Opinión

[OPINION] Las brujas de Macbeth (Roberto Córdova)

Territorio fértil para el crimen es el del Poder.

Desde que los seres humanos necesitaron organizar su convivencia, necesitaron organizar su producción y consumo, necesitaron distribuir sus espacios y dominios; desde muy temprano, la disputa por dirigir la voluntad del colectivo (casi inevitablemente contra los intereses de la mayoría del colectivo), se instaló como una sórdida amenaza para quienes desconocían los vericuetos del alma y la psiquis de lxs “destinadxs”, de aquellxs que por designio divino o sobre natural debían (¿deben?) guiarnos en nuestra ignorancia, en nuestra incapacidad de comprender las grandes cuestiones de la política.

Pasada la etapa de los jefes y cabecillas tribales, esos que se ganaban el liderazgo a punta de sacrificios personales, de ser siempre los últimos en tomar su parte del botín comunitario; se nos viene la espiral de ambiciones individuales, desmedidas, insondables. La acumulación encuentra, entonces, su nicho de reproducción. Y el poder político yace, en un acto simbiótico y definitivo, con el poder del poder económico.

Luego de consumado este matrimonio en el bosque de las tinieblas, lo peor de la condición humana, corre descalza por los pasillos de palacio.

Así han transcurrido los siglos del dominio sin contrapeso, de la ingenuidad hecha masa, de los instintos conscientes de los desprovistos. Así se han encarcelado ideas, se han martirizado cuerpos, se han hecho desaparecer voluntades. ¡Tanto sueño justo incinerado, tanta esperanza libertaria avasallada! Si sólo una vez contáramos de nuestro lado con las brujas develadoras de futuro; con un mínimo anuncio de la próxima jugada de los mandamases y mandatarios que nos asechan. Pero, no. Adivinadoras y dioses son privativxs de las altas esferas del gobierno de los mortales. A nosotrxs…¡qué nos queda a nosotrxs sino el razonamiento riguroso y este corazón flagrante de humanos latidos!

No obstante, el rodar de cabezas y el paisaje rojitierra de los campos de batalla eran simples retazos de la violencia que refleja nuestra condición animal. Lo tenebroso, lo realmente espeluznante, estaba por venir de la mano completamente ajena a la jauría: la premeditación.

Albert Camus, en “El hombre rebelde” (1951), acaso el más notable de sus ensayos, advertía, casi se lamentaba de que el crimen, como un acto individual y pasional, había pasado a ocupar –por aquellos años- un lugar marginal en la trastienda de la historia. Con la derrota del Tercer Reich, el Estado y sus agentes quedaban en evidencia como la más perversa maquinaria de manipulación y opresión que siempre había sido. La razón, la más fría de las racionalidades guiaba ahora la voluntad de los asesinos y sus patrones, que sabedores de potestad, convencidos de impunidad, elegían la víctima precisa o planificaban el exterminio masivo, dejando cabos sueltos por doquier, coartadas a la intemperie de la historia, huellas burdas y desafiantes, que cualquier espíritu crítico, cualquier sentido de justicia, puede descifrar sin mayor esfuerzo. El crimen organizado desde las entrañas del poder ya no sería más un hecho privado reproducido por el imaginario popular. El descaro, la doble moral y el control –poco menos que total- de los medios de comunicación, a la hora de retorcer la opinión pública, vinieron a reemplazar al resguardo de los muros palaciegos.

Tiranuelos de hecho y mandatarixs de derecho han usado y abusado, desde siempre, de todos los pliegues y repliegues del aparato estatal para defender y extender los privilegios de cuatro aves de rapiña, y en contra de millones de seres moribundos. La paradoja es que ayer la ignorancia justificaba la candidez del pueblo frente a la barbarie. Pero hoy, ¿qué hacemos con todos los datos que tenemos sobre la mesa, con toda la información acumulada? ¿Cómo evitamos que el bandidaje, los delincuentes de cuello almidonado, la mafia de cañones humeantes, vuelva cada vez por sus fueros a gobernar con el voto de sus víctimas? ¿Qué otras atrocidades deben ocurrir antes que la rebeldía devenga en un hecho colectivo? ¿Habrá en esta vida un tiempo y espacio para la justicia, para el espíritu libertario, para la dignidad humana?

Mientras intentamos responder éstas y otras preguntas, mientras buscamos alternativas para organizar un mundo que acoja todas las variables de la inteligencia, en armonía con toda la diversidad de afectos que pululan al amanecer; seres cubiertos de dudosa fama, se deslizan entre despachos y cuarteles, entre los inciensos de la conjura, afinando planes y redactando discursos y comunicados que justificarán, o sencillamente, falsificarán el crimen acordado.

Roberto Córdova
Coordinador Nacional
Proyecto La Comuna

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1 reply »

  1. Tremenda reflexión….es como el sino que arrastra a la condición humana al abismo…el indicador de que, nuestra evolución, nuestro despertar es aún, un sueño… gracias Roberto. 🙏💜💜💜

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