Cultura

[CRONICA] Resistencia indígena en los valles del Norte Infinito: «Marican», obra de teatro de L. Joaquín Morales O. (Arturo Volantines)

INTRODUCCIÓN

Por sobre los hechos legendarios y las recreaciones magníficas, esta es una obra estética. Por lo tanto, lo que importa es su ser: lo que resplandece desde ella misma.

Con Juan García Ro nos propusimos reeditar todas las obras de L. Joaquín Morales. Publicamos: Historia del Huasco (2014)[1] e Higiene práctica de los mineros (2015)[2]. Nos disponíamos a reeditar esta obra; incluso, la tesis de grado para su profesión de médico.

Juan iba a hacer una introducción estética. Yo, tomaría el contexto social y cultural de Atacama en la época (1912) cuando Morales ganó los juegos Florales de Copiapó. Luego, Juan se negó a coeditarlo. Semanas después, le dije, que lo haría, esperando conocer sus motivos y que cambiara de opinión. La muerte repentina de Juan me dejó con la responsabilidad exclusiva de hacerlo.

Esta obra contundente de L. Joaquín Morales está asentada en el Huasco Bajo. Pero de vital importancia para el norte, ya que los hechos de los cuales dan cuenta entornan panorama profundo de Atacama: de su rica historia, de su ethos y de su fe en un mundo mejor. Él sabía sumariamente cómo era el cuerpo erosionado del minero atacameño.

Sobresale Morales, por poner, en el contexto nacional, una forma de vida propia y develar el negacionismo, que ha operado desde el centralismo. Son muchos los hechos en los cuales es precursor: en poner en evidencia sucesos que tienden a olvidarse o dándosele poca importancia. Con Carlos María Sayago, Pedro Pablo Figueroa y Francisco San Román proveen con la evidencia capital: Atacama es un lugar en el mundo. Además de su estilo mesurado, busca que los hechos hablen.

A través de los diarios de la época, de la revista Zig-Zag y de la obra Perfil y fondo de Copiapó (inédita)[3] de ese otro huasquino, Francisco Ríos Cortés, entre otros, podemos rastrear cuál era el ámbito social y cultural de Atacama cuando L. Joaquín Morales ganó los Juegos Florales (1912).

Copiapó agonizaba. Habían muerto sus grandes patriarcas, que hicieron temblar el suelo chileno del siglo XIX. Muchas minas se habían agotado. Muchos hombres y mujeres habían emigrado al Norte Grande detrás del salitre. En resumen, la riqueza fastuosa de Copiapó no se advertía en sus calles, ni en sus casas, ni menos en sus edificios públicos. Tampoco su cultura, que fue tan grande, que había generado; por ejemplo, la primera generación literaria chilena, ni siquiera sus glorias militares del siglo anterior (1851, 1859, 1879, 1891), engalanaban la ciudad. Y su deseo constituyente dormía la siesta.

En esa época eran característicos los Juegos Florales. Antes, habían destacado en Valparaíso a Rubén Darío; después, a Gabriela Mistral (Santiago, 1914) y a Pablo Neruda (Maule, 1920). Copiapó conservaba el prestigio intelectual. Allí, habían nacido una veintena de diarios; muchos libros fueron editados en la ciudad y un sinnúmero de obras representadas y traducidas de disímiles idiomas (Gallo, Matta, Marconi, etc.). Y la inmensa influencia cultural de la inmigración argentina: Domingo Faustino Sarmiento, Enrique Rodríguez, Domingo de Oro, Carlos Tejedor, Antonino Aberastain, Juan Crisóstomo Álvarez, Felipe Varela y muchos otros[4]. Por lo tanto, era lugar donde la voz clarividente de Morales se podía escuchar.

Atacama había vivido y había sido protagonista del siglo XIX con tres revoluciones y muchas rebeliones. Debajo del polvo de la decadencia así los chañares, el espíritu del sueño radical se mantenía vigoroso, a lo menos, en el ámbito político. Sus líderes laicos, masones y veteranos de las guerras veían con interés cualquier brote de creación subvertiente. Tal como lo hizo Elías Marconi y otros en los diarios de Vicuña, en promocionar a Gabriela Mistral, se iban a entusiasmar con una obra como esta, que les mostraba de sus propios sentimientos. Y que, muchas veces, le habían hecho despertar hacia una mirada cuestionante, así como efluye del hábitat presentado por el doctor Morales.

Leyendas, tradiciones y bibliografías nos denotan la llegada de los españoles y, principalmente, de Diego de Almagro. Estos hechos son recontados, entre otros, por el padre Diego de Rosales[5]. Joaquín Morales hizo con(sumo) en su obra: Marican. Aunque es claro que su visión se contrapone con algunas vicisitudes de la manera que las cuenta Rosales, que son desde la visión del conquistador y desde la teología católica. El huasquino, en cambio, muestra una visión desde la resistencia y desde el mundo autóctono.

L. Joaquín Morales O. (retrato de Alicia Mondaca)

Otros historiadores cuentan hechos relacionados y posteriores de la descendencia del cacique Marican. En la Historia de Copiapó[6], donde hace referencia tremenda al sacrificio del cacique Marican (Mercandei) y a otros caciques de la zona que terminaron en la hoguera en Coquimbo. Sin embargo, Morales no lo aclara lo suficiente, pero en la obra de teatro se refiere al Huasco como el lugar del sacrificio. En cambio, Rosales dice que el exterminio fue en Coquimbo, y habla de 60 caciques asesinados. De todas maneras, es históricamente intenso. Claro, se trata de los mismos hechos, desde donde viene el basamento que usa Morales, para dar a luz o volver a la vida un asunto legendario y absolutamente vigente a través del arte.

En la Historia del Huasco, L. Joaquín Morales da cuenta exhaustivamente del asunto; cuenta ciertos detalles desde la llegada de los orejones —emisarios y familiares del inca— y de Diego de Almagro. Estos sucesos si bien son breves están muy connotados por el historiador; hecho que seguramente lo instó a realizar un drama artístico. También, Manuel Concha lo señala al comienzo de su Crónica de La Serena[7], y comparte la similitud de los sucesos que rodearon la cruel matanza. Difiere solo en cantidad de asesinados, y comparte que el lugar de los hechos sería el Huasco. El texto de Concha coincide con: Descubrimiento y Conquista de Chile[8] de Miguel Luis Amunátegui, y se contrapone a la versión de Claudio Gay en el primer tomo de su Historia de Chile[9].

Otro asunto capital es que ninguno de estos historiadores se refiere a los indígenas como “diaguitas”; incluso, los llaman “ulmenes”[10], que se acota a los mapuches (padre Luis de Valdivia y otros). Esto nos hace considerar la imprudencia de llamar exclusivamente diaguitas a los pueblos del Norte Infinito. Aunque, esto es una cuestión de etnónimo. Pero, la omisión de los anteriores historiadores señalados, nos dice que tenemos que tener cautela al respecto.

Por lo anterior, se trata de un hecho historiográficamente importante e impactante, que hoy resuena. Sin embargo, el asunto es rastrear aspectos artísticos y sus implicancias éticas y estéticas, de cómo vive esto en lo contemporáneo e incide sobre nuestro ser. No se trata de Atenas sino de Medea. Y, aquí, no se trata meramente del Huasco sino de Marican. O sea, se trata de una obra de arte, de la proyección de esta.

Marican es obra de teatro en tres actos, escrita en versos que ganó los Juegos Florales de Copiapó (1912). Anteriormente, L. Joaquín Morales había publicado: Historia del Huasco (1896)[11] e Higiene práctica de los mineros (1893)[12]. Es asombrosa y prodigiosa su escritura recopilativa. En Historia del Huasco pone acento en un sinnúmero de hechos locales que florecen la identidad del norte. En el segundo, su maestría y dominio del tema le otorga ser primerísimo en estudiar y publicar un libro referente a la salud minera en Chile. Y, especialmente, del minero de estas provincias.

Morales posee mucha capacidad de observación, de ver lo que aporta hacia el futuro: es un clarividente de los nuevos tiempos. Esto mismo, nos hace pensar que esta obra es continuadora de las anteriores respecto a su afán de ilustrar el destino del norte desde sus raíces. Marican es un canto de la cimentación del ser atacameño, de férrea defensa de la originalidad, de una manera de estar en el mundo.

La primera escena tiene diez actos, donde una comitiva de orejones viene a anunciar la llegada de Diego de Almagro, pero todo esto se enmadeja por el amor que surge de parte Maricunga —la hija de Marican– con un orejón. El segundo acto, también tiene diez escenas, donde arriba Diego de Almagro con su ejército al Huasco a imponer un nuevo orden y religión. El tercero, tiene nueve escenas, donde Marican es apresado y sucumbe con otros caciques en la hoguera.

Indudablemente, esta obra hay que verla desde la misma obra; entrar a ella como se entra a una casa, a una ciudad, a un valle. Allí viven estos hechos; se pueden ver a sus personajes, vivir con ellos.

Por ejemplo, vislumbro a Maricunga: encandilada y bella y, por sobre el apego, está su deseo de seguir viviendo. Chirica es el orejón que enamora a Maricunga, pero los caciques saben que es artilugio; ya que ven a los orejones como traidores. Para salvar a su amor y salvarse de la horca, Chirica, acude a Chihuinto —que es un fiel servidor del cacique—, a cambio, se compromete a interceder por la vida de este ante Almagro. Como un sándwich, antes de esta poiesis está la historia y después, también.

Se puede concebir lo que está sucediendo en esta comarca o cosmos. Es una situación conmovedora. En la actitud de Marican transita la tensión que tiene este sobre sus hombros, sobre su destino y la claridad de la forma de ser de su pueblo. Asume su deber; hacer lo que hace, no por él sino por el valle: de oponerse severamente a la barbarie; de no aceptar la justificación al amparo de una religión: al proceder y la maldad legitimada por los conquistadores.

Es posible en la obra, hablar con los habitantes del valle. Por eso sabemos cómo eran y cuánto se parecen a nosotros: los contemporáneos de Marican, Maricunga, Tatara, Coluba, Atuntaya, Moroco y los otros. También, es posible dialogar en la obra con los invasores: Almagro, el cura Molina, Chirica —los orejones— y los demás usurpadores.

Por arriba del drama que aquí se desata, se puede encontrar lo sincrónico: el amor, la solidaridad, la valentía, la responsabilidad. Pero, también: la ambición, la maldad, la justificación en nombre de Dios. Se puede oler y otear la atmósfera: trauma que se vive cuando llegan los invasores. Y, que aún persisten de otra forma: así el consumismo y la enajenación.

Pero, tal vez, el mejor aporte de esta obra es el testimonio de Marican por su tierra, por su ethos, por su cosmovisión; por su forma de vivir y convivir primigeniamente en conciencia con el medio. Es una propuesta tremendamente moral: un gran desasosiego de poner énfasis —en lo que iba a ser el mayor riesgo de la sociedad— en el respeto por el sustento: equilibrado, soberano y en concordancia con el medio ambiente. Más allá de la barbarie, esta es un canto para resguardar el valle.

La obra puede ser cronística —como tan bien lo hace Morales—, puede ser, además un texto de poesía, pero no es propiamente obra clásica de teatro, aunque tenga diálogos. Es una obra híbrida, epocal, influenciada estéticamente por el siglo XIX. Se puede rastrear en Guillermo Matta, en Rosario Orrego, en Carlos Walker Martínez; en los rasgos de la generación única —romántica—, y prodigiosa de Atacama. Otros rasgos comunes y evidentes son las versificaciones y las rimas que no son rigurosas, pero tampoco importan mucho. Importa, el ritmo interno y la intencionalidad verbal. Podemos pesquisar el énfasis poético del autor.

Ocupa también un lugar importante la atmósfera medio ambiental del Huasco, que está cerca del mar; de las leyendas y de la lengua autóctona: en cuanto a los nombres propios y los topónimos que aún, siglos después, perviven. Otro arbitrio, indudable, es la titulación: Marican (sin acentuación), que también podría ser Maricán, Maricande, Me(a)rcandei. Se ha hablado del linaje del gran cacique. En varias bibliografías hay referencias a sus descendientes, que siguieron luchando contra el invasor: ajusticiaron al capitán Juan Bohon y quemaron la ciudad de La Serena.

Especial connotación tiene el trato que Morales le da al yanacona, al orejón, al traidor. Es, tal vez, donde no concede: en su lenguaje y en su compromiso; dice su opinión sobre los precursores del Norte Infinito. No traiciona a su pueblo ni a sus raíces.

Con esta edición homenajeamos también a los grandes hombres y mujeres del valle del Huasco. Entre ellos, a Bernardino Barahona que encabezó la Revolución de los Libres de 1851[13]; a José Antonio Peña, que pagó con su vida el triunfo de la batalla de Los Loros[14], en la revolución de 1859; a Pedro Antonio Martínez, el primer soldado del glorioso regimiento Atacama en 1879[15]. Son muchos los hombres y las mujeres del Huasco que han hecho grandes hazañas y sacrificios por Atacama. Ha sido noblemente enorme su hermandad con Copiapó. Estos pueblos son garantes que vendrán tiempos mejores.

Por ahora esperamos, en lo próximo, que este maravilloso canto literario también cobre vida en el scenarium.


[1]              Morales O., L. Joaquín; Historia del Huasco; coedición: Ediciones Mediodía en Punto y Volantines Ediciones, La Serena, 2014.

[2]              Morales O., L. Joaquín; Higiene práctica de los mineros; coedición: Ediciones Mediodía en Punto y Volantines Ediciones, La Serena, 2015.

[3]              Ríos Cortés, Francisco; Perfil y fondo de Copiapó, (inédito), s/f.

[4]              Ver: Álvarez Gómez, Oriel; Atacama de Plata; Ediciones Todamérica, 1979.

[5]              De Rosales, Diego; Sumario de la historia general del Reino de Chile; Editorial Universitaria S. A.; Santiago, 2019.

[6]              Sayago, Carlos María; Historia de Copiapó; imprenta de El Atacama, Copiapó, 1874.

[7]              Concha, Manuel; Crónica de La Serena. Desde su fundación hasta nuestros días; Imprenta de La Reforma, 1871.

[8]              Amunátegui, Miguel Luis; Descubrimiento y conquista de Chile; Imprenta, litografía y encuadernación Barcelona; Santiago, 1913.

[9]              Gay Mouret, Claudio; Historia física y política de Chile. Historia I; Biblioteca fundamental de la construcción de Chile; Santiago, 2007; página: 81.

[10]             Ver: Concha, Manuel; Crónica de La Serena. Desde su fundación hasta nuestros días; Volantines Ediciones; La Serena, 2010; página: 55.

[11]             Morales O., L. Joaquín; Historia del Huasco; Imprenta de la librería El Mercurio; Valparaíso, 1896.

[12]             Morales O., L. Joaquín; Higiene práctica de los mineros; Imprenta de la librería El Mercurio; Valparaíso, 1893.

[13]             SPPMG; El sitio de La Serena y la Revolución de Los Libres. A las glorias del pueblo de Atacama y Coquimbo de 1851; Volantines Ediciones, La Serena, 2013.

[14]             SPPMG; Revolución Constituyente 1859-2009. Tributo a Pedro Pablo Muñoz Godoy, comandante de Los Igualitarios; Volantines Ediciones, 2010. También: SPPMG; La batalla de Los Loros. Documentos, testimonios e iconografías; Volantines Ediciones, La Serena, 2019.

[15]             Figueroa, Pedro Pablo; Atacama en la guerra del Pacífico; Imprenta Colón, Santiago, 1888. También: Marconi Dolarea, Hilarión; Contingente de la provincia de Atacama en la Guerra del Pacífico (2 volúmenes, 3 tomos); Imprenta de El Atacama, calle Maipú n° 49/Calle Chañarcillo n° 112, Copiapó, 1880.

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