Opinión

[OPINION] Nos volvimos a reencontrar: ollas comunes como parte del movimiento popular de Viña del Mar (Nancy Díaz Soto)

Quiero partir este escrito sobre las ollas comunes con la siguiente cita: “fueron respuestas más estables y permanentes de los sectores populares para sobrevivir». (Clarisa Hardy, Hambre + dignidad = ollas comunes, p. 22)

El escenario económico actual, nos dice, que “la tasa de desocupación en Chile correspondiente al trimestre de marzo a mayo alcanzó el 11,2%, la más alta desde 2010”. Esta cifra ya está siendo rebatida, algunos sectores dicen que está minimizada e indican que el desempleo en nuestro país ya llega al 20%.

Cifras más o cifras menos, de una u otra forma, una gran parte del pueblo de Chile está pasando hambre. Esto no es nuevo, las ollas comunes desarrolladas en muchos lugares del país proliferan, debido a que es una experiencia aprendida y utilizada a lo largo de nuestra historia.

Pobladores, vecinos, hombre, mujeres y niños, se han visto enfrentados al hambre en mucha ocasiones en Chile. Para hacer un poco de historia, la banca rota de Wall Street de 1929 provocó un colapso económico a nivel mundial, problema que repercutió en nuestro país entre los años 1930 a 1932, distintas fuentes indican que Chile fue el país más golpeado en la época. Las exportaciones de salitre y cobre se derrumbaron, migró mucha gente desde los saturados campamentos mineros del norte a la zona central, la gente se ubicó en bordes de esteros y ríos, en cuevas, entremedio de los cerros, frío, hambre, enfermedades proliferaron y las ollas comunes aparecieron.

Las ollas comunes, en ciertas ocasiones, fueron iniciativas de la iglesia católica, a través de comedores populares, pero las más reconocidas establecen un vínculo de autogestión e independencia, entre pobladores de una comunidad ante la desesperación, cesantía y hambre.

En la década de 1980, nuevamente hay un auge de ollas comunes en el país, esto explota por la gran crisis de 1982, donde el índice de desempleo fue altísimo. Las mujeres fueron, en gran medida, las encargadas de articular estas redes de apoyo en las poblaciones al calor de la olla común, para la alimentación de su misma gente. Todo lo anterior, en colectas populares, junta de alimentos en sedes sociales, parroquias, clubes deportivos, etc. Desde una perspectiva sociológica, la olla común es una instancia de movimiento social, auto gestionado en función de solventar una necesidad básica del ser humano que es la alimentación, ante el desamparo del gobierno de turno.

Hoy 2020 ante la grave crisis sanitaria que afecta al mundo, donde nuestro país no está ajeno a la pandemia y aumento de cesantía, la olla común ha vuelto a alimentar a gran parte de nuestra población, nuevamente y en gran medida, son las mujeres quienes en una iniciativa hermosa vuelven a dar de comer a su gente. Hay que reconocer que organizaciones sociales, ONG, congregaciones cristianas y un sin número de personas públicas y anónimas están ayudando también, al flagelo del hambre que como un tsunami, poco a poco está cubriendo nuestra sociedad.

Nancy Díaz Soto
Concejala independiente
I. Municipalidad de Viña del Mar

Categorías:Opinión

Etiquetado como:,

1 respuesta »

Deja un comentario