[OPINION] A propósito del 8 de marzo (por Paula Musri)

Mientras más profundos son nuestros análisis personales, más rápido se llega a las conclusiones correctas. Cada día que hacemos visible nuestras demandas, más gente se suma a nuestros procesos mentales y se crea, entonces, un proceso colectivo en donde se incluyen todos los aspectos que vulneran los derechos que tenemos como ciudadanas y como mujeres.

Si pensamos con la amplitud necesaria para ver el panorama completo apreciamos que el feminismo ha tomado el liderazgo de los movimientos sociales, en la medida que incorpora a su propio petitorio aquellas reivindicaciones sociales que son seguidas sectorizadamente en nuestra población, las cuales, siendo tan importantes como éste, no han alcanzado ni la masividad ni la difusión que merecen.

De esta forma, el feminismo se alza como el método de articulación de las luchas sociales de manera directa contra: la violencia, la misoginia, el micromachismo, la discriminación, el supremacismo, el racismo, la homofobia, la falta de representación política, la poca participación en altos cargos del sector público y privado, la desigualdad económica y laboral que padecen todas las mujeres en casi todos los aspectos de su vida.

Pero lo más hermoso de todo es que lo hacemos sin perder de vista otros valores imprescindibles para la estrategia del movimiento social: las luchas étnicas, la resistencia a las zonas de sacrificio, el rechazo a la precarización laboral, el apoyo a la educación gratuita y a las viviendas de calidad, la exigencia de las mejoras en los programas de salud y el completo rechazo a la corrupción. Valiéndose así de nuevas herramientas y colectivos que, unidos por la coyuntura, ven en la práctica que hay una fuerte relación en el origen de sus problemas.

Pues sí, aunque nos parezca extraño, el patriarcado ha invadido todos los espacios de la sociedad y, desde luego, la política. Y, para entender bien esto, es necesario remontarnos a algunos hitos que pueden alumbrar mejor el panorama. Porque si bien hace varios años, cuando se iniciaba el feminismo como movimiento social, en Chile se hacían muchas protestas, desde ese entonces, a favor de los derechos de las mujeres.

Se dictó en el año 1877 lo que conocemos como el decreto Amunátegui, llamado así porque quien fuera ministro de Justicia de la época redactó el famoso decreto supremo que permitía a las mujeres cursar estudios universitarios. Pues hasta entonces solo era una necesidad y un privilegio para los hombres. Este hecho fue seguido de una serie de cambios de conductas sociales y culturales en las mujeres; ya a inicios del 1900 era posible ver a algunas mujeres con faldas más cortas o pantalones. Las más atrevidas se hicieron doctoras e, incluso, dentistas.

Esta transformación psicológica y colectiva fue adquiriendo, `progresivamente, un tono político y se condujo hacia la obtención del derecho a voto para la mujer en la década del 30. Para los años 50 ya podíamos elegir parlamentarios y Presidente de la República, como si fuéramos hombres. En esta misma época se aprovechó el impulso para poner en la palestra temas como la inserción laboral de la mujer, el divorcio y la planificación familiar, temas considerados desde entonces las semillas de las conquistas feministas del resto del siglo.

Sin embargo, en estos dos ejemplos podemos apreciar claramente el denominador común: estos derechos fueron aprobados en teoría para todas las mujeres, pero en la práctica solo para la clase alta. Pues, si bien el derecho a la educación existe, este solo se reserva para aquellas mujeres más acomodadas: la burguesía. Las mujeres pobres aún batallan por terminar sus estudios primarios, o por lo menos tratar de salir del analfabetismo. Y si bien el derecho a sufragio nos constituye oficialmente como seres pensantes con capacidad de decisión e incidencia en la vida social y política, la gran mayoría de las veces teníamos la obligación de escoger entre dos o más hombres que también eran, por cierto, de clase alta. En Chile, jamás ha gobernado en La Moneda un hombre de clase baja, ni siquiera de clase media. Sí, todos han sido millonarios o herederos de buenas fortunas. La participación de las mujeres en cargos públicos era prácticamente simbólica, y obviamente de clase alta.

Bajo estos hechos, vemos que la discriminación no viene solamente por el género, sino que también por la clase. Como dijera Flora Tristán, “las mujeres somos el proletariado del proletariado”. Somos la parte de abajo del último eslabón de la cadena.

Es aquí donde nuestras luchas se unen, porque si bien podemos pensar que todo se origina en la diferencia de sexo, lo que de verdad oculta el patriarcado es un problema de clase. Somos oprimidos y humillados bajo los mismos principios y bajo las mismas normas que sostienen su machismo y su libre mercado.

La derecha conservadora durante décadas ha reprimido a mujeres y a pobres en la misma medida, y se agrava aún más cuando eres de otra raza, o de otra religión o nacionalidad, como si cada característica fuera un exponente en la operación, colocándote más cerca del final de la fila de los privilegiados.

Lo bueno de todo esto es que vamos encontrando, poco a poco, la salida de este mañoso laberinto, y vamos viendo en el feminismo la luz que hacía falta. Porque, para ser honestas, cuando no sabes qué hacer, siempre le preguntas a una mujer.

Opinion_PaulaMusri

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