[OPINION] Hannah Arendt y el prontuario de una paria (Arturo Moreno Fuica)

Cuando Hannah Arendt murió, en diciembre de 1975, era conocida, pero no famosa. Es cierto que gran parte del círculo intelectual cercano distinguió la singularidad de su pensamiento. Sin embargo, para lecturas de un público más amplio habría que esperar todavía una década. El camino para esto lo pavimentaría la publicación en 1982 de la extraordinaria biografía de Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt: For Love of the World, traducida al español en 1993. Sobre la portentosa inteligencia y extraordinaria capacidad de compresión de la autora, cualidades que se acoplaron en ella con un impresionante talento para comunicar sus argumentaciones, no es necesario decir algo. Para evidenciar esto simplemente basta tomar cualquier texto de Arendt. Quizás sólo habría que destacar aquí que estas capacidades, que regala la naturaleza, se mezclaron con una educación que fomentó en ella una autenticidad que terminaría expresándose a través de una curiosa combinación de ingenuidad y valentía. Con semejantes elementos en su personalidad no es raro, entonces, que ya haya tenido que enfrentar fuertes conflictos en la escuela. De hecho, tuvo que rendir sus exámenes finales como alumna externa. Su venganza: sacar las mejores notas de su generación.

Es fácil comprender que ya estaban todas las condiciones para que más tarde se produjeran violentas reacciones en su contra. Arendt no nos defraudaría. Efectivamente, su imponente originalidad no sólo generó adhesiones y elogios, sino también fue la fuente del rechazo intelectual y de un odio violento contra su persona. A la designación de “perra muerta”, como llegó a ser denominada, se sumarían calificativos como encarnación de una “lucidez perversa”, “arrogante”, “paranoica”, “defensora del patriarcado”, “traidora intelectual”, “nazi-judía” o –algo más elegante– como una representante de un neo-aristotelismo que no tenía absolutamente nada que aportar a la comprensión de la realidad política de nuestro tiempo. Resultado: durante un largo tiempo la recomendación de muchos intelectuales, tanto liberales como conservadores, fue que no valía el esfuerzo leerla.

Lo que no se puede entender normalmente se rechaza. Esto suena a cliché, pero durante mucho tiempo su trabajo fue resistido porque, en gran medida, aparecía metódica y temáticamente incalificable. Tentativas de definirla recurriendo a algún tipo de oxímoron, como “conservadora-revolucionaria”, “utópica-realista” o como la “más racional contra el dominio del racionalismo en la política”, tampoco ayudaron a disponer rutas hacia una mejor comprensión de sus textos. Y es que el juicio político arendtiano se muestra siempre más allá de las taxonomías clásicas izquierda-derecha o liberal-conservador. Hay que decir que Arendt cultivó conscientemente esta rebeldía epistemológica. Ni siquiera cedió cuando su gran amiga, la escritora Mary McCarthy, le dio la oportunidad en una conferencia para que explicara la posición desde donde hablaba. En aquella ocasión manifestó: “¿Conservadora? ¿Liberal? ¿Socialista? ¿Anarquista? Mira – le respondió a su amiga frente a toda una audiencia ‒ la verdad es que no lo sé. Y tengo que decirte que esta pregunta no me interesa. Estoy totalmente convencida de que ella no puede ayudarnos a esclarecer las problemáticas de nuestro tiempo. Pero si insistes, tendría que decirte que no estoy en ningún lugar. Cuando trabajo realmente no me dejo guiar por ninguna corriente o pensamiento político. Esto no es así porque quiera ser original, simplemente se dio. Es cierto, realmente no encajo en ninguna parte”. Esta vez Arendt no exageraba.

Efectivamente, la autora se ubicó persistentemente al margen del mainstream intelectual y cuando debatió lo hizo siempre desde la perspectiva de su existencia como paria. De hecho, Arendt jamás perteneció a los profesores de planta de ninguna universidad y, por ello, nunca estuvo comprometida con los típicos grupos de poder de la academia. Esto fue así porque Arendt siempre evitó que la prudencia la obligara a traicionarse a sí misma. Y claro, su rebeldía contra los asentimientos condescendientes y acríticos de sus colegas le significó no pocas veces tener que pagar un alto precio. Nuevamente su experiencia sustentaba su desacato. Si hubo algo que ella nunca olvidaría de la Alemania de 1933 y, posteriormente, confirmaría en los Estados Unidos de 1963 con su publicación sobre Adolf Eichmann, fue la perturbadora facilidad con que los intelectuales se habían dejado manipular por la propaganda y manipulación política. El alto costo personal que tuvo que pagar por su “indisciplina académica” no era nada para ella en comparación con aquella tragedia política, preparada por la idiotez de la gente erudita y docta, ocurrida en aquel periodo. La grotesca separación entre el saber y la capacidad de entender se convertiría en una temática política central en su obra.

Es verdad que el cénit de los ataques y odios en su contra se produjo en 1963 debido a su polémico “informe” – así tituló su libro – sobre el juicio de Eichmann. No obstante, las violentas críticas que desató esta publicación nublan el historial previo de violentas querellas que ya arrastraba la obra de Arendt. La verdad es que las disputas en torno a su trabajo eran ya de larga data. Nombremos algunos ejemplos.

En su artículo, Sionismo Reconsiderado, de 1945, Arendt ya había lanzado duros ataques contra este movimiento. Más tarde en su obra prima Los orígenes del totalitarismo, de 1951, perfila su crítica contra la oligarquía judía de Europa que habría exigido de las masas judías ejercitar la ortodoxia y cultivar el desinterés por la política, mientras ellos jugaban el juego de la beneficencia con sus hermanos pobres, recorrían los pasillos del poder político y hacían hasta lo imposible por asimilarse. Resultado: el pueblo judío siempre habría vivido bajo una doble dominación, la de los estados que los admitían a regañadientes y la de sus hermanos ricos asimilados. De tal manera, visto en “perspectiva bibliográfica”, la crítica en su “informe” de 1963 no debería haber generado sorpresa. En todo caso, este tipo de sentencias ilustra con nitidez como lo biográfico se superpone en los textos de Arendt. Efectivamente, ella sabía de lo que hablaba, pues venía precisamente de una familia judía asimilada acomodada.

Otro ejemplo que explica los tempranos resentimientos generados en su contra, es el artículo titulado Little Rock, publicado en 1959, donde la autora analizó la segregación racial y enfrentó abiertamente lo que ella denominó como “la rutinaria repetición de clichés liberales”. Estos círculos no olvidarían esta afrenta y sus representantes le pasarían la cuenta más tarde cada vez que vieron la oportunidad. Mientras tanto, para el mundo de izquierda, los disgustos ya acumulados se transformarían derechamente en violenta hostilidad cuando en su texto Sobre la revolución, de 1963, observaron su elogio a la Revolución de las colonias inglesas y su enérgica reprobación a la Revolución Francesa. Por su parte, los conservadores quedarían con la boca abierta cuando se percataron como Arendt hacía añicos en este mismo texto la democracia representativa y presentaba la República de Consejos como el ideal institucional para su concepto de libertad política. Por último, estos tendrían que tragarse también su gran entusiasmo por las revueltas de 1968. La autora, incluso, le ofrecería ayuda logística y dinero a Daniel Cohn-Bendit, conocido en aquella época como “Dani el rojo”. Algo que quizás los conservadores de la época nunca se enteraron, pero que está más cercano a la historia de nuestro país, es el hecho de que Arendt apoyó financieramente a organizaciones estadounidenses que se dedicaron a rescatar desde Chile a perseguidos políticos, posterior al golpe cívico-militar de 1973.

Después de platear aquí sólo parte de su largo “prontuario”, se entiende que sólo un cataclismo histórico podía ofrecer un nuevo contexto político para iniciar una relectura desprejuiciada de la obra de Arendt. Este cataclismo ocurriría en 1989-1990 cuando el mundo bipolar comenzó a tomar un respiro. Sin este acontecimiento quizás sus trabajos se habrían perdido en la oscuridad que otorga el olvido. Pero la Historia hablaría a su favor para que sea actualmente reconocida como la “pensadora del momento post-totalitario”. Está fuera de toda discusión que hoy su obra genera una atracción en la academia donde sus miembros, no en pocas ocasiones, tratan de usarla como arma para la defensa de sus respectivas trincheras. Sin embargo, lo interesante del “caso Arendt” es que hace ya mucho tiempo ha terminado desbordando el interés de los intelectuales profesionales y es leída con fascinación por un amplio público. Es más, es posible que su “prontuario” aún no se haya cerrado definitivamente, si se considera el hecho de que, entre los grupos más amplios seducidos por la obra de Arendt, tenemos que contar a aquellos parias rebeldes que han aparecido en las barricadas desplegadas en numerosas metrópolis del planeta para luchar contra las corrientes globalizantes de aniquilación, como lo exhibe el documental Hannah Arendt ‒ El deber de desobedecer. Y no podía ser de otra manera en situaciones políticamente extremas, “sólo los esclavos de las galeras se llegan a conocer”.

 

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