[OPINION] Guasón (por Roberto Córdova)

Movido por el prejuicio de quien no gusta del formato del comic y su fábrica de héroes, el estreno de la película Guasón hubiese pasado inadvertido para mí, si no es por la insistencia con que me invitaron a verla.

Al minuto de comenzar, el film ya había captado toda mi atención. La sensación de que estaba viendo una gran película se fue instalando con solidez. La fotografía y el arte, espectaculares; una narrativa fílmica y construcción de personaje de tal calidad que es difícil encontrar, hoy por hoy, en la industria hollywoodense; y la actuación de Joaquin Phoenix, una joyita.

Rápidamente, uno se puede dar cuenta de que la referencia a Ciudad Gótica, papá e hijo Wayne y la estética del payaso, son solo una excusa para contar una otra historia, tan envolvente como violenta. Pero no por la violencia generada por el protagonista, sino más bien por la que éste recibe y lo va transformando en el ser que da origen al Guasón.

La violencia está latente en las calles, en cada espacio público y, si bien se expresa como fenómeno de masas, en el fondo es la rabia acumulada por cada individuo que sufre en lo privado todas las injusticias estructurales de un sistema opresor y marginador.

Cualquiera de los que van en el tren con sus caretas de payasos pudiera ser el Guasón. Si sólo nos detuviéramos a escudriñar en esas vidas singulares, encontraríamos las coordenadas que llevan a ese ser humano a descargarse con los “bienes públicos” y con la clase dominante. Todos somos Guasón, es la consigna que se propaga por una ciudad que puede ser, perfectamente, en la que uno vive.

El Guasón se declara, una y otra vez, como un ser apolítico, pero cada acto suyo cataliza las voluntades de rebelión de los individuos aplastados por la moral y la norma de sus opresores, dejando en evidencia eso de que todo es política, aunque el hecho político sea originado en el plano de lo privado y sin motivaciones subversivas. Del momento que esa singularidad se expresa en el campo de lo colectivo, las posibilidades están desatadas, reinstalando –además- la necesaria diferenciación entre la violencia originaria y la contestataria.

Desde Taxi driver (1976), aquella película de culto de Martin Scorsese (productor en la primera etapa de Guasón), protagonizada por Robert De Niro (el animador de TV en Guasón), en el que Travis Bickle, un ex combatiente de Vietnam devenido en taxista en los suburbios neoyorkinos, portador de una serie de patologías y erigido en un héroe anónimo, enfrentando las perversidades de una sociedad más enferma que él, termina envuelto en un episodio de violencia espiral donde la justicia por mano propia y por causa ajena, lo llevan a que esa misma sociedad violenta lo reconozca como un ciudadano ejemplar. Una vez más, lo privado y lo público se entrelazan en una parodia de la realidad cotidiana de cualquier urbe que nos toca habitar.

Guasón está lleno de guiños al personaje e historia de Taxi driver, como aquella pistola simulada con la mano y puesta en la sien del portador como señal de que apretar el gatillo es un gesto tan sencillo como connatural a los tiempos que nos toca vivir.

Arthur Fleck como Travis Bickle son dos antihéroes deambulando la ciudad, arrastrando la violencia de sus historias de vida como resultado de la mismísima perversidad de las estructuras sociales, organizadas y administradas por la élite dominante para su propio beneficio.

La contraparte de la violencia desatada de los antihéroes es la carencia de afectos, la profunda soledad de quien no ha recibido si no maltrato sicológico y emocional de todo su entorno. Seres marginales juzgados como locos y/o criminales y a los que los verdaderos responsables le aplican “su” ley para aislarlos o, por qué no, cooptarlos. Por cierto, esta élite ya nos revelará a los “verdaderos” héroes y justicieros. Ya vendrá Batman con toda su historia de privilegios a levantarse en el imaginario de las masas como el salvador de los débiles. ¿Para qué más, cierto?

Opinion_RobertoCordova

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