Valparaíso

[OPINIÓN] Un éxodo silencioso en el sistema educativo chileno (Jorge Caradeux Estay)

Algo viene ocurriendo en Chile, pero esta vez no hubo marchas, discursos encendidos ni gritos en las calles. Lo que sí hubo fue un silencio acumulativo. Miles de familias vienen sacando a sus hijos del sistema educativo tradicional, una a una, como quien mueve una ficha en un tablero que parece ser ignorado. Según datos entregados por el Ministerio de Educación, entre 2013 y 2023, el número de estudiantes que optaron por exámenes libres creció en casi un 380%, pasando de 9.000 a 33.000 inscritos. Este fenómeno, que sigue una tendencia mundial, no ha pasado desapercibido en nuestra región de Valparaíso, que también se ha sumado a esta dinámica que año a año va en aumento. Pero, ¿qué implica entonces este éxodo silencioso para el sistema y nuestra sociedad?

Este fenómeno, que no solo debería limitarse a indagar en las motivaciones que conducen a las decisiones individuales, necesita ser entendido como parte de un proceso mayor que desafía el rol del Estado en la educación. Nos enfrentamos, queramos o no, a una desinstitucionalización progresiva del sistema educativo, que fragmenta el espacio común que representa el colegio como institución. Desde los orígenes de nuestra República, este lugar no solo tiene la primordial tarea de transmitir conocimientos, sino que cumple una función esencial al estimular y reforzar los lazos que sostienen un proyecto común como sociedad, llámense estos valores, historia, u otros elementos compartidos. Si esta atomización persiste en el tiempo, su impacto podría extenderse mucho más allá de las aulas, debilitando los fundamentos de nuestra sociedad.

Según los expertos vinculados al tema, este fenómeno de desafección se explicaría por múltiples factores. Entre los más relevantes están la violencia escolar, el descontento con el polémico sistema de admisión (SAE) y el interés por enfoques educativos alternativos, como el homeschool, que año tras año sigue ganando adeptos en nuestro país en busca de una mayor flexibilidad y aprendizaje personalizado. Si bien estas decisiones reflejan el legítimo derecho de las familias a buscar mejores oportunidades para sus hijos según sus propias convicciones y necesidades, al mismo tiempo evidencian una problemática de mayor profundidad. Lo anterior pone de manifiesto un sistema incapaz de adaptarse a las necesidades reales de las familias. Hoy su papel está muy debilitado, lo que ha dado paso a un proceso silencioso que deshace el poder del sistema a través de decisiones cotidianas, como quien abandona un espacio que ya no se siente propio.

Debe quedar claro que el foco en esta reflexión no se centra en las motivaciones de quienes lo protagonizan, sino en sus efectos. Cuando buscamos información sobre las razones que llevan a sacar a los hijos del sistema formal, encontramos que no existe una consigna, un líder u organización visible. Se trata de una tendencia molecular, dispersa, casi imperceptible, que refleja el ánimo de los padres frente a un sistema percibido como obsoleto y carente de alternativas. El homeschool es su expresión más vanguardista, al priorizar un modelo que fomenta la autonomía y que las familias consideran más adecuado para sus hijos, independientemente de los “intereses nacionales”, si es que existen. Este carácter disperso plantea un desafío para las actuales y futuras políticas públicas, que deberán enfrentarse a un proceso que carece de liderazgos claros y que no posee una narrativa articulada. De no encontrar un freno a esta situación, lo que queda por esperar es el aumento de familias que opten por una salida de sus hijos del aula, del currículo y de una autoridad centralizada que, por décadas, definió el rumbo de la educación del país.

Es en este tipo de detalles donde queda en evidencia la fragilidad de un sistema debilitado, que ha perdido su capacidad de retener, integrar y dirigir mientras observa con impotencia cómo se fragmenta. Cada decisión de salida, por más pequeña en apariencia, disgrega un poco más el poder estatal y erosiona cualquier anhelo de cohesión y unidad. La pregunta inicial encuentra una respuesta inquietante: no es una alternativa inofensiva, sino la manifestación de un proceso mayor, en el que la educación formal se descompone silenciosamente en múltiples direcciones individuales.

Por ello, es importante poner en alerta sobre lo que esta fuga provoca. Cada familia o joven que optan por exámenes libres o homeschool es funcional a este proceso, independientemente si se adhiere de manera consciente o no a esto que hoy ponemos en evidencia. Pero no solo el problema no se detiene ahí, en lo que refiere a su dimensión más humana, estamos empujando a nuestros hijos a un mundo más individualista, privándolos de compartir con sus compañeros y profesores, a quienes poder recurrir en aquellos momentos cuando surgen las dudas. Lo verdaderamente preocupante no es lo que se ofrece fuera del sistema, sino la progresiva pérdida de un orden educativo con mínimos comunes.

Mientras Chile enfrenta este lento pero sostenido proceso de desinstitucionalización, países como Suecia han comenzado a reforzar las bases esenciales de su sistema educativo. En un esfuerzo que demandará varios millones de euros, han decidido volver a lo básico, es decir, al lápiz, al papel y los libros, priorizando así las interacciones humanas y los valores compartidos que mantienen una sociedad sana y cohesionada. Si bien ambos contextos no son del todo comparables, nos demuestra que aún estamos a tiempo de dar un paso atrás, con el fin de evitar el avance hacia una fragmentación aún más profunda del sistema.

Por ello, considero que la respuesta a esta crisis no debería ser ni la imposición rígida de un modelo único ni una dispersión anárquica que valide cualquier proyecto individual. El desafío está en sostener un proyecto común que permita a las familias elegir con libertad, pero sin que esa diversidad erosione los mínimos compartidos que nos unen como sociedad. La educación debe ser flexible en sus formas, pero firme en su rol de forjar un país con valores, conocimiento y oportunidades para todos. Como ya hemos señalado anteriormente, educar no se reduce solo a adiestrar en el conocimiento de técnicas o a transmitir contenidos prácticos. Más bien, se trata de formar personas que sean capaces de contribuir a nuestra vida comunitaria, que es el lugar donde nos realizamos plenamente como seres humanos.

Si ese espacio donde aprendemos a convivir y construir juntos se derrumba, ¿qué quedará? Cada niño que abandona el sistema no es solo un estudiante sin aula. Es una herida abierta en el futuro y en la unidad de nuestra región y de nuestro país.

Jorge Caradeux Estay
Cientista Político
Magíster en Análisis de Inteligencia Comunicacional

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