Quintaesencia

QUINTAESENCIA // Hannah Arendt o el rescate del poder constituyente (por Arturo Moreno Fuica)

Arturo Moreno Fuica, cientista político.

Al instalar la acción coordinada en el centro de su concepto de poder, Hannah Arendt quedó en condiciones de establecer no sólo que un individuo aislado está siempre condenado a la impotencia, sino también que, estrictamente hablando, nadie es “dueño” del poder, pues el sujeto requiere siempre sumar a otras y otros, o está maldecido a desaparecer. En un sentido arendtiano, en política no existe una mujer o un hombre poderoso. En el mejor de los casos, alguien puede personificar el actuar de un grupo concertado, precisamente, interviniendo en su nombre.

En este mismo sentido, la tragedia para la institucionalidad comienza a germinar cuando los gestores de la gobernabilidad se persuaden de poder “hablar” en su propio nombre. Para acercarse a la materialización de esto, la estrategia es conocida: eliminar a los individuos en tanto como sujetos actuantes a través de prohibiciones violentas, como en las tiranías, o a través de “estimulaciones” para que se preocupen sólo de sus asuntos privados. En política, estas maniobras de secesión del poder se perciben como una ruta hacia un suicido programado del cuerpo institucional sólo recién cuando se advierte que ninguna legalidad pueda salvarlo de su desintegración, cuando él ha perdido el apoyo del poder activo de todos sus ciudadanos. Estos momentos extremos se reconocen casi siempre cuando el camino ya ha sido recorrido hasta el final y no son tan raros en la historia política. En todo caso, la reacción es siempre la misma: violencia. No obstante, la paradoja que se revela es clara y elemental: mientras más violento sea un gobierno, más evidente se hará su impotencia. Por cierto, Arendt reconoce que la violencia puede derrotar al poder, pero está convencida de que ella jamás lo podrá reemplazar. Mal que mal, nadie puede gobernar sobre muertos. Pero hay otro aspecto del poder arendtiano que es de la mayor importancia en nuestro contexto.

En rigor, nadie consagrado a pensar sinceramente sobre una nueva Constitución puede evadir la siguiente pregunta: ¿creará la ingeniería constitucional una institucionalidad en la que el poder que le dio origen conserve su potencialidad de aparecer en el futuro, sin tener que arrastrar con el karma de la ilegalidad? Inicialmente, si nos mantenemos en nuestra línea argumentativa, habría que comprender que siempre que los y las ciudadanas se “activen” no harán otra cosa que confirmar tanto el compromiso participativo establecido en el origen del proceso constituyente, en particular, como también la promesa de la misma política, en general. El espacio político constituido en la Convención personificará más poder en la medida en que más personas sean partícipes de esta esfera. Creo que la práctica interactiva en este espacio constituyente podría ser la antesala de una acción participativa que no acabe disolviéndose después de consumado el proceso y, por el contrario, que su ejercicio permanezca de manera inalterable después de aprobar, eventualmente, el texto constitucional. Si observamos esto con los ojos de la pedagogía política, habría que expresar que sólo se aprende a participar participando. De este modo, aquellas y aquellos convencionales que mantengan vivos sus lazos con el poder constituyente, que, estrictamente hablando, sigue estando fuera de la Convención, harán algo decisivo. Esto es confirmar que la libertad política, parafraseando a Arendt, o significa en concreto y sin más el derecho a intervenir en los espacios donde se discuten y resuelven las decisiones sobre el ordenamiento de nuestro mundo común o, derechamente, ella no significa nada.

¿Mucha teoría? ¿Mucho romanticismo o ingenuidad? No lo creo. El y la lectora deben tener en cuenta que estableciendo un texto que integre el poder coordinado de las acciones de los y las ciudadanas, sin ahogarlo, y lo promueva, sin asimilarlo, puede ser el remedio adecuado cuando aparezca ante nuestros ojos el último y definitivo fracaso de la intervención de la institucionalidad, sin tener que destruirla. Hace mucho tiempo que estamos experimentando que nuestra realidad cambia constante y aceleradamente y, por lo mismo, en un futuro cercano cada vez habrá menos espacio para la rigidez e intransigencia de las instituciones. Así entendido, un poder creador y dinámico à la Arendt puede ayudarnos a enfrentar las insospechadas novedades e ingratas sorpresas que ya nos están esperando a la vuelta de la esquina. En consecuencia, las repúblicas locales ‒ constituidos en gobiernos comunales, concejos municipales y cabildos ‒podrían ser la solución para superar aquella tentación consustancial que aparece cuando en política se está en el momento del nuevo origen: constituir un orden y una estabilidad nuevamente a costa de condenar a los ciudadanos a la impotencia política. Expresado de otra manera, si el futuro texto constitucional reconociera expresamente a los espacios de las repúblicas locales ‒ aquí el plural es políticamente perentorio ‒ como las esferas reservadas para el poder constituyente, que en la práctica ha demostrado ser el origen del eventual desenlace del momento constitutivo, entonces, cada futuro acto de poder de estas repúblicas locales sería una confirmación de la propia Constitución. Es más, si estamos de acuerdo de que el gobierno central es tan sólo una parte del cuerpo político, las acciones de las repúblicas locales podrían otorgar estabilidad y continuidad cuando desde la centralidad surjan delirios, insensateces, desaciertos o, derechamente, barbaridades. Por último, pero no menos importante, de esta manera, los preocupados del orden también podrían dejar de ver en las acciones humanas concertadas sólo una fuente de desestabilización, crisis y desorden y podrían aprender a entenderlas como ratificaciones vivas de la promesa original constitucional, mientras que el y la ciudadana actuante confirmarían en la praxis que la Constitución es la fuente y garante de su, potencialmente, infinita comunicabilidad de poder y, por ello, tendrían que seguir cultivándola o, llegado el caso, defenderla. Todo esto puede ser el inicio de lo que se ha llamado un patriotismo constitucional.

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