Opinión

[OPINION] Pandemia y post-pandemia: otras economías son posibles y necesarias (por Adolfo Estrella)

  1. Un supuesto dilema ético, salvar la economía o salvar la salud de la población, se ha puesto de moda en este momento expansivo de la pandemia. Pero este es un falso dilema construido a partir de una visión restringida de lo que es la economía y de lo que es la salud, oponiendo una a otra como cosas distantes y distintas. Participa de la enunciación de esta oposición, tanto  el campo conservador como el progresista, por llamarlos de alguna forma. Ambos suponen que sólo hay “una” economía que para unos se debe mantener y para otros se debe reformar. Ambos suponen entre economía y salud un juego de suma cero: lo que gana la economía lo pierde la salud y viceversa, mientras proponen sus propias fórmulas de equilibro.
  2. Desde el gobierno la estrategia apunta a utlizar la pandemia como herramienta de contrainsurgencia (parar la Revuelta) y como recurso  político-económico de control de la población excedente. Sus ideólogos hablan de “salvar el modelo”, manteniendo sus formas economicas tradicionales de acumulación, con toda la institucionalidad que las acompaña. “Es justificable que en una crisis el Estado intervenga activamente, pero ello no debe ser usado como pretexto para cambiar las bases del modelo a largo plazo”, pontifica una editorial de La Tercera.
  3. Para ellos la pandemia es algo exógeno, ajeno al modelo por lo que “resulta equivocado atribuirle culpas o responsabilidades en esta debacle o demonizarlo, continuan”.Entienden que lo que hay que salvar es esta economía hegemónica, es decir, la neoliberal, aquella que genera ganancia ilimitada para pocos y precariedad, endeudamiento para muchos y destricción sistemática de las condiciones de vida de la naturaleza. No hay cuestionamiento de la forma de acumulación y explotación dominante; se supone que la pandemía es una simple interrupción momentánea en una trayectoria de éxito.
  4. Desde los restos de las izquierdas y centro izquierdas intitucionales, se entendía, antes de que entraran en modo catatónico, que había que salvar esta economía también (lo de salvar el modelo no lo dicen pero muchos lo pensaban y piensan), eso sí, realizando los ajustes necesarios para civilizarla, favoreciendo una mayor participación del Estado, que muchos han verbalizado como una “vuelta al keynesianismo”. Aunque también muchos de los actuales progresistas fueron los que, pasiva o activamente, favorecieron la implantación definitiva del modelo y fueron entusiastas defensores de la privatización de grandes áreas  de la economía.
  5. Además, junto con suponer que hay una única economía, con bifurcaciones neoliberales y keynesianas y sus múltiples imbricaciones, el pensamiento hegemónico propone dos grandes aislamientos de la actividad económica: a) del resto de la sociedad; y b) del medio natural. En el primer caso se la define como un área técnica, aséptica, organizada de acuerdo a leyes propias que hay que respetar so pena de alterar su eficacia en la “administración de bienes escasos”. Esta ilusoria autonomía de lo económico frente a la sociedad es lo que lleva a moros y cristianos  de hablar de “agenda social” como algo que hay que activar sólo cuando las cosas no estan funcionando muy bien y las líneas de tolerancia colectiva a las injusticias se traspasan. Pero, una agenda social como algo eventual y separado de la economía y de la política es un absurdo. Si la economía no sirve, intrísecamente, cotidiamente, para satisfacer requerimientos de bienestar colectivo, entonces no sirve entonces para nada.
  6. En el segundo caso, se considera al sistema económico separado de su entorno natural. Entendido este último como “recurso” sólo aparece cuando se lo daña y allí queda ese daño conceptualizado, eufemisticamente, como “externalidad negativa”. La ceguera frente a las consecuencias nefastas del productivismo sobre la naturaleza, ya sea del capitalismo a secas, del socialdemócrata o de los socialismos de Estado, nos ha llevado al borde del desastre ecológico con cuatro grandes amenazas entrelazadas: contaminación, pérdida de biodiversidad, agotamiento energético, caos climático. La actual pandemia y otras que vendrán, es una derivada y a la vez entretejida de todas las anteriores.
  7. Pero, ¡por supuesto que hay que salvar la economia y por supuesto que hay que salvar la salud! Lo que no hay que salvar es “esta” economía, por el daño social y ecológico sobre la que se sustenta. Hay que salvar la economía evidentemente: sin economía, sin intercambio de bienes y servicios y el trabajo social asociado a estos, ninguna sociedad se mantiene. Es una verdad de perogrullo. La cuestión es que hay muchas formas de economía más allá de la basada exclusivamente en la ganancia y la valorización del capital o en formas mas más o menos radicales de redistribución social. La pandemia, al poner al descubierto las debilidades del sistema de producción y consumo, producto de su interconexión global, abre la posiblidad de poner en acción otros modos de intercambio, otras escalas, otros criterios de valor y otras relaciones con el medio ambiente.
  8. Por supuesto que hay que salvar la salud, porque significa tener una sociedad de mujeres y hombres sanos que pongan su energia y su imaginación para la creación de riqueza para el beneficio común. Y la salud universal, para todas las personas y para toda la vida sobre el planeta, no sólo para esta especie menor dentro de la variedad biológica.
  9. Hay vida económica más allá de la neoliberal y la keynesiana y hacia ellas debería dirigirse la energía y la imaginación social durante y post-pandemia, cualquiera que sea la forma que adopte. Precisando aún más: hay que salvar las economías, así en plural, es decir, las múltiples formas de entender la actividad común de intercambio y creación de riqueza frente a la economia del capital. Economías ecológicas que conciban a la economía como un proceso abierto dentro de un sistema mayor (el ecosistema Tierra); economías cooperativas y solidarias, más allá del exclusivo valor de cambio y las ganancias mal distribuidas; economías comunitarias, de cercacanía, amigables y a escala humana; economias decrecentistas y de transición, poniendo fin a la expansión del productivismo y consumismo enloquecido, siempre hambrientos de crecer infinitamente en una biosfera finita. Si no pensamos y no construimos, aquí y ahora estas economías y estas sociedades, la restauración diseñada para la post-pandemia por los dueños del planeta nos arrasará otra vez más.

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