Opinión

[CRONICA] Sostiene Pacheco: El amor en tiempos del cólera

Sostiene Pacheco que estando de visita en la capital de la República, mientras comía unas arepas calentitas compradas en un carro de calle Agustinas y conversaba animadamente con el vendedor, escuchó como abruptamente la radioemisora que el venezolano tenía a un volumen apropiado para una vía de alta contaminación acústica, interrumpía la música para informar de un posible brote de cólera en Santiago. El locutor hablaba de varios casos ya detectados y luego daba el pase para que la seremi de salud entregara cifras y recomendaciones a la población. De todas, la más perentoria: no comprar alimentos en el comercio ambulante.

Sostiene Pacheco que no pudo evitar sobresaltarse. Aún con un trozo de arepa en la boca a punto de deglutir, miró de reojo al venezolano para ver si se daba la ocasión de escupir el bolo de arepa que salivaba en su boca, pero justo éste le devolvió la mirada e intentó tranquilizarlo con una detallada descripción de todas las medidas sanitarias con las que las arepas eran preparadas por él y su señora. Dicho relato terminó por ponerlo más nervioso. No obstante, Pacheco, que no pierde oportunidad de defender a los inmigrantes ante las críticas de quienes acusan falta de regulación por parte del Estado y, sobre todo, ante opiniones xenófobas, tuvo que tragarse el bolo para no sentirse discriminando. Un silencio se impuso entre vendedor y cliente, permitiendo escuchar nítidamente las declaraciones del ministro de salud, donde dejaba claro que todos los infectados por la bacteria eran ciudadanos chilenos.

Sostiene Pacheco que sintió la urgencia de hablarle de cualquier cosa al venezolano para evitar tener que comerse la mitad de arepa que ya empezaba a languidecer en su mano. Mientras hablara estaría a salvo de aumentar la cantidad de bacterias en su delicado estómago y, a la vez, de aparecer como discriminador ante su interlocutor.

Sostiene Pacheco que lo primero que se le vino a su cabeza fue hablar del amor de su vida. El venezolano, que aprovechó el momento para silenciar la radio, preguntó por el nombre de tan alucinante mujer. Pompeya, dijo con ternura Pacheco. Y ustedes son de Santiago -volvió a preguntar el vendedor. No, de La Ligua -respondió Pacheco. Dado que su interlocutor no tenía idea dónde quedaba esa vaina, Pacheco se apresuró a orientarlo en relación a Valparaíso y de los famosos dulces.

Sostiene Pacheco que el venezolano parecía realmente interesado en su historia de amor con Pompeya, por lo que las preguntas se sucedieron por varios minutos. Tanto así, que incluso se animó a contarle cosas más bien íntimas, como lo fogosa que era su amada y como una hermana de ella se había empeñado en separarlos.

En esos 15 o 20 minutos de historia de amor el venezolano no había vendido ni una sola arepa. Es más, algunos transeúntes lo miraban de reojo o derechamente con expresión de reproche. A esa hora todos los matinales de TV se habían volcado al tema del cólera y sus noteros despachaban incansables testimonios de peatones saliendo del metro y de probables contagiados.

Sostiene Pacheco que se podía palpar la alarma en la población; hecho que lo hizo empatizar con el venezolano. Pero no al punto de comerse el resto de arepa que colgaba en su mano.

En ese momento sonó su celular. Era Pompeya que lo llamaba específicamente para ordenarle que ni por nada comprara comida en la calle. Ella sabía de su afición a las arepas, sopaipillas y anticuchos de cuneta. Pacheco tranquilizó a su musa y aprovechó de despedirse de su -a esas alturas- amigo venezolano.

Sostiene Pacheco que buscó presuroso la esquina y el primer tacho de basura. Pensó entonces que lo más sensato era salir pronto de la capital y volver a La Ligua, ciudad que si bien no tiene una pizca de agua, está libre de cólera. Se dirigió al terminal. Ya arriba del bus y observando la televisión que transmitía en cadena la propagación de la pandemia, pudo escuchar las declaraciones del intendente Martínez que acusaba derechamente a los inmigrantes de haber introducido la bacteria a Chile. Sintió que sus tripas se retorcían y pasó los 45 minutos de viaje que le quedaban atrincherado en el WC del bus intuyendo lo peor y pensando en el rostro virginal de Pompeya.

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