Opinión

[OPINIÓN] Tres moléculas del destierro: un desahogo surrealista (por Fernando Franulic Depix)

Primero, el torrente sanguíneo es el mismo en todos los seres humanos, no obstante, la burguesía chilena, la misma que gestó el golpe de Estado de 1973, aún cree que su cuerpo es superior. Y mantiene el mismo discurso sobre el cuerpo enfermo de las y los pobres, prácticamente invariable desde las grandes cadenas de epidemias que sucedieron desde mediados del siglo XIX en adelante. Ampliando el argumento inicial, ¿sabrán algo de epidemiología y de bioquímica los grandes empresarios y políticos, un saber que salva sus cuerpos, un conocimiento elemental que permite escapar de la muerte?

Segundo, los burgueses creen que sus enormes casas situadas en las comunas privilegiadas están alejadas del contagio con una simple cuarentena. Como se observa en el film Parásito, las casas del barrio alto están asediadas por el virus –como metáfora de la marginalidad situada en aquel film– tanto en el sótano como en la superficie. La amplia espacialidad que poseen aquellas “mansiones” son ideales para el tránsito del virus: basta un poco de viento puelche para que el barrio alto se vuelva a plagar de este virus, del cual nadie sabe su durabilidad en el tiempo. Pero ni la derecha gobernante ni el gran Colegio Médico, ni tampoco los laboratorios muy especializados, han dado cuenta de este hecho.

Y tercero, los grandes expertos indican el uso de mascarillas como una de las importantes medidas de profilaxis, pues esto constituye uno de los medios para frenar el contagio. Pero, ¿qué ocurre dentro de las grandes casitas del barrio alto? ¿Habrá algún germen viral que podría quedar en el exterior de la mascarilla, el que producto del aire acondicionado empezaría a vagar por todo el espacio privado y así contagiar a toda la familia rica y poderosa?

En la pueril imaginación de la clase burguesa, se cree que, con la “parada militar”, las ramadas y la llegada de la primavera, el calor y la luz, se acabará con una pandemia global. Sin embargo, en este principio de siglo, los rastros son imborrables en las multitudes abusadas por la violencia del grupo de Chicago y su consecuente manifestación en los decenios transicionales, igualmente violentos, igualmente ultrajantes.

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