[CRONICA] Nueve viñetas para Macarena García (por Guillermo Rivera)

i) En una primera lectura de ALDABAS (Santiago, Edicola, 2016), de Macarena García Moggia, podríamos afirmar que en estos poemas es la ausencia y el silencio lo que opera como referente, y podríamos también decir que estamos frente a una poesía que lleva a cuestas su referente. Ambos fustigados por la misma ensambladura amorosa o fúnebre. En suma, un referente que desemboca en una memoria que nos da la sensación de poseer una voluntad propia que va marcando el perímetro del recuerdo, es decir, de una memoria que no está para orientar el sentido, porque el sentido está abajo, en ese lugar donde el espacio es más persistente o más grande que el tiempo.

ii) El espacio es la casa, el zaguán, el patio interior, las aldabas.

iii) Cualquiera de nosotros conoce los objetos y cosas que yacen en el lugar que habitamos, sabemos cuando los compramos, por ejemplo, o para qué los compramos y el lugar que ocupan en el comedor o el dormitorio. Eso vale para cualquiera, lo interesante en el caso de ALDABAS es que los objetos aparecen envueltos de una fuerza emocional o con su propio credo particular. Está la cama, las persianas, las sillas, puertas, o sandalias de goma. Están en su función cotidiana, pero también abarcan un espacio desconocido, una complejidad para el que no fueron hechos, y es, precisamente, esta asociación la que nos adentra –como lectores- en un ámbito familiar y extraño a la vez.

iv) Familiaridad, extrañeza, perímetro del recuerdo, palabras que se fijan a nuestra lectura que avanza en una serie de escenas ultra cotidianas y mínimas. Se trata de escenas que se superponen, y en un principio pensé en una serie de fotografías que la autora saca de una caja de zapatos y las deja caer sobre la mesa, sólo después me di cuenta que se trataba más bien de pequeñas instalaciones dispuestas en un estilo indirecto que señalaban la sensibilidad de la poeta que estamos leyendo, y de paso beneficiaban considerablemente el tratamiento de los temas que encontramos a lo largo del libro. Desde mi perspectiva –para dar un ejemplo notable- la técnica predominante en los poemas, más allá del formato breve o de la elusión del contexto, tiene que ver con la teoría del iceberg patentada por Hemingway. Es decir, si un autor conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector si el escritor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado.

v) Cito poemas pg. 17

recuerda
el olor de su pelo
la última vez que la vio
está
como en la ducha
los pies calzados

hay
lo que en la almohada
tras levantarse.

vi) Estamos en ese lugar donde cualquier cosa que digamos parece o puede estar demás, porque más allá del perímetro de cualquier memoria yace el silencio, ese ámbito donde todo está presente a la vez.

Estamos hablando de un poema dramático cuyo tema es la ausencia y, en este sentido, hablando de acontecimientos que sobrepasan la voz cotidiana. El fantasma de la ausencia se vuelve inenarrable, y lo que leemos son poemas articulados desde esa zona, desde esos momentos, donde no podemos hablar. No obstante, con la misma neutralidad del tono, se modula un habla desde los objetos y gestos, son su potencia o su campo de fuerza, aquello que nos acerca a lo que sucede.

vii) Se trata en un plano afectivo de lo indisoluble de los vínculos que acontecen frente a la ausencia de alguien, el fin de alguien, también, de lo indisoluble del problema de comprender esto.

viii) Estamos en una casa que está habitada por alguien que toca las cosas, alguien que huele, mira por la ventana, o que es tocada por una infinidad de roces mínimos. La casa la vamos armando a pedazos con nuestra lectura, pero es probable también que estemos fuera, que no se trate de un recorrido sino de algo externo, con gestos exteriores que van del zaguán al patio interior y de éste a las aldabas, en un intento por alcanzar lo otro.

ix) Es, creo, este intento aquello que da forma a la estructura poética –a todo su campo retórico- del libro de Macarena García. Es el sobresalto de tomar contacto con objetos, con espacios y rincones que yacen –al decir de William Carlos Williams- en esas voces del pasado, en las profundidades de nuestro ser, porque no se trata de las partes  bajas sino de las más profundas de nuestro cuerpo que se manifiestan. Así, lo escrito se convierte en un objeto: son palabras concretas vertidas sobre el papel.

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