[OPINION] Las representaciones simbólicas del género (por Varinia Aravena Pérez)

Históricamente, en nuestra cultura judeo-cristiana, a la mujer se la concibe y representa como foco eje de lo natural, mientras el hombre lo es de la cultura, ya que el sexo es (mucho más que el cuerpo) un “dispositivo histórico, cultural y social de poder”; pues el género es una lógica binaria de poder y dominación que constituye una problemática (flagelo) cruel y doloroso de discursos, representaciones y prácticas culturales sexistas, clasistas, étnicas y generacionales tremendamente contradictorios, misóginos y homofóbicos, que no sólo padecen las mujeres bajo variadas formas de explotación sexual, económica y moral desde un poder que así como nos dicta nuestros asuntos más íntimos, también puede dictarnos nuestros enfoques.

Según plantea Marta Lamas, la cultura no sólo es un resultado, sino también una mediación, que es lenguaje y que nos ordena, estructura psíquica y socialmente, pues el cuerpo con la diferencia anatómica es el (espacio simbólico) material básico de la cultura para marcar “el sexo con el género y el género marca todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano” (Lamas M. 1998). Esta es una lógica inscrita durante milenios en la objetividad de las estructuras mentales, orden social tan arraigado e internalizado que no requiere justificación alguna, se impone a sí mismo basado en las “diferencias biológicas” gracias al “acuerdo casi perfecto e inmediato” obtenido de las estructuras (esquemas y constructos)  cognitivos  inscritos  en  los  cuerpos y en las  mentes. Se trata de un orden social que dirige las vidas de hombres y mujeres, muchas veces,  por senderos  inciertos y tortuosos, entre dolorosas orientaciones y tensiones de construcción identitaria, lamentablemente, en base a negaciones y prohibiciones que impiden una libre y sana búsqueda del ser generación tras generación.

Así, la violencia simbólica institucionalizada e impuesta sobre el cuerpo social, es un orden cultural, un andamio de poder hegemónico que opera como foco de violencia hacia la familia ya que, por lo general, la cultura no encaja en la psiquis y la psiquis no logra adaptarse a la cultura y sus mandatos; entonces, se origina un efecto rebote, porque la familia, a su vez, opera como foco de violencia hacia la sociedad, pues la educación informal es una instancia transmisora de los contenidos del proceso de sexuación, cuyos contenidos no están programados en función de los aprendizajes, pero ejercen una constante influencia en el hacer cotidiano a través de la familia, la comunidad, el barrio, los lugares de trabajo, de recreación, de actividades religiosas o políticas y los medios de comunicación social. Por eso, es importante señalar que quienes imparten dicha educación, muchas veces lo hacen inconscientemente. No obstante, son portadores de las “representaciones sociales” de los modelos sexuales (identitarios).

Estas representaciones o estructuras mentales (instancia subjetiva y colectiva) contienen actitudes, comportamientos, ideas, conocimientos, pautas, prejuicios, normas, creencias, expectativas, valores, significaciones y roles en función de la variable sexual, que operan como orientadores de la vida y su acción cotidiana formando una red de representaciones relativas a lo masculino y lo femenino, que a la vez se conectan con representaciones acerca del trabajo, la familia, la recreación, la paternidad, la maternidad, la sexualidad, etc.

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