[Editorial] Harnecker y el aprendizaje indispensable

La muerte de Marta Harnecker trajo, como era previsible, un sinfín de homenajes y reconocimientos a su aporte intelectual, a su entrega incombustible a los procesos de cambios alternativos al capitalismo, fundamentalmente en América Latina, y a su coherencia revolucionaria.

Se podrá estar más o menos de acuerdo con sus enfoques teóricos o con sus opciones políticas dentro del campo de la izquierda, pero nadie podrá decir que no estuvo, o que se camufló o traicionó en tiempos de crisis. Y ya esto último es harto decir, con tanto converso dando vueltas por las esferas del poder y acomodados en las catedrales neoliberales.

No obstante, desde esta tribuna, nos interesa relevar otro aspecto de su destacado aporte.

Marta Harnecker estuvo en Valparaíso hace poco más de dos años dando una charla en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Valparaíso. Por cierto, un salón repleto la escuchó con respeto y admiración. Había allí gente joven y muchos adultos de la militancia de izquierda que la conocían desde sus famosos Cuadernos de Educación Popular.

Para quienes no habían seguido su trayectoria en los últimos tres lustros, seguramente les sorprendió con sus planteamientos. Sobre todo, con su descarnada autocrítica, en tanto ella misma parte de la cultura dominante en la izquierda en relación al concepto de poder.

Harnecker hace mucho que venía haciendo esta autocrítica, señalando expresamente lo que ella consideraba los errores de la izquierda en los años 60 y 70, pero que lamentablemente -debemos agregar- se extienden hasta nuestros días.

El vanguardismo es quizá el problema fundacional en un concepto de poder que afirma que solo un grupo de iluminadxs podrá sacarnos del estado de sometimiento en que nos encontramos; aquellxs que se piensan salvadores del pueblo oprimido y que este pueblo debe seguir porque son quienes saben cómo superar esa opresión.

Ciertamente, quienes piensan la realidad política de manera compleja y se organizan para actuar sobre ella constituyen una vanguardia. Eso no está en cuestión. Lo que hay que cuestionar es el rol que esa vanguardia juega en los procesos emancipatorios. Si esa vanguardia se pone al servicio de dichos procesos, entendiendo que la construcción de un mundo más justo es tarea de todas y todos y que, al decir de los zapatistas, entre todos lo sabemos todo, es posible que avancemos en dicha construcción. A la inversa, lo único que nos garantiza la vanguardia iluminada es el costo a pagar por la inmensa mayoría cuando sus tesis son repelidas por la realidad político social.

El derivado ineludible de la vanguardia iluminada es el verticalismo y autoritarismo, a la interna de la organización política y en la relación con quienes debieran ser sujetos de los procesos de cambios. El comité central era el dueño de la verdad –señala enfática Harnecker- y el resto debía obedecer.

La copia de modelos ajenos a la realidad particular que se pretende cambiar, la repetición de consignas que no dan cuenta de los cambios operados en nuestra sociedad, el subjetivismo de la vanguardia iluminada, la bajada de línea a los dirigentes sociales del partido, y un largo etc.

Sin lugar a dudas, la autocrítica honesta de Marta Harnecker debiera ser materia de reflexión y debate en todos los espacios donde se fraguan las alternativas al capitalismo dominante. El no hacerlo es seguir metiendo la cabeza bajo la tierra y reciclando los fracasos en los intentos de superar la crisis de sobrevivencia a que nos somete el modelo neoliberal.

Ojalá, tanto jóvenes como viejos luchadores y luchadoras entendamos que el proceso de cambios necesarios para subvertir el orden capitalista es tarea de todxs y no de unxs cuantxs iluminadxs que porfiadamente se reproducen en las direcciones de los partidos de izquierda.

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