// Connotados artistas amigos y familiares lo recuerdan por su generosidad, su libertad creativa y el compromiso social que marcó su legado.
Quienes recorren Isla Negra, San Sebastián o el Parque de las Esculturas en Santiago conviven, muchas veces sin saberlo, con parte del legado del escultor Felipe Castillo Mandiola. Este 10 de junio habría cumplido 94 años, dejando tras de sí una obra que trascendió fronteras y una huella imborrable entre quienes compartieron con él su pasión por el arte, la naturaleza y la vida.
Junto a la escultora Cristina Pizarro, con quien estuvo casado 50 años, fue uno de los fundadores de la Corporación Artistas Proecología, iniciativa que contribuyó a transformar el litoral central en un espacio de encuentro entre arte, patrimonio y medio ambiente. 
Parte de su legado permanece visible en esculturas que dialogan con el paisaje y la memoria de distintas comunidades. Entre ellas destacan “Mi hermana la ballena asesinada”, en San Sebastián; “La niña y el pez», en Isla Negra; y “Danza de peces”, una de las obras más reconocidas del Parque de las Esculturas de Providencia.
Para el destacado pintor chileno Titi Gana, uno de sus grandes amigos, Felipe Castillo fue mucho más que un artista: “fue una de las personas más simpáticas que he conocido”. Y destaca su memoria privilegiada, su generosidad y las innumerables historias, dichos y enseñanzas que compartió a lo largo de sus años de amistad.
Titi rememora especialmente la casa de los Castillo Pizarro en Santiago, donde durante los años de dictadura se reunían artistas, intelectuales y amigos en torno a largas conversaciones. “Atesoro sus dichos e historias como más importante que cualquier otra enseñanza académica”, señala. 
La escultora Cristina Pizarro recuerda a Felipe como su compañero de vida, de creación y de sueños. “Compartimos el arte como una forma de habitar el mundo, trabajando lado a lado, intercambiando ideas y aprendiendo mutuamente. En nuestra casa de Isla Negra construimos no sólo una familia, sino también un espacio donde la creación, la naturaleza y la amistad estaban siempre presentes”, expresa.
La artista agrega que, al recordar lo que habría sido su cumpleaños número 94, piensa en la huella que dejó en quienes lo conocieron y en las obras que permanecen dialogando con las personas y los paisajes. “Pero, por sobre todo, recuerdo al hombre generoso, curioso y profundamente humano con quien compartí casi toda mi vida”.
Su hija, Marcela Castillo, destaca las enseñanzas que recibió de su padre. “Fue una persona fiel a sus creencias y convicciones, amante de la naturaleza y de la vida, con un sentido del humor que mantuvo intacto hasta el final. Siempre me enseñó que el arte y la creación son infinitos, que no existen restricciones ni reglas cuando uno es verdadero y fiel a sí mismo”.
A 94 años de su nacimiento, familiares, amigos y artistas coinciden en que el legado de Felipe Castillo permanece no sólo en sus esculturas, sino también en las personas que inspiró, en la libertad creativa que promovió, en la profunda humanidad y compromiso social con que vivió su vida.


























