Opinión

[OPINION] El laberinto mapuche (por Gato Dequinta)

El pueblo mapuche no tiene “un” representante, un único líder. Se agrupa por grupos familiares que forman clanes. Lo que ha sido su mayor fortaleza a lo largo de la historia, su enorme fragmentación en miles de comunidades dirigidas por lonkos, es también hoy su mayor debilidad, al no poder mostrar una fuerza común y unitaria para enfrentar a la sociedad chilena y al Estado.

Cuando los españoles luchaban contra ellos, creían que matando al líder, como Lautaro, Caupolicán o Galvarino, se iban a dar por derrotados, como pasó con los incas. Pero los europeos no tenían idea del pueblo que enfrentaban. Precisamente, por no tener un único líder, el pueblo mapuche sobrevivió a siglos de guerras y batallas.

Pero esa fortaleza de ayer puede ser hoy su “talón de Aquiles”, pues el pueblo mapuche no tiene un único interlocutor para dirigir sus ancestrales demandas.

Los chilenos, que muy poco entiende esto, ven al pueblo mapuche como sujetos que se quedaron en el pasado, creen que hablando con un grupo de lonkos van a resolver el asunto, pero la historia enseña que el problema es mucho más complejo.

Hay dos aspectos fundamentales a conocer antes de adentrarse en el complejo mundo mapuche. Uno es de forma: el pueblo mapuche está atomizado en miles de comunidades locales y cada una piensa, a veces, muy distinto de otra que puede ser, incluso, su vecina más cercana. El segundo punto es de fondo: hay al menos tres líneas de acción que subyacen detrás de la gran cantidad de comunidades indígenas: integración, autonomía e independencia.

Durante su larga lucha en la Conquista y la Colonia, el pueblo mapuche se paró de igual a igual frente al Imperio Español. A tal punto llegó su fuerza, que los españoles reconocieron en este belicoso pueblo a un par, un país independiente, con el cual entablaron conversaciones internacionales.

Así surgieron los Parlamentos entre españoles e indígenas. Pero el pueblo mapuche tenía un problema. No había un único dirigente que los presentara. Por ejemplo, en el Parlamento de Negrete de 1793, asistieron 161 lonkos y en el de 1803, un total de 283. Y, más recientemente, en enero del 2013, Piñera trató de hacer una Cumbre en el Cerro Ñielol de Temuco y asistieron más de 300 representantes.

CADA LONKO, UN MUNDO APARTE

Cada lonko representa un grupo familiar y, de forma extendida, un pueblo o localidad. Y cada uno tiene su propia forma de pensar. Hay unos que son apegados a las tradiciones y costumbres ancestrales, otros apoyan el uso las de nuevas tecnologías; el de más allá impulsa una cooperativa; el de acá, propiedades individuales. Unos, quieren agricultura, otros asociarse con las forestales. Pero su vecino lucha contra ellas. Además, hay que agregar la creciente influencia del mundo evangélico protestante dentro del pueblo mapuche, tal vez como una forma de rechazo al respaldo de la Iglesia Católica a la dominación y sometimiento, muchas veces a la fuerza y que avaló el despojo de sus tierras. Decenas y hasta miles de hectáreas usurpadas fueron regaladas a la Iglesia Católica.

TRES LÍNEAS DE ACCIÓN

Debajo del complejo entramado de grupos familiares y clanes, subyacen al menos tres líneas de acción del pueblo mapuche a lo largo de su historia. Y todos ellos quieren la tierra, pero para diferentes fines. Unos, para trabajarla asociados con los chilenos; otros, en solitario, pero dentro del Estado chileno y los terceros, completamente libres e independientes.

Una de ellas es la línea integracionista. Es decir, de asimilación del mapuche al ser “chileno”. En este camino confluyen los chilenos que quieren someter al “indio”, “civilizarlo”, “educarlo”, “chilenizarlo”. Y, por otra parte, los mapuche que quieren ser chilenos, porque ven ello más ventajas que ser indígena. En esta línea se ubican, por ejemplo, los “empresarios mapuche”, en realidad pymes con aspiraciones de grandeza, que son dirigidas por chilenos de origen mapuche. Quiere tierra, pero para trabajarla asociados con los chilenos.

Una segunda línea es la de la autonomía. Esta busca que el Estado chileno reconozca que el pueblo mapuche es diferente al chileno, que tiene su propia historia, costumbres y reglas. Y, para ello, piden reconocimiento y que se les deje vivir y actuar según sus propias costumbres, dentro de un territorio determinado, elegir sus propias autoridades, manejas sus propios recursos naturales y económicos. Pero todo, finalmente, subordinado al Estado chileno. Quiere tierra, solos, pero dentro del Estado chileno.

Y una tercera línea que plantea derechamente la independencia del pueblo mapuche. Es el grupo más pequeño pero más radicalizado. Impulsa la separación total del Estado chileno. “En la actualidad, el proceso emancipatorio del movimiento mapuche autonomista, revolucionario y anticapitalista goza de buena salud. Se torna fundamental, por tanto, profundizar en su debate con el fin de avanzar reflexivamente en el proceso de liberación nacional mapuche”. Es lo que plantea, por ejemplo, la Coordinadora Arauco-Malleco, CAM. Quiere tierra, el territorio con la llaman, para vivir libres e independientes.

Entonces, adentrarse en el mundo mapuche, sin saber en qué terreno se está pisando ni con quién se está conversando ni cómo piensa y, además, creyendo que con sentarse con un par de lonkos ya se tiene resuelto el asunto, es no entender nada del problema.

RESPETO, LA CLAVE

Los chilenos de hoy gozan y se maravillan con los hermosos paisajes del sur del país. Se enorgullecen de las aguas limpias y transparentes que todavía perviven en los ríos y lagos del Biobío al sur. Pero no son capaces de reconocer que esto se debe a la ancestral lucha del pueblo mapuche por conservar la pureza y equilibrio del medio ambiente. Que, si no fuera por los mapuches, los chilenos ya habrían cortado todos los árboles, contaminados las aguas, llenado de basura los cerros y caminos, depredado la naturaleza hasta el extremo.

Por eso, para entrar a hablar del tema mapuche hay que partir por aprender de ellos y acercarse con respeto. Escuchar primero lo que ellos tienen que decir. Es una larga historia, de muchos siglos de la cual aprender. Y después, mucho después, tratar de dar una opinión.

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