedo y esa sensación tan difícil de no sentirse suficientemente hombre. También están las familias, los medios y las plataformas. Un adolescente puede entrar a internet buscando cómo sentirse más seguro y terminar encontrando a alguien que le diga que todos sus problemas tienen un culpable.
Hoy tengo 44 años y un hijo de un año. A veces lo miro y pienso en todas las cosas que todavía no sé de él. No sé qué le va a gustar, de quién se va a enamorar, qué cosas le van a dar miedo ni qué inseguridades va a tener cuando sea adolescente. Pero sé que probablemente habrá momentos en que se sentirá poco atractivo, inseguro o rechazado. Y me gustaría que pueda venir a hablar conmigo de esas cosas, sin sentir que tiene que esconderlas para parecer más hombre.
Porque yo sé lo solo que uno puede sentirse cuando cree que tiene que resolver todo por su cuenta. Y quizás por eso, más que evitar que mi hijo conozca la manosfera, quiero que tenga otros lugares donde preguntar, conversar y sentirse acompañado.
No quiero que tenga que aprender a ser hombre solo, como muchas veces sentí que tuve que hacerlo yo.

Andrés Kogan Valderrama
Sociólogo
Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
Diplomado en Masculinidades y Cambio Social
Creador de ecomasculinidades
Las opiniones vertidas en esta columna son de responsabilidad de su(s) autor(es) y no necesariamente representan las del Diario La Quinta.
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