[CRONICA] Nueve Viñetas para Juan Luís Martínez – Primera parte (por Guillermo Rivera)

1. La Nueva Novela de Juan Luís Martínez (auto editada en 1977), considerado un libro inclasificable, ha generado una industria crítica y académica, que la ha instalado en una rama del árbol de la poesía chilena.

Nuestro acercamiento a este libro enigmático, no obstante, lo realizaremos desde el territorio de la ficción. Lo leeremos como se lee una novela.

Por lo pronto, digamos que el territorio de la ficción no es verificable. No es verdadero ni falso.

2. Los lectores de novela entendemos que se trata de un género repleto de poesía. Entendemos que es un lugar del lenguaje, y en sus mejores momentos abre espacios inéditos estableciendo nuevos criterios de significación. En el caso de Juan Luis, percibimos que se trata de un lector que es a la vez un traductor, trabajando con referentes destinados a su desaparición: desaparición de las casas, la familia, desapariciones simbólicas en el cruce de una calle, desaparición del autor, etc.

De momento, diremos que La Nueva Novela es un libro que fue primero leído y después escrito. El lector fantasma decidió escribir esa lectura, escribir todo un libro que leyó.

3. Estamos en el terreno de la novela. La ficción del libro de Martínez ha entrado en la realidad con todos sus mapas, animales, pájaros y teatro de sombras, volviéndose un lugar inaudito que amenaza nuestra lectura más convencional, ya que elabora un sistema-otro de comunicación que pone en duda la función de las palabras.

4. Cuando Juan Luís declara en Notas para una entrevista de Matías Rivas:

“La noción de autor no es una noción perenne, su crisis es cada día más manifiesta. Obras como la de Samuel Beckett, aunque sepamos a quien pertenecen, son obras casi anónimas. Su anonimia y su grandeza residen en su pluralidad y en su neutralidad vecinal con la muerte del hombre y de la literatura. De ese centro sin centro es de donde parece emerger todo lenguaje”.

Creemos que Juan Luis lo que intenta clarificar, en esta respuesta, es su propio mito de origen como escritor, desarrollar a través de ese cuerpo inclasificable, su ficción de origen. Es decir, alguien que escribe  sobre ese ejercicio alucinante que es la lectura.

5. Imagino entonces al autor fantasma con una infinidad de libros sobre su mesa. Los examina, selecciona, traduce, altera o deja intactos. Elabora así un tejido-fábula de su propia lectura, articulando dibujos, fotografías, objetos. No obstante, en el centro de esta inmensa diversidad de soportes hay un principio organizador que el mismo inventa como lector, siendo el resultado de esto un libro cambiante, un libro de agua o arena, un libro poseído por el espíritu de Proteo, que en virtud de sus transformaciones modificara sus referentes de un modo implacable y magnífico.

6. El mundo kafkiano no se parece a ninguna realidad conocida, es una posibilidad de la lengua. Algo parecido sucede con la Nueva Novela de Martínez, no se parece en nada a lo que se venía escribiendo en poesía en nuestro país. El punto de arranque, su variedad de soportes, su concepto de autoría, es diferente de lo que veníamos leyendo.

Se trataría, además, de una práctica que rompe los límites entre centro (realidad) y periferia (ficción) induciendo un nuevo tipo de autoría provocado por el cruce de ambas: para Lihn y Lastra, en su famoso artículo, La Nueva Novela fragiliza los criterios de verdad y realidad.

7. Si aceptamos la noción de la lectura y los libros como referente total de La Nueva Novela, podríamos decir que su lectura y escritura siempre llevó consigo su referente a cuestas, ambos fustigados por una finitud fúnebre o amorosa.

En suma, el referente (la biblioteca) se libera para los acontecimientos narrativos independientes y se adhiere al autor fantasma  como una parte de la lengua que se encuentra ante él, alrededor de él, fuera de él, convirtiéndolo en un gesto privilegiado de la ficción. Así, al asunto del sujeto cero que lee y escribe, se suma al asunto de las citas e imágenes ¿qué otra cosa puede hacer?

Ahora, podemos suponer  que Juan Luis capta  la particularidad de lo que va escribiendo –su encadenamiento narrativo, por decirlo de algún modo- como si la literatura ya hubiese desaparecido y ante la imposibilidad de nuevos acontecimientos  plasmara  una escritura crepuscular.

8. Ahora bien, si leemos la obra de Juan Luis como una novela inaudita o inclasificable, entraremos en el espacio de la historia de la novela, y especialmente, en su caso, entraremos a un espacio de origen cervantino. Recordemos que el Quijote representó una crítica a la lectura de su tiempo, esto porque se trataba de un libro que venía de los libros e iba hacia los libros. Era una de las novedades respecto al código de narración de su tiempo, y éstas se nos revelan ya en el prólogo, puesto que Cervantes se atribuye la condición de raro inventor y expresa que lo que leeremos a continuación es un libro bastante distinto de lo que se publicaba entonces.

La literatura se extiende así de muy diversos modos, tanto dentro como fuera de la novela. Juan Goytisolo, por ejemplo, señala dentro de la obra todas las controversias literarias, los cuestionamientos, y en especial la crítica de lo inverosímil en las novelas de caballería que leemos en el capítulo cuarenta y ocho. Se detiene, al mismo tiempo, en el juego antitético entre la realidad y la ficción, el ser y la apariencia, mediante la contraposición ventas/castillos, molinos/gigantes, prostitutas/nobles doncellas, etc.

9. En ese sello cervantino observo una analogía evidente con La Nueva Novela, ya que desde el inicio, desde la portada del libro, el autor establece las condiciones de su escritura. Pareciera asumir una crítica al progreso y al lenguaje, ya sea en su vertiente moderna o posmoderna. Así, tenemos que la narración no sólo se llena de referencias, fotografías, citas, sino que ésta nos da la impresión de haber entrado en el túnel del tiempo de la lengua para reinventar lo ya construido, lo ya escrito, lo que parece haber nacido ahora pero con un carácter diferenciado.

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