[OPINION] Elecciones en el PS: más de lo mismo (por Gato Dequinta)

Las recientes elecciones internas del PS no cambiarán nada. Será más de lo mismo.

La escasa participación refleja el desencanto de las bases socialistas con la conducción, cualquiera hubiera sido la lista ganadora. Además, la ciudadanía observa con molestia y algunos con morbosidad, cómo los actuales líderes se descalifican unos a otros, sin ningún pudor.

De ser el partido de Salvador Allende y de los trabajadores, ha devenido en una agrupación de pandillas socialdemócratas, socialistas liberales y pequeño burgueses, que sólo pugnan por pequeñas cuotas de poder.

La evidente pérdida de peso político del PS en la sociedad chilena comenzó desde el retorno mismo de esta seudodemocracia, cuando el PS, en vez de llamar a sus militantes a apoyar en las calles al nuevo Gobierno y evitar así amenazas golpistas, mandó para la casa a todos sus dirigentes sociales, sindicales, gremiales estudiantiles y poblacionales y los llamó a “no hacer olitas”. Así se vaciaron los sindicatos, las juntas de vecinos y todos los frentes de masas en que estaba sólidamente inserto el partido.

De esta manera la gran base social que el PS había acumulado en la lucha contra la dictadura se encontró, de la noche a la mañana, traicionada por sus dirigentes cupulares.

Esto generó una gran amargura y frustración en la base militante que, masticando la rabia, se fue literalmente para la casa.

Entonces, los comunales también quedaron vacíos. Sólo asistían unos cuantos a discutir de la chimuchina interna, mientras tomaban un café. Otros comunales desaparecieron. Otros más, se dividieron. En algunas comunas llegaron a existir hasta tres comunales: uno del alcalde, otro del concejal y otro del diputado y todos peleados entre sí.

En 1998, hastiados de esta situación, se levantó dentro del PS una corriente de descontento interno que cuajó en una nueva corriente denominada “Colectivo Socialista”, el que llegó a tener rápidamente una vicepresidencia. Dentro del partido se reflejó el malestar con la cúpula. La base militante estaba molesta porque el PS administraba el modelo neoliberal y no trabajaba por su superación.

La “máquina” partidaria pronto se tragó a la ola de protesta interna. Sacó declaraciones rimbombantes, críticas, panfletarias. Pero todo siguió igual.

Entonces, los que reclamaban se dieron cuenta que no había espacio para impulsar siquiera un cambio y, uno a uno comenzaron a abandonar el partido.

Y entonces apareció Bachelet, como una estrella a seguir, como la última posibilidad de hacer cambios. Pero, a la larga, otra vez, la “máquina” copó los espacios y las esperanzas de cambio se diluyeron. Se hicieron algunas reformas, pero no con la intensidad que quería la base militante.

DE “FRACCIÓN” A “LOTES”

De allí en adelante, los “barones” administraron el partido. Las fracciones se transformaron en “lotes”, es decir, en grupos de individuos unidos sólo por su afán de poder, sin mística, sin fraternidad.

En el último tiempo, los diferentes “lotes” se fragmentaron aún más y fueron cooptados por caudillos. Así, ya no hay “renovados” sino “seguidores” de Schilling o de Insulza; no hay “terceristas”, sino partidarios de Elizalde o de Solari; no hay “Nueva Izquierda”, sino “escalonistas” o “andradistas” a los que ahora se suman los “Aleuistas”.

Por eso, hoy la ciudadanía no entiende nada, porque los que antes eran corrientes de opinión dentro del partido, hoy son bandas, grupúsculos, que antes estaban aquí o están allá, cruzan la vereda sin escrúpulos. Pero todo tiene una explicación: la ambición personal ha terminado por imponerse al interés colectivo. Como el Chapulín, cada líder socialista parece decir: “Síganme los buenos” y arrastra un pequeño montón de incondicionales.

Por eso también se entienden hoy las descalificaciones, las agresiones verbales, los ataques personales. No hay límite, porque ya no son del mismo “lote”. Cada uno de estos “iluminados” cree tener la razón y busca aplastar, destruir al otro.

Y en ese afán autodestructivo, no hay tiempo para pensar ni preocuparse en los trabajadores, menos aún en construir un proyecto para sustituir el neoliberalismo que asfixia a Chile. Y menos, menos, menos, para pensar en instalar el socialismo en nuestro país. En este aspecto, terminaron por sepultar la utopía socialista.

EL REFLEJO ELECTORAL

En el papel, es el partido que registra más militantes inscritos según el Servel (129.496). Pero la participación electoral de sus militantes viene cayendo estrepitosamente elección tras elección. En el 2006, votaron 32.569 militantes. En el 2008 alcanzó su punto de participación histórica más alta: 40.811 militantes.

Pero en las últimas tres elecciones, la votación viene en caída libre. En el 2015 sufragaron 30.280 personas; en las del 2017, lo hicieron poco más de 25.000 militantes. Y en las de este año 2019, la cifra bordea los 18.000 socialistas.

Es decir, en 10 años la votación interna cayó de 40.000 a 18.000 votantes.

Esos 40.000 votos se registraron en medio del encantamiento socialista por Michelle Bachelet, ya instalada en La Moneda. En esa votación estaba en juego qué tipo de apoyo recibiría la Presidenta. Ganó la lista de Escalona, que planteaba incondicionalidad, sobre la de Isabel Allende, que proponía respaldo crítico.

Pero debido al tóxico ambiente interno, más la falta de real representatividad de los trabajadores y de los ciudadanos humillados por el neoliberalismo rampante de la derecha, miles de militantes dejaron de participar en las elecciones.

Por eso, en las elecciones actuales sólo votan los incondicionales y los militantes “ficha” como los llaman internamente, es decir, aquellas personas que se inscribieron en el partido sólo para votar por el caudillo de turno, recibiendo a cambio, algunas veces, un “pituto” en algún trabajo. Una vez conseguido el objetivo, abandonan el partido. Así ha sido, al menos, en los últimos diez años. Hace pocos días el Registro Electoral confirmó este fenómeno. Nada menos que 8.292 personas se inscribieron como nuevos militantes, justo antes de las elecciones 2019.

LO QUE VIENE

Sin duda, Elizalde será el presidente del PS por un nuevo período. El Comité Central próximo lo volverá a elegir. Pero quedó gravemente herido en su ego y en su liderazgo con la alta votación de Maya Fernández, que le ganó en la individual.

Las críticas a Elizalde continuarán. Principalmente por su falta de resolución. Su perfil de “hombre bueno”, algunos lo califican casi como un “cura de pueblo”, que le ha servido en ocasiones para alcanzar acuerdos, le juega en contra cuando tiene que “cortar el queque”. En su afán de no dejar heridos, retarda indefinidamente sus decisiones, lo que exaspera a sus aliados y contradictores. Su falta de carisma es otro punto en contra.

Si hubiera ganado Maya Fernández tampoco el PS habría cambiado. Si bien tiene un fuerte liderazgo interno, el contrapeso en su lista con viejos “barones” retardatarios y conservadores, le habría jugado en contra para avanzar más allá de lo que le hubieran permitido. Es decir, Maya era la cara bonita de algunos feos personajes del socialismo chileno.

Para el país, la actual situación del PS es una tragedia. Con un partido convertido en un aparato vacío de contenido, no hay futuro para los trabajadores y las clases populares.

Tampoco las jóvenes generaciones como Karina Delfino, Daniel Melo y varios otros, no representan el futuro, porque, en general, han sido formados por los viejos “barones” del partido y han aprendido sus mañas y formas de actuar, transformándose en “operadores” y dirigentes que reproducirán, tarde o temprano, la antigua actuación de sus mentores.

Entonces, si no hay un “terremoto” dentro del PS, que venga de una rebelión de las bases militantes que haga saltar las anquilosadas cúpulas dirigentes, el partido de Salvador Allende seguirá siendo un partido testimonial, socialista en el papel, pero neoliberal en su accionar.

Opinion_GatodeQuinta

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