Opinión

[OPINION] Transporte y desigualdad: dos caminos paralelos (por Leopoldo Santibáñez y Armando Guarnaschelli)

La movilidad y el transporte determinan costumbres y rutinas, sean estas laborales o sociales, con sus demandas estacionales e imponderables diarios. El transporte público es un eje que da vida a la sociedad, y conecta a industrias, servicios, emprendimientos, conductores, usuarios en un arcoíris de características socioeconómicas.

En el mundo, investigaciones diversas muestran la relación inequívoca entre la movilidad y la desigualdad en el acceso a oportunidades de: empleos, educación, capacitación, atención médica, alimentación de calidad y esparcimiento cultural. En Chile, esta relación se ha acentuado negativamente en las últimas décadas, y constituye un grave problema porque la evaluación de la realidad muestra que gran parte de la población no tiene acceso a actividades y servicios cercanos, espacial o temporalmente, a su lugar de vivienda por la falta de provisión de medios de transporte adecuados.

La falta de conectividad eficiente hacia los destinos donde abundan oportunidades contribuye al aislamiento, al descontento social e impide la participación plena como ciudadanos que mejoran su vida y su entorno. Por otro lado, la saturación de las redes viales urbanas lleva a una reducción de la calidad de vida debido a los altos niveles de exposición a: contaminantes, accidentes automovilísticos y muertes de peatones. Estos factores se maximizan en áreas urbanas tales como la región metropolitana y en centros urbanos de regiones.

En nuestro quehacer académico, se ha revisado gran cantidad de evidencia que confirma la incidencia de las políticas de transporte en los indicadores de desarrollo humano. El escenario actual revela que ciertos grupos sociales están más expuestos a las desigualdades de movilidad y accesibilidad que otros; por ejemplo: los propietarios de automóviles y los principales conductores de los hogares tienen menos limitaciones de movilidad en todos los grupos sociales, estos tienen mayor frecuencia en distancias y propósitos de viajes, que les brinda mayores niveles de oportunidades y acceso a diferentes actividades. Un 30.5% de las personas en Chile posee automóvil, y ese porcentaje se concentra en los sectores más pudientes donde para un 25% de la población existe 1.7 vehículos por persona. Fuera de estos sectores más acomodados, y sin posibilidad de tener vehículo propio, se concentran mujeres jefas de hogar, niños, jóvenes y ancianos, minorías de inmigrantes y discapacitados (Fuente: Adimark – Emol 19-10-2019).

Cabe destacar que, en Chile, en la zona oriente de Santiago, el tiempo de viaje hacia el trabajo para un habitante promedia los 35 minutos, y para un vecino de Puente Alto los 90 minutos. En regiones como Valparaíso la situación es peor; hace 14 años que esta región espera que sus gobernantes diseñen e implementen una nueva política de transporte que sea pública, sustentable, segura y moderna. Actualmente, el servicio es atomizado y distintas empresas proveen transporte, sin pertenecer a un sistema unificado que permita proveer un servicio de calidad a la población.

Existe una necesidad urgente de políticas que reconozcan de forma explícita la importancia del valor social del transporte. Las limitaciones del servicio de transporte público, combinadas con el desarrollo del uso de la tierra en gran parte no regulado, están impulsando una cultura de movilidad que beneficia a la mayoría de los sectores de la población que ya están móvilizados y acomodados, al tiempo que empeoran las oportunidades de movilidad y accesibilidad de los más desfavorecidos en Chile.

Profesores Investigadores de la Escuela de Ingeniería de Transporte de la PUCV
Dr. Armando Guarnaschelli L.
Dr. Leopoldo Santibáñez J., director Fundación País Digno

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