Internacional

[OPINION] Nos fuimos quedando en silencio: el lenguaje impotente de la izquierda (por Adolfo Estrella*)

Las derrotas políticas son siempre totales, a largo plazo y lentas. Quienes vencen lo hacen siempre en varios planos; uno de ellos, muy importante, es el del lenguaje. El vencedor impone sus palabras y las palabras son aquellos objetos con los que simultáneamente describimos y construimos la realidad. Hacemos palabras con las cosas y cosas con las palabras. Por eso son importantes la derrota y la victoria en el campo del lenguaje.

Cuarenta años de contraofensiva neoliberal han dejado las veredas de la historia llena de despojos de izquierda. Algunos, los totalitarios, los dogmáticos, los sectarios, los extremistas, los bravucones, los verticalistas, los vanguardistas… tuvieron un declive ideológico merecido. Otros merecían una senectud más digna y otros todavía merecen seguir viviendo para continuar ofreciendo sus ideas y prácticas para la causa de la emancipación humana.

Una de las tareas para una izquierda, radical, no extremista, comunitarista, comunalista y federalista es rehacer el vocabulario con el cual renombrar la emancipación. Cribar la palabrería neo-liberal pero, al mismo tiempo, con equivalente pasión, eliminar los fósiles lingüísticos de las épocas glaciares del marxismo. Porque algunos supervivientes de la derrota pudieron hacerlo a costa de perder las palabras propias con las cuales describir las miserias de este mundo y abocetar los contornos de un mundo nuevo, entregándoselas al enemigo y recibiendo a cambio las palabras “neutras” de la ciencia económica, la filosofía o la política neo-liberales. Y otros mantuvieron y mantienen las viejas palabras gastadas en mil derrotas.

El resultado es una desorientación absoluta en medio de una Babel ideológica donde todos los gatos parecen pardos y los consensos y los centramientos crean una masa pegajosa de indiferenciación ideológica. Pero, justamente, la ideología de la indiferenciación es, por ahora, la última ideología de la derecha, su última estratagema para estabilizarse como la “razón del mundo”.

En la pérdida del vocabulario propio se observan dos procesos simultáneos: por una parte, la colonización lingüística que es el proceso de inyección de palabras y conceptos desde la cúpula victoriosa hacia las periferias, antes rebeldes y hoy domesticadas, del sistema. El lenguaje de la izquierda y, por ende, el de los dominados está lleno de incrustaciones de la jerga proveniente del marketing, del management y del discurso, aparentemente técnico, de los organismos internacionales.  Liderazgo, equidad, emprendimiento, igualdad de oportunidades, cohesión social, percentiles, excelencia, alto rendimiento etc. forman una neo-lengua aparentemente inocua y disponible para ser usada por todos. Un creole ruidoso sostenido por la sintaxis de la lengua del opresor que las enuncia como objetivas y neutrales. Por otra parte, la recuperación lingüística que es el proceso, inverso al anterior, de absorción por parte del poder de palabras provenientes de los márgenes del sistema o de propuestas que en su momento se presentaban como alternativas o simplemente disruptivas a lo existente. Lo que antes era pronunciado como rebeldía es ahora naturalizado como políticamente correcto o simplemente como razonable. Es así, por ejemplo, como Telefónica, en sus acciones de Responsabilidad Social Corporativa puede hablar “del lado social de la transformación digital”, que “la educación es la base de todo para construir un mundo mejor” y “que la formación es la llave de la igualdad”. Todo puede ser recuperado por la lógica de la mercancía transformando los enunciados políticos en enunciados de sentido común no sometidos a criterios de verdad sino a criterios de verosimilitud no refutables. ¿Quién podría negar que la formación es la llave de la igualdad? ¿Quién podría negar que la economía deber ser sostenible? ¿O que la educación “debe ser humanista democrática, de excelencia y abierta al mundo”. Todas esas formas del aparente consenso y del buen decir esconden la subordinación de la izquierda a la ideología, simuladora y disimuladora de la derecha. Además, sobrevolando la colonización y la recuperación lingüística encontramos por un lado la ideología de los conversos de todo tipo que refrendan biográficamente el traspaso impune de fronteras éticas y, por otro, la proliferación de eufemismos como recursos para encubrir verdades incómodas (“desvinculación” en vez de despido, “vulnerabilidad” en vez de pobreza etc.)

La confluencia de todos estos procesos da lugar a un vasto campo de neutralización ideológica, donde yo uso el lenguaje del oponente y el oponente usa el mío, pero las palabras que compartimos no generan distinciones relevantes en la realidad ni, por lo tanto, tienen capacidad de modificarla. Esto que podría parecer la concreción de un universo post-ideológico donde se habrían superado las distinciones y viejos conflictos entre izquierdas y derechas, es una ilusión, porque la circulación de las palabras se realiza por líneas de intercambio asimétricas donde la capacidad de éstas para expresar nuestras diferencias valóricas se reduce a cero. Se genera un exceso de lugares comunes que disuelven los particularismos antagónicos. Cuando utilizamos las palabras del oponente poderoso es suya la victoria no la nuestra. Cuando él utiliza nuestras palabras también.

Salir de la jerga aparentemente neutra es un requisito mínimo para iniciar cualquier proceso de emancipación. El neo-zapatismo así lo entendió y sepultó la rígida y obsoleta palabrería marxista-leninista elaborando un vocabulario propio (poético, lúdico, paradójico) con el cual no sólo se ejercitaba la retórica comunicacional de los comunicados de prensa, sino que daba pie a que aparecieran nuevas realidades desde el nuevo lenguaje y, a su vez, a que ese lenguaje expresara las nuevas realidades que la practica comunitaria iba creando y necesitaban ser nombradas con una palabra nueva. Resistir a la colonización del lenguaje, expulsando de las prácticas y de las mentes las palabras de la dominante, creando palabras nuevas o adjetivando las viejas, para nombrar nuevas realidades, parece un programa razonable mínimo en tiempos de desconcierto y desencanto. Pero también expulsando la propia jerga endógena (“nuevo ciclo político”, “movimientos sociales”, “orgánicas”, “frentes”, “cuadros políticos”) palabrería anacrónica, aparentemente rotunda, sentidos comunes sin arraigo en la historia presente y que, por lo tanto, tienen nula capacidad para crear realidades o para reflejarlas, dificultando poder salir de la mudez y de la impotencia.

AdolfoEstrella*Adolfo Estrella
Sociólogo

Categories: Internacional, Opinión

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