[CRONICA] Infusión de taberna en las venas (Lectura de playa)

(Por Andres Bianque Squadracci)

Se fue, me dejó. Me abandonó, compañero, correligionario. Creo que no la veré nunca más. Estoy conversando con ella la noche pasada y me dice que se va. Le pregunto:

-¿Dónde?, ¿de vacaciones?, ¿fuera del país?

-No -me dice- me voy de tu vida. Yo como que no entendí qué me estaba diciendo. Como que el mensaje se me quedó atragantado en la oreja y no me llegó al cerebro.

Me encaró ciertos estados, que según ella, tienden al coqueteo y el flirteo. También la fotografía de una mujer, que ni siquiera conozco, sobre la cual marqué la casilla “me gusta”, pero son niñerías que cualquier posmodernista entendería.

El asunto es que está deprimida, abatida. Que las invenciones que andan dando vuelta, la tienen mal. Que otras mujeres me andan acosando o que me acosaron o que me gusta que me acosen con mensajes. Y a todo esto, para colmo de males, que yo andaría de cacería por la comarca. Imagínese pues, compañero, que me diga esas cosas, cuando usted puede ver por mi forma de ser, mi espíritu silente y retraído, que tales acusaciones no tienen aserradero alguno.

Intenté decirle que esas cosas no eran tal, pero ella tenía la mirada perdida, así como ensayando estados catatónicos, y yo de esas cosas poco y nada sé. Si intento ayudar, me agarra lo mismo y me pongo raro por días.

Yo pataleé, camarada; no piense que me la quedé viendo con esta cara de inepto.

-Que no, que esto, que lo otro. Me hice el ofendido, el traicionado, la víctima. Después me monté sobre los toros y fui un Siete machos. No me creyó.

Traté a la buena, después a la mala, y nada. Ahí estaba con esa mirada de ánima en pena.

No me di cuenta, pero parece que mientras hablábamos, ella ya se había tirado por un     tobogán negro de desgracias. Yo la miraba desde lo alto. “Se iba, se iba, se iba lejos”. ¿Ha visto cuando la gente pone esos ojos perdidos e idos en algo que no está ahí presente?

Sí, esos mismos tenía. Como si fueran un par de anteojos vacíos, adosados a un maniquí muerto. Macabro pues, camarada, qué quiera que le diga.

Se iba delante de mí, hermano, bien lejos, estando ahí mismo conmigo. Yo le decía: perrita, cholita, no se vaya, y le juro que había puro eco, como estar gritándole a alguien que ha caído  en un pozo. ¿Mi cielo? “Cielo, cielo, cielo”, me rebotaban las palabras en la cara.

Que se pondría ermitaña, y usted ya sabe que ella ya es media extraña así no más. Y entre solitaria y media especial que es ella, no hay quien la contacte en este mundo.

Usted la ha visto cuando pone esa cara de no estar entre los vivos y le brillan sus ojos ovalados y sólo se ven aguas profundas y me aparecen escalofríos por todo el cuerpo.

Los ojos vacíos, pero vacíos pues, compañero, que no dan ganas de moverla o interrumpirla, porque varias veces me he imaginado que me responde la voz del diablo o un vozarrón de ultratumba, y usted sabe que a mí esas cosas me dan miedo.

Se verá como una mariposa, pero tiene voz de lobo hambriento cuando se enoja.

En otras ocasiones no digo nada, porque usted es testigo, ella puede decirle con una suavidad de terciopelo que le va a arrancar la cabeza con lo que encuentre, y con ese tono dulce que pone, es imposible resistirse a sus designios y uno mismo va a buscar un hacha o un serrucho, con una sonrisa estúpida colgando de la jeta. Yo por eso siempre pienso que es mejor dejarla ser. Se le pasa, digo yo, se le pasará, pero uno nunca sabe. ¿Se acuerda cuando se arrancó en el caballo? A puro pelo no más, sin riendas, sin nada. Yo estoy seguro que le habló al oído al jamelgo y éste partió lleno de regocijo quién sabe dónde.

Que la vieron unas vecinas. Que iba con un vestido blanco y que pensaron que era el espectro de la llorona buscando a su amado, y uno metido en sus asuntos sin enterarse de nada. Teniendo que inventar historias para justificar sus rarezas. Que estaba invitada a última hora a una primera comunión, por eso el apuro, el caballo, el vestido blanco y el pelo suelto solidarizando de alguna forma con el corcel.

Y viene y me dice: me voy de tu vida. Yo, como usted sabe, tengo bastante desarrollado el aspecto cognitibio y me dio una puntada en el occipital derecho, mire: ¡aquí, justo aquí! También sentí un dolor bastante fuerte en el estómago cuando oí lo que me decía. Aunque quizás era por hambre, aunque a la hora que me dio la noticia, faltaba bastante para la cena.

Bueno, el tema que me quema es que se fue de mi vida. Después de todo lo que me he sacrificado por ella, después de todas las amanecidas que son como heridas para mi longevo cuerpo. No ando para esos trotes, que las canas que tengo no me las he teñido para lucir como galán de telenovela. Y a todo esto, están pasando una telenovela bastante buena después del noticiario de la tarde.

Pero se va, se va no más, está decidida. Quiero creer que nuestro amor es más fuerte, que sí la llama encendida del fuego caliente que produce calor se ha apagado por alguna razón, nuestro amor renacerá de las cenizas como el gato Félix.

-Me da pena todo esto. ¿Otro más? Dos más, por favor.

Que quiere meditar y profundizar más sus sentimientos subjetivos. Que quiere reflexionar acerca de los conocimientos que no tiene. Yo por más que miro el asunto, no lo entiendo; a medida que pienso, menos entiendo. ¿Es posible eso? ¿No saber algo y comenzar a pensarlo y de tanto pensarlo, desconocer aún más eso que no se sabía?

Realmente me cuesta ver el quid del asunto. Tendré que hacerme ver por un ocultista, quizás tengo problemas a la vista y ni cuenta me he dado.

Pero ella siempre con su misticismo, siempre. Que las energías renovables, que el aura, que siente ciertas presencias, que una gitana le dijo que ella era la reencarnación de no sé qué futbolista y mil tonteras más.

A mí me da miedo todo eso. Me la imagino sola, solita en esta vida, desvalida. Caminando en los parajes de ultratumba, con tanto fantasma fresco que anda por ahí pues, camarada. Usted sabe que ella es bonita, y eso de que puede llegar hasta despertar a los muertos no es entuerto, ni cuento.

Sufro. No estar ahí para ayudarla, allá en el mundo ese, en el espacio de la cuarta dimensión o la quinta, nunca me dijo dónde se iba en todo caso, pero yo creo que anda por esos lados.

En nombre del amor, le juro, se lo juro, yo he tratado, he tratado de llegar a esos niveles. Me siento, doblo el tronco lentamente hacia adelante, cruzo los brazos un poco más abajo de las rodillas y pongo la cabeza entre las piernas. Luego, cierro los ojos y me concentro, me concentro harto. No sé en qué concentrarme, porque nunca me dijo cómo lo hacía ella o de qué se trataba el asunto, pero me concentro con todas mis fuerzas.

El caso es que nada de nada, no ocurre nada. Lo único que consigo es que me dé así como sueño, y me empieza a doler el cuello y la espalda, y ando así como tenso. Yo creo que debo tener algún problema en la columna, en alguna vértebra, porque siento así como que me achiqué o como que tengo una pierna más corta que la otra. No sé, quizás son ideas mías. Bueno, he quedado bien tullido las ocasiones en que lo he intentado, y nada de nada, me rendí de esas cosas.

A veces cierro los ojos, intentando buscarla, y todo es limbo de lirio consumido. Meras aguas turbias indefinidas. Sólo pozos negros, ríos de brea ambigua y ningún pececito de color, con sus ojos de garza enamorada.

Sólo pido que su amiga, la Sufi o Sofí, no sé muy bien cómo se llama, ande por esos lados. No ve que ella sí que sabe esas cosas, del aura, las energías y todo lo que se mueve en el subsuelo del alma. Uno apurado sabe lo que es la electricidad, y bueno, todo el mundo sabe lo caro que salen las cuentas.

La cuestión, camarada, sabe usted, ando como medio mustio, así como que no me gusta nada, como que no le encuentro brillo a ninguna cosa. Aparte que los mismos ratafustanes que hablaban mal de ella, hablan mal de mí y que yo le hice daño y no sé qué más, y usted sabe que yo no soy inocente del todo, pero yo nada tengo que ver en esas cosas que se dicen.

Pero tengo claro que una tropa de jotes la espía y les falta hocico para hablar mal de mí, y bien de ellos como pretendientes, claro está.

Me duele que me haya dejado, sabe usted, yo había cambiado mucho. Con decirle que hasta me saqué la media docena de aros y aceros que me colgaban de la cara, cejas y orejas, y otras chucherías varias que andaba trayendo. Las iba a vender, pero me ofrecieron muy poco, quién sabe por qué, pero bueno, eso es otra historia.

Mujeres, hermano, ¿quién diablos las entiende? Teniéndolo todo, se va. ¿Se va?

Me corté el pelo, con eso se lo digo todo. Me corté el pelo, usted sabe que mi cabello me llegaba sedoso hasta casi el ombligo. Que no soy muy atractivo que digamos, pero todo el mundo sabe que a todas las mujeres les gustan los hombres de pelo largo.

Y me pongo a pensar que eso como que me anduvo debilitando mi atractivo natural personal. Así como le ocurrió a uno musculoso que se cortó su melena ¿o se la cortaron? No sé, salió en una película que dieron por el cable el otro día.

Me da tanta pena todo esto. No lloro porque me veo muy feo cuando lo hago. Me he observado algunas veces en el espejo cuando eso ocurre y pienso que si lloro en público me afeo, y no quiero eso, uno tiene que ser medio digno también, ¿no le parece?

Fui y me compré hasta un cepillo de dientes, que todavía no abro, pero cualquiera entiende que con el empujón que me dio, a uno no le dan ganas de nada.

Y abandoné el chocolate, lo abandoné, de la noche a la mañana, ni un pedacito que sea. Ni galletitas con esos pedacitos tan ricos que tienen. ¿Ubica de qué le hablo cierto?, pero ¿de qué sirvió todo eso? ¿Usted cree que me dan ganas de cambiarme calcetines una vez a la semana después de todo esto?

Terminé hasta de fumar de lo que usted sabe. Ni eso hace que se me pase la pena.

No he caído en la bebida, porque usted sabe que yo soy medio ordenado con los gastos, y eso sí que sale caro. Aparte que detesto los malos olores y me da siempre la impresión que los borrachos andan así como desaseados, y me da pena esa gente, pero bueno, ese es otro tema.

En las noches apago las luces (para ahorrar también), enciendo una vela y me fumo un cigarrillo, y la veo ahí, saludándome entremedio del vaho del humo que envuelve esa llama que no se apaga en mi interior, compañero.

¡Ay, hermano!, si usted no fuera mudo, yo sé que me diría cosas juiciosas y sensatas.

Usted ahí fumando sus cigarrillos, callado y observando. Observando en silencio y observándome, cosa que, a todo esto, me molesta bastante de vez en cuando, ¿qué me tiene que mirar tanto?

Pero bueno, quizás por su falta de habla realiza esas simpáticas piruetas con las cejas, las manos, los ojos y un rictus para enmarcarlo.

Me voy de tu vida -me dijo- con una soltura que me llena de amargura y rabia al mismo tiempo. Es una enferma, es mala, es pérfida, no puede ser otra cosa. Capaz que sea hasta una de esas personas sadomasajistas, que le gusta hacer sufrir, por puro placer, a los demás.

¿No le parece descriteriado todo esto que le cuento?

¿Qué? ¿Cómo que no está de acuerdo? ¿Cómo es eso de que no soy objetivo? ¿Qué?

Avise pues, yo pensé que usted estaba de acuerdo cuando lo vi rascándose la ceja y tintinearme el ojo. Avíseme pues, me deteriora mi parecer, me perjudica el juicio.

Me desagrada bastante que me contradigan, sobre todo cuando puedo estar equivocado.

A todo esto, dispénseme la pregunta, pero ¿usted quién diablos es? No lo había visto jamás por estos lados.

-Sólo estoy de pasada. Que tenga una buena tarde.

-Malditos metiches, le tiran la lengua a uno y después se van como si nada.

Deme otra de las mismas, por favor.

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