La memoria obstinada

Patricio Guzmán, el principal y más premiado documentalista que ha tenido Chile, en su obra “La memoria obstinada” reflexiona sobre el complejísimo tema de la memoria, y uno de sus entrevistados, Ernesto Malbrán, hace referencia a la más delicada de dichas complejidades. Él caracteriza la memoria como un conjunto de “espejos que reflejan momentos significativos de nuestras vidas”, y refiere que “en este viaje de ida y vuelta a la memoria hay una trampa. La trampa está en que uno puede quedar atrapado entre los espejos, en la contemplación de esas imágenes”, lo que vulgarmente denominaríamos “quedarse pegado”.

Por cierto, ese es un riesgo permanente en el ejercicio de la memoria. No obstante, el verdadero peligro radica en no ejercitarla. Sobre todo cuando está asociada a hechos traumáticos.

En el contexto del Festival Santiago a Mil, los días 8, 9 y 10 de enero, se presentó la obra “Lobo”, protagonizada por el reconocido actor Luis Dubó y por la joven actriz Valentina Acuña.

La sala elegida fue la del Teatro Ictus, una sala cargada de historias y símbolos en la lucha que desde el arte se dio contra la dictadura. De hecho, en marzo de 1985, en plena función de “Primavera con una esquina rota”, Roberto Parada, que interpretaba a Rafael, padre de un prisionero político, en una obra basada en la novela de Mario Benedetti, le comunican del hallazgo de los cuerpos degollados de Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Manuel Parada; este último, hijo del actor. Contra todo lo que pudiera haberse esperado, Roberto Parada decidió terminar la función. No es difícil imaginarse el dramatismo extremo que alcanzaron los diálogos que, hacia el final de la obra, sostiene Rafael con su hijo prisionero.

“Lobo” cuenta la historia de un ex agente de los aparatos represivos de la dictadura cívico militar que vivió Chile a partir del golpe de Estado de 1973 y su relación con una joven mujer de la cuál Mario no puede desprenderse. La única escena transcurre en la pieza del ex agente que vive -más bien- prisionero de sus recuerdos que de su condena judicial. Desde el comienzo, “Lobo” nos va desplegando la complejidad de la condición humana, la multiplicidad de matices y dobleces que tiene la historia relatada; donde quizá el más entreverado de los temas es el que dice relación con el victimario como víctima.

En efecto, si el victimario avanza en la toma de consciencia de sus actos, si va dimensionando el horror de su perversidad, si el recuerdo de su víctima se le instala en sus huesos, debemos conceder que el criminal no es el mismo antes que después de ese proceso. Ciertamente, la crueldad de los asesinatos cometidos por el Chacal del Nahueltoro es injustificable, pero así también es indesmentible que el hombre que es fusilado en la cárcel de Chillan, casi tres años después, no es el mismo que cometió tan espantosos crímenes.

Distinto es el caso de los victimarios escudados hasta el final en sus ideologías fanáticas. Krassnoff, Corvalán, entre otros tantos, son nombres que representan lo peor de la especie humana, seres repugnantes que intentan justificarse en la épica de su “misión patriótica”. Aquel que se arrepiente de verdad, aquel que no soporta la imagen que de sí mismo le devuelve el espejo de la consciencia, aquel que es víctima de sus propios y deleznables actos, y que llora con desgarro, y que no ve salida a su tormento, no puede ser calificado como Krassnoff o Corvalán.

Mario es uno de estos últimos. Y la joven mujer es la materialización de su drama.lobo foro final

MEMORIA Y JUVENTUD

“Lobo” es una obra de dos jóvenes directores Andrea García-Huidobro y Patricio Yovane, que además es el dramaturgo. Yovane acota lo fundamental respecto a su propuesta: “esta es una obra que habla del pasado, pero no es una obra del pasado, es una obra muy contingente”. Y claro, en un contexto en que la derecha sale en masa a reivindicar la dictadura, toda vez que son ellos mismos los que gobernaron con los militares, toda vez que el negacionismo se instala como discurso que los evidencia en su verdadero sentir y pensar, el rol de las artes –en este caso el teatro- es reposicionar la verdad histórica de la tragedia vivida por millones de chilenos.

Lo realmente interesante y motivador de esta puesta en escena es que el equipo completo, a excepción de Luis Dubó, son jóvenes. Lehmann y Miranda, a cargo de la música (que es una maravilla), son jóvenes. Villaseca, a cargo de la iluminación, joven, (mención aparte para un excelente diseño integral de Mary Ann Smith). Que quienes nos proponen este trabajo teatral sean personas que no nacieron en dictadura o eran apenas unos niños, resulta estimulante y esperanzador. Nadie podrá decir que los mismos de siempre, los que se quedaron pegados, vuelven con su cantinela. No se trata del odio y mucho menos de la venganza, como suelen repetir los criminales y sus cómplices pasivos. Se trata de no olvidar, de reflexionar, de discernir, para no volver a pasar por lo mismo, para no cometer los mismos errores. Se trata del pertinente aprendizaje.

Tuvimos la posibilidad de participar, al final de la función, en un foro con la compañía y apreciar que, más allá de la calidad profesional del equipo, más allá de que la obra en su conjunto logra estremecer al público, al punto que el aplauso final va emergiendo poco a poco, dado el estado de shock en que una pieza realista como lo es “Lobo”, nos deja. Más allá de todo eso, está el discurso político del elenco, su claridad de principios y argumentos para condenar al sistema que permite que horrores como la historia de Mario y su joven mujer, tengan lugar. Lo que nos permite esperar nuevos propuestas con miradas frescas sobre los temas trascendentes de la sociedad que nos toca vivir.

De cara a lo aberrante que resulta la negación y el pretendido olvido que la derecha de este país instala impunemente, una obra como “Lobo” no sólo merece ser vista por su calidad artística, sino porque su reflexión derivada se nos manifiesta tan urgente como indispensable. (Por Roberto Córdova)

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