Opinión

[CRONICA] El Buen Porteño y la guerra de las leches

Ante la guerra comercial de las leches, que tanto espacio ocupa en las redes virtuales (Colun v/s Soprole), el Buen Porteño ha tomado necesario partido: la leche de burra.

Si bien este sano alimento viene de tiempos pretéritos y no es privativo de este terruño, no es menos cierto que es en la ciudad de los 42 cerros donde ha adquirido efectos particulares, especialmente para sanar los males estomacales de tanto pelusón que de tanto comer hinojo y esas florecitas con miel de hormiga, agarra todas las «tisis» posibles. Entonces, por las calles porteñas pasa el farmacéutico del barrio, la verdadera farmacia popular, ofreciendo este brebaje sanador que debe ser tomado inmediatamente sacado de la ubre de la borrica; tibiecita, suavecita, dulcecita y bien acuosa. Si deja pasar unos minutos, su sabor y textura cambia abruptamente, por eso el lechero se la pasa en el mismo vasito que ha chupeteado el resto del barrio y ahí mismo, en la calle y al lado de la paciente burra, se manda el corto al seco y derechito al baño.

Dado que no era muy glamoroso que tus amigos te vieran en esos pasos, al buen porteñito había que llevarlo a correazos a esa farmacia ambulante y, entre llantos y estériles llamados de piedad, los 100 cc se iban pa’ dentro.

Debo reconocer que jamás me llevaron a beber ese lácteo para mis enfermedades. A mí me pusieron cáscaras de limón en las sienes, de papas en la frente, bolsitas de alcanfor en el pecho, me hicieron cambuchos en los oídos tapados, cataplasmas de barro en la guata, me tiraron la colita, me sacaron el mal de ojos, me echaron una tapita de pisco en las muelas con caries, mentolátum chino en el pecho y, lo peor de todo, me torturaron con poriche, bajo la falsa promesa de que iba a medir 1.85 mts y que sería un verdadero Charly Atlas. Pero eso es parte de otra historia.

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