Opinión

[OPINION] La participación que molesta al arquitecto (Tania Madriaga Flores)

En la edición dominical de El Mercurio de Valparaíso el pasado 18 de abril, el arquitecto Iván Poduje se pregunta: ¿por qué la elaboración del Plan de Desarrollo Comunal (PLADECO) de nuestra comuna es más caro que el de Vitacura? Poduje es un conocido arquitecto, frecuentemente invitado a paneles televisivos, vinculado al gobierno de Piñera, y que desde enero pasado integra el equipo presidencial de Evelyn Matthei (UDI). La pregunta viene de ahí.

La pregunta, realizada como parte de una evidente ofensiva montada en el diario porteño, omite, además, el aporte de 20 millones de pesos que recibió ese medio de prensa como parte del proceso de elaboración del PLADECO durante la administración de Jorge Castro (UDI) entre los años 2015 y 2016. Un proceso que consumió $322.553.533 y que, sin embargo, no concluyó con la elaboración de un Plan. Básicamente, plata perdida.

Sobre las preocupaciones de Poduje, vale la pena establecer algunas cosas:

Primero, al momento de calcular los costos del actual PLADECO de Valparaíso, el informe de Contraloría considera gastos de arriendo de oficina, estudios complementarios, tres procesos de participación ciudadana, hasta las cuentas básicas como la de la luz, desde el año 2017. Quisiéramos saber si en Vitacura se realizó un examen de costos equivalente. Posiblemente solo se consideran los gastos pagados por los servicios externalizados a consultoras, sin sumar los gastos en que incurre el municipio en cualquier proceso de planificación que pretenda ser más que “un papel en un cajón”, a saber: personal que desarrolle funciones de contraparte municipal, equipamiento para actividades del proceso, estudios complementarios, gastos menores y servicios básicos.

En un país con una estrategia de desarrollo nacional en evidente crisis, los Planes de Desarrollo Comunal deben concebirse como una herramienta de trabajo para la comunidad que ha participado, que se ha movilizado y ha votado por cambiar Chile. Eso ha sido muy claro en una comuna como Valparaíso, donde encontramos una comunidad activa y deliberante desde hace muchos años. Recordemos, por otro lado, que Vitacura es una de las tres comunas donde ganó el rechazo en el plebiscito constituyente. Razón adicional para hacernos cargo de la desafortunada comparación que realiza el columnista.

Según cifras anteriores a la pandemia, en Vitacura la pobreza multidimensional, que considera acceso a educación, salud, seguridad, trabajo y redes, alcanza el 3,48% de la población, mientras que en Valparaíso asciende al 19,1%. El porcentaje de hogares bajo el tramo 40 en el Registro Social de Hogares en la primera es de 4,09 y de 52,35 en la segunda. El hacinamiento alcanza a un 0,4% de los hogares en Vitacura y en Valparaíso a un 11,8. La disponibilidad de presupuesto municipal por habitante de la Municipalidad de Vitacura es de 895 mil pesos anuales y la de Valparaíso 250 mil pesos anuales. Vitacura tiene 9,45 metros cuadrados de áreas verdes por habitante y Valparaíso 1,48.

Creo que queda claro que Vitacura puede resolver su plan estratégico, sin ubicarse en el punto de partida en el que nos encontrábamos el año 2016 en Valparaíso y que nos obligó a comenzar por una pregunta fundamental: ¿quién y para qué planifica? La respuesta fue clara: planifica la comunidad, para sus intereses y su bien común. Para lograr este objetivo, propusimos un sistema de planificación territorial integrado, situado, participativo y multiescalar.

En su recuento, el amigo de Piñera, sostiene que nos fuimos de tesis al proponer un modelo de planificación y que nos excedimos produciendo información diagnóstica, como si nada de eso valiera la pena después de tener por más de 7 años un instrumento desactualizado. Luego cuestiona que hayamos propuesto en la imagen objetivo 5 ejes de desarrollo y planes e iniciativas, diciendo que no hay cronograma, ni costos asociados. Pareciera que perdió la concentración al llegar al capítulo 4, denominado precisamente “Implementación y sistema de monitoreo”, donde proponemos una ejecución territorializada en unidades barriales, que garanticen la participación de las comunidades en la puesta en marcha de esta estrategia de desarrollo, a saber: imagen de futuro, situación actual, objetivos y medios para lograrlos; todo en un plazo de 10 años, en los que se consideran las fases de gestión, estudio, diseño y ejecución de cada plan e iniciativa. Los costos de las primeras iniciativas están definidos o estimados en la cartera de inversión y en el presupuesto anual municipal, instrumentos que se integran en sus funciones para el desarrollo de la estrategia, tal como lo orienta la política Nacional de Desarrollo Urbano.

Es curiosa, pero a estas alturas no extraña tanta beligerancia con este proceso de planificación territorial participativo. Es precisamente porque no se privatizó un ejercicio tan relevante para una comuna donde la desigualdad se ensaña con tanta fuerza, porque no se encargó a los estrechos círculos de expertos que pretenden hablar por el resto, es precisamente porque no se hizo a la medida de los intereses que depredan los recursos comunes de los territorios, que les irrita tanto. Me deja pues satisfecha pensar que nuestra propuesta de planificación territorial participativa le molesta e incomoda al arquitecto Poduje, a El Mercurio de Valparaíso y a todos los que defienden lo que la comunidad se propone transformar.

Tania Madriaga Flores
Candidata a la Convención Constitucional
Territorios en Red


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