[OPINION] Renacer de las cenizas: la Iglesia Católica tiene nuevo párroco en Casablanca (por Gato Dequinta)

(Foto portada: Feligreses de Casablanca dan la bienvenida al nuevo párroco Gonzalo Ligarius)

“Yo pasaba por la puerta de la iglesia y si veía que estaba el cura Mauro, no entraba, me iba corriendo a mi casa”, cuenta una vecina de Casablanca.

“Las inscripciones para el catecismo de los niños cayeron dramáticamente. Nadie quería poner en riesgo a sus hijos en manos de un cura que estaba acusado de graves abusos”, recuerda otro vecino.

Casablanca, una comuna a mitad de camino entre Valparaíso y Santiago, se vio estremecida por las acusaciones contra el párroco comunal, el sacerdote Mauro Ojeda. En octubre del año pasado, el Obispado de Valparaíso informó que inició una investigación contra el cura Ojeda por dos denuncias de abusos sexuales contra menores, perpetradas entre 1990 y 1992.

El Obispado había investigado dos denuncias anteriores, de las que Ojeda había sido absuelto. Pero esta vez, hace pocas semanas, el 7 de agosto pasado, la Iglesia Católica dio crédito de verosimilitud a las dos nuevas denuncias, envió los antecedentes al Vaticano e inició formalmente un juicio canónico contra el religioso. Por esta razón, se le prohibió el ejercicio público del sacerdocio mientras dure el proceso.

Pero estas no son las únicas denuncias en contra del cura Mauro Ojeda. Al menos dos ex seminaristas de Valparaíso, Mauricio Pulgar y Sebastián Del Río, presentaron denuncias contra Ojeda por abuso de poder y acoso sexual.

El caso de Mauricio Pulgar fue informado a todo el país por el programa Informe Especial de TVN que llegó, incluso, hasta las puertas mismas de la parroquia de Casablanca a buscar al cura Ojeda, pero éste nunca salió a dar la cara. Pulgar relató que el cura Ojeda los obligaba a bañarse desnudos con él en una piscina.

Sebastián Del Río también denunció como encubridor al entonces obispo de Valparaíso, Gonzalo Duarte, por el acoso sexual ocurrido en el 2004 que sufrió por el entonces rector del Seminario Mayor San Rafael de Valparaíso, el cura Ojeda.

Según denunció CiperChile en el año 2011, Gonzalo Del Río se vio obligado a dejar el seminario porque el obispo Duarte se negó a ordenarlo como diácono. Del Río agregó que apenas dos meses después de efectuada su denuncia, el cura Ojeda fue trasladado a la parroquia San Benito de Chorrillos, en Viña del Mar.

Posteriormente, Ojeda otra vez fue trasladado desde Chorrillos a Casablanca, en abril del 2013.

“LA CALDERA DEL DIABLO”

Casablanca no sólo se encuentra entre Valparaíso y Santiago, sino también entre el mundo urbano y la vida rural. Su feligresía se caracteriza por ser bastante conservadora. Incluso, todavía se hacen allí misas en latín, algo que en todo el mundo fue superado por la Iglesia Católica a partir del Concilio Vaticano Segundo, en 1964. También conviven en esa parroquia los patrones de fundo y los peones. Se unen en el rezo, pero mantienen las diferencias sociales y de clase al salir de la iglesia.

Pero la presencia de Ojeda en Casablanca no pasó inadvertida para los feligreses mejor informados. Conocedores de las denuncias en contra de este cura, poco a poco, los fieles dejaron de asistir a las misas oficiadas por él. Incluso, novios que tenían programados sus matrimonios con Ojeda cancelaron compromisos, pidiendo que, por favor, el casamiento fuera bendecido por otro sacerdote.

Lo mismo pasó en el catecismo. Las inscripciones de niños para hacer la Primera Comunión bajaron notoriamente, porque, según cuentan los fieles, los padres de los menores sentían temor de que algo pudiera pasarle a sus hijos.

Algunas personas se quejaron en privado del trato déspota y autoritario de Ojeda. “Trataba como patrón de fundo”, se quejaron. Además, frente a la ola de rumores, el cura exigía saber todo lo que pasaba en Casablanca, porque él era el párroco y debía saberlo todo, tener el control de todo y de todos.

Entonces, la desconfianza, en temor y una avalancha de rumores inundó la comunidad cristiana de la parroquia de Casablanca.

Por eso, el inicio de proceso canónico fue un rayo de luz para los habitantes del pueblo. El cura quedó suspendido de sus labores sacerdotales. Es decir, ya no lo verían haciendo misa, ni bautizos, ni celebrando matrimonios. Lentamente, comenzaron a volver a la parroquia.

“UN CURA BUENO”

Y el broche de oro del renacer de la fe y la esperanza en Casablanca se vivió el pasado domingo 25 de agosto, con la asunción como nuevo párroco del sacerdote Gonzalo Ligarius, un cura joven de sólo 45 años, “con cara y alma de bueno”, según varios feligreses que estuvieron en la ceremonia. Ligarius ya estaba en Casablanca como cura auxiliar.

Ese día, el templo de la parroquia de Casablanca estaba repleto. Como parte de la ceremonia, Ligarius lavó los pies de algunos fieles, como una clara señal de humildad.

En su discurso, el cura Ligarius fue franco y directo. Partió diciendo que asumir de párroco en Casablanca era “un desafío hermoso y difícil”, considerando los tiempos de crisis que vive la Iglesia Católica. Agregó que iba a trabajar con tesón y voluntad en hacer que la gente recupere la confianza en la Iglesia y enfatizó que el regreso de la fraternidad, hablar con la verdad y reforzar la fe era tarea de todos.

En su saludo a la comunidad, Ligarius se dio tiempo para salirse del protocolo y reírse de sí mismo, mostrando una arista transparente y real, pocas veces vista en un cura, sobre todo en el cura anterior y en algunos obispos, que marcan distancia con los fieles y se creen señores del Olimpo.

Finalmente, Ligarius invitó a todos a volver a ser una comunidad unida, fraterna y solidaria. Al terminar, los asistentes aplaudieron de pie al nuevo párroco. Y muchos de ellos se abalanzaron para abrazarlo, incluso, antes de que formalmente la misa hubiera terminado.

“Este cura transmite bondad”, decía una señora de la tercera edad, mientras lo abrazaba. “Que le vaya bien”, decía otra. “Confiamos en usted”, expresaba un tercero. “Gracias por devolvernos la esperanza”, cerró un señor canoso.

Está por verse si las heridas causadas por las acciones de quienes se decían consagrados a Dios pueden cicatrizar en el pueblo cristiano.

Al menos, en Casablanca existe la esperanza de que, con el nuevo párroco, la Iglesia Católica podría comenzar a renacer de sus cenizas.

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