Cuando intentamos aclararnos, desde un punto de vista personal, lo que pudiera ser el espíritu de servicio -del cual tanto se habla pero que poco se practica- voluntariamente nos habremos introducido en un ámbito con gran diversidad de contenidos, muchos de los cuales, a pesar de hablar de lo mismo, se contraponen entre ellos, pues, son muchas las formas de ver y entender el espíritu de servicio, según sea el tipo de persona que se hace la pregunta y de cuál ha sido su estilo de vida, lo que es gravitante cuando emitimos una opinión respecto de algo.
No obstante que nuestro objetivo es orientarnos hacia el entendimiento del espíritu de servicio, metodológicamente, es recomendable tener un acercamiento previo, que nos prepare el camino para cumplir dicho objetivo.
Por esta razón es orientador discernir qué se entiende por servicio, cuando lo entregamos o lo recibimos de otras personas. Al respecto, el diccionario de la RAE define servicio como “prestación que satisface alguna necesidad humana y que no consiste en la producción de bienes naturales.” Con esto se quiere decir que un servicio es una prestación que puede tener consecuencias materiales -arreglar una cocina- pero que en sí mismo es un intangible, pues no tiene presencia física.
En el mismo tenor, podemos mencionar el llamado servicio público, que es aquel que el Estado, mediante los respectivos gobiernos, debe entregar y asegurar a sus ciudadanos, servicio que en este caso está ligado a una serie de derechos, incluyendo los derechos fundamentales de las personas que constitucionalmente se deberían respetar. En este entendido, el servicio constituye, por tanto, un asunto de Estado que mediante una Constitución y respectivas leyes debe pasar por sobre cualquier tendencia política o ideológica en particular, debiendo tener siempre en vista el “bien común,” con el fin de proponerse alcanzar niveles de igualdad ciudadana para todos los miembros de una sociedad cualquiera, los que deberían expresarse en términos de protección, al derecho y el acceso a los bienes materiales e inmateriales por parte de estos, única forma de asegurar una forma de vida en relativa equidad; elementos que sin duda la Convención Constitucional habrá de considerar.
Otra forma de servicio es el servicio religioso, que tiene que ver con la atención de las necesidades de tipo espiritual de las personas, lo que indica que el hombre no vive solamente de lo que el mundo material pone a su disposición, sino que también por sus especiales características de constituirse en un ser biocultural (Maturana) es muestra suficiente de que el hombre, para sobrellevar una vida suficientemente equilibrada y armónica, requiere de algo más que el solo sustento material -techo, abrigo, alimentación- que tiene que ver con un sustento inmaterial, intangible, que es proporcionado por la religión, las artes y la educación, entre otras. Esto es así, pues el hombre se ha mostrado en todas sus potencialidades como un ser bidimensional, que pone en la balanza lo material y lo que no lo es; sin que ambos elementos tengan que estar separados, más bien integrados como formando parte de una sola totalidad -hombre- la que persiste, se desarrolla y mantiene, gracias a la acción permanente de estos elementos contrarios que permiten la existencia del tan conocido concepto de persona.
De los dos tipos de servicio mencionados -el público y el religioso- durante la última década, se han visto sumamente comprometidos por una serie de comportamientos y actitudes que se contraponen con la esencia misma de lo que debería ser un servicio de estas características. Por un lado, en el ámbito del servicio público, los políticos han caído en el descrédito, frente a la ciudadanía que los eligió, pues desde el momento que fueron elegidos, rápidamente olvidaron sus promesas de luchar por las más sentidas aspiraciones de las personas, con lo cual su teórico actuar, más que luchar por dar servicio público, es percibido por los votantes como una manera de servirse del público y del cargo para sus egoístas intereses. Por otro lado, de igual modo, las diversas instituciones religiosas remecieron fuertemente al mundo creyente al darse a conocer por los tribunales y diversos medios de comunicación de la acción pedófila concertada llevada adelante por las diferentes iglesias del mundo y de nuestro país, situación que no solo debilita a las instituciones afectadas por estos hechos, sino que también debilita lo que alguna vez fue el bastión y refugio de los desamparados, que acudiendo a los principios de la fe, buscaban el necesario refugio espiritual que les permitiera, según reza la oración, seguir subsistiendo en este vasto valle de lágrimas, que en este caso estaría representado por la dura realidad que la actual sociedad ofrece a sus habitantes. Sin más, es preciso reconocer que el mundo religioso se encuentra ad portas de una de las más grandes crisis de fe que haya sufrido la humanidad, la que paradojalmente, no viene desde fuera de las iglesias, sino que desde el núcleo mismo de estas instituciones. Sólo resta preguntarse, ¿cuáles son las causas de esta crisis de fe, y ¿cuáles son las propuestas y soluciones de la iglesia para recuperar su feligresía?
Una vez realizado el ejercicio anterior, es el momento de volver al cauce del interés temático que nos convoca y que tiene que ver con el análisis y revisión del concepto de espíritu de servicio del que sólo tenemos un discreto conocimiento.
Se dice que quienes tienen un alto sentido ético de la vida son aquellas personas que, en forma natural, tienen la mejor predisposición para poner en acción su espíritu de servicio. También se dice que el mero servicio sin espíritu -fin ético y valórico- no es realmente servicio. Viene al caso la frase dicha por la Madre Teresa de Calcuta que señala que “El que no vive para servir, no sirve para vivir.”
De acuerdo con lo anterior, el espíritu de servicio es aplicable a ciertas características personales que vienen marcadas por los valores que posee cada persona, que pueden estar referidos a la bondad, la solidaridad, la humildad, la responsabilidad y el respeto por el otro. Estas personas se caracterizan por ser serviciales, las que poseen una herramienta vocacional para serlo, la que les permite una reacción voluntaria y proactiva ante las necesidades del prójimo.
Lo que destaca este don del espíritu de servicio es la virtud marcada por el desinterés de las personas que realizan esta acción de ayudar, las que lo realizan con agrado y amor, manteniendo la idea de promover el derecho a la equidad en sociedad, no pudiendo por lo tanto quedarse en la teoría o en las buenas intenciones; sino que debe hacerse efectiva en la práctica, que es el espacio en que esta se concreta.
Si analizamos o pensamos lo que pudiese ser el espíritu de servicio de las personas o de las instituciones en el ámbito del desarrollo de las sociedades del siglo XXI, nos encontramos con una triste realidad dado que estas, en forma progresiva y exponencial, han ido perdiendo el apego a los valores más cercanos, que son atingentes al ser humano en particular y a la sociedad en general; valores que definitivamente están marcados por principios éticos -el deber ser de las cosas- que se han ido perdiendo, como el bien común, la solidaridad, el actuar filantrópico; dando paso a nuevas formas de valor o antivalores, que permiten la aparición franca del egoísmo, del egocentrismo, del individualismo y todos los demás ismos –que son muchos– que en este momento son parte fundamental de las actuales sociedades que funcionan en un concepto globalizado concertado.
Finalmente, es correcto afirmar que el espíritu de servicio es una de las características que mejor definen a una persona, que consiste en la capacidad de darse a los demás sin esperar nada a cambio. Se podría decir que la modernidad actual que nos cobija, considera la aparición de nuevos valores o antivalores como ya se dijo, que están señalando nuevos rumbos para el desarrollo de las sociedades, los que se caracterizan por la pulidez y liquidez de sus acciones, todo lo cual nos pone en una situación de nostalgia del otrora tan apreciado sentido ético de la vida en sociedad.
Silvio Becerra Fuica
Profesor de Filosofía
Villa Alemana

