Opinión

[OPINION] Del estallido social a la rebelión popular (Mesa Coordinadora por los Derechos Humanos Valparaíso)

En un giro irónico de la historia, porque así será finalmente recordado, en el mismo mes en que se inició el levantamiento social contra el modelo de los abusos hace un año, se inicia el proceso constitucional inventado por la élite política y los partidos del Congreso para frenar al pueblo.

Los estudiantes rebeldes de 2019, burlando los torniquetes del Metro de la capital, fueron el detonante de las manifestaciones del descontento popular más grandes de la historia de nuestra patria. Ni las grandes y heroicas protestas de la década del 80 contra la dictadura cívico-militar alcanzaron la masividad y la extensión territorial de este nuevo fenómeno social.

LAS RAZONES DEL PUEBLO

Las demandas de fin a las desigualdades; de basta del robo diario desde las grandes tiendas, supermercados y compañías de servicios; de muerte a la yuta o disolución de Carabineros en lenguaje convencional; de pensiones dignas para nuestros abuelos o No + AFP; de fin a las Zonas de Sacrificio; de equidad de género ahora; de no más terrorismo de Estado en el Wallmapu; de fuera Piñera y toda la corruptela política, recorrieron el territorio chileno desde Arica hasta Punta Arenas.

Las protestas del 2019 fueron adornadas por banderas mapuche y chilenas. Ni una sola de los partidos políticos del Congreso. Las encuestas lo venían diciendo claro y terminaron arrojando un 2 % de aprobación para el Poder Legislativo y un 4,6 % para el mediático Piñera.

Este levantamiento, estallido o revuelta popular –en algunos años más se podrá caracterizar con más precisión– tenía sus causas y orígenes muy claros en el maridaje entre las élites económica y política para someter y expoliar a los trabajadores y capas medias por medio del modelo neoliberal impuesto por los chicago-boys. En otras palabras, se puede explicar fácilmente hoy día, pero tomó por sorpresa a todo el mundo. Nadie puede decir, con honestidad, que pronosticó este proceso agudo de protestas populares para el último trimestre de 2019.

REPRESIÓN, EL PLAN DE LA DERECHA

Otra cosa es que la derecha ultra conservadora, con la élite del capital financiero y Piñera a la cabeza, con sus aparatos represivos siempre preparados contra el pueblo, estuviera al acecho de cualquier circunstancia para aplicar en Chile la doctrina del shock descrita por Naomi Klein. Por eso agudizaron la crisis incendiando estaciones de metro y supermercados, incentivaron los saqueos, montaron barricadas y reprimieron salvajemente las marchas pacíficas. El momento culminante debía ser la salida de las fuerzas armadas a la calle para barrer el orden establecido e instalar una nueva dictadura, esta vez con un líder de la propia élite en La Moneda.

Pero esta élite sangrienta y despiadada no contaba con la actitud valiente y heroica de esta nueva juventud que “no tuvo miedo” y que se lo gritó en su cara a los militares, marinos y aviadores cuando fueron desplegados y que se enfrentaron con sus cuerpos desnudos a la represión de las Fuerzas Especiales de Carabineros como Primera Línea de este levantamiento popular. Los jóvenes del SENAME, los ex pingüinos del 2006, los jóvenes pobladores sin oportunidades económicas se convirtieron en una verdadera Guardia del Pueblo con el objetivo declarado de proteger a los manifestantes y contener la furia irracional de los “pacos”.

Decenas de ejecutados y cuerpos calcinados aparecieron a los pocos días de iniciado el estallido social y los hospitales se empezaron a llenar con miles de heridos y las cárceles fueron acumulando otros miles de jóvenes procesados sin más pruebas que las denuncias venales de los represores y que aún continúan privados de libertad. Ellos son los presos políticos de la falsa democracia instalada en Chile después de la salida del dictador.

Hoy día hay más de cuatrocientos jóvenes, mártires vivientes, que van por la vida y acompañan las nuevas protestas sin sus ojos o con la visión severamente dañada por los perdigones disparados directamente a la cara por la yuta asesina.

LAS ÉLITES SE BLINDAN

En esas circunstancias el piso tembló como nunca bajos los pies del gobierno y de los partidos que sostuvieron el modelo hasta ese momento. Ya sabremos si las FFAA se retiraron por no querer ser utilizadas en una guerra contra el “poderoso enemigo interno” que denunció Piñera o porque la ultra derecha no tuvo la capacidad para asegurarle impunidad absoluta para reprimir y matar.

Lo concreto es que la represión policial por sí sola no podía contener el tsunami social desatado y había que desactivarlo de un modo más creativo. Tarea que asumió, una vez más, la clase política servil al capital financiero, pariendo, entre cuatro paredes y después de la medianoche, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución del 15 de noviembre de 2019.

Después vinieron una Comisión designada de “expertos” neoliberales militantes o amigos íntimos de los partidos, las leyes 21200 y 21216 para normar el Acuerdo, las leyes represivas impulsadas por el gobierno y aprobadas por la oposición en el Congreso y, de colofón, la falsa pandemia del COVID-19 para encerrar e inmovilizar a toda la población del país en un evento apocalíptico de inoculación masiva de miedo y de violación de derechos esenciales como la libertad de desplazamiento, de expresión y de trabajo.

Así llegamos a este plebiscito de entrada a un proceso constitucional, postergado desde abril, ideado por las élites económica y política para hacer control de daños ante el embate del pueblo movilizado, descontento pero desorganizado y sin conducción clara.

Como era de esperar los partidos políticos pusieron los altoparlantes a todo volumen para tocar su música gatopardista y embaucadora, como lo hicieron para el plebiscito de 1988, llamando al pueblo a morder la manzana envenenada de una Nueva Constitución que no tiene por donde salir distinta a la de Pinochet/Lagos. Demás está repetir, a estas alturas, las razones que explican esta afirmación.

El pueblo tiene derecho a bailar con esa música si quiere, después de todo votar es uno de los pocos ejercicios donde puede expresar opinión. Además, votar apruebo como señal de rechazo a la constitución del dictador se siente súper bien, aunque la Convención Constitucional sólo convence seriamente a los que quieren cambios cosméticos, pero no transformaciones de fondo.

¿Participar como candidatos independientes a la Convención Constitucional? Claro, por qué no, puede ser un buen entrenamiento para postular como independientes a los cargos de representación en el futuro. Y si logramos elegir algunos representantes tanto mejor para que vociferen las demandas sociales a menos, claro, que sean cooptados por los partidos y por las élites económicas, como lo hicieron con otros que elegimos antes.

CAMINO A LA REBELIÓN

En este contexto, lo que importa es que los partidos no consigan su objetivo principal, que es desmovilizar al pueblo y postergar las urgentes demandas de un Chile más justo y equitativo, por otros 30 años.

La fuerza de un cambio real de modelo no está en las cúpulas sino en el pueblo movilizado, organizado, con unidad de acción y de objetivos. Los partidos neoliberales son, fueron y serán el obstáculo, nunca la solución, a menos que renuncien a la defensa corporativa de los privilegios de que han gozado hasta ahora y eso, ni el más crédulo de los chilenos conscientes, lo considera posible.

La nueva Constitución hay que dibujarla desde las asambleas barriales, desde los cabildos cuando se reactiven, desde las comunas, desde los espacios de articulación de las organizaciones sociales, desde los liderazgos de opinión no comprometidos con los sostenedores del modelo neoliberal, desde la academia más consciente, para ir definiendo sus contenidos más relevantes, los principios constitucionales que la harán diferente a la de Pinochet-Lagos y que permitirán el desarrollo de los pueblos de la nación en paz, con soberanía y justicia social.

Con estas herramientas será posible presionar a los Convencionales para que vayan más allá de los límites diseñados por los partidos y será posible continuar el proceso iniciado el 18-O a pesar de los esfuerzos de los oligarcas y sus lacayos por impedirlo o postergarlo. Debe quedar claro que Chile quiere una nueva Constitución, pero también que sólo la calle y una Huelga Nacional nos darán una Asamblea Constituyente para lograrlo.

Este es un desafío más grande, complejo y difícil que salir a una marcha de protesta, que levantar una olla común o enfrentar a los pacos. Es el desafío de organizarse para copar los espacios de poder, para postular candidatos independientes a las alcaldías, a los concejos municipales, a las Gobernaciones y –cuando el proyecto político nacional esté maduro– asaltar el Ejecutivo y el Legislativo.

Es el desafío de fiscalizar a la institucionalidad desde las raíces mismas del pueblo soberano, mediante una participación organizada, consciente y capaz de intervenir la realidad política, de paralizar las obras y acciones que violan los derechos ciudadanos y de proponerse la Huelga Nacional de trabajadores, pobladores y estudiantes como la gran herramienta que forzará los cambios que las clases privilegiadas se niegan a hacer.

Es la tarea de articular coordinaciones sociales para dar conducción política a los procesos pensando en el bien común, en los Derechos Sociales, postergando los personalismos y los apetitos mezquinos que conducen a la corrupción y a la atomización social.

Mientras la clase política y los partidos del régimen ejecutan su libreto de seducción y engaño, el pueblo debe ejecutar el suyo de rebeldía, valor y construcción de futuro.

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