Opinión

[CRONICA] Sostiene Pacheco: Atrapado sin salida

Sostiene Pacheco que adquirió el hábito de escuchar radio a instancias de su amada Pompeya.

Ella, como buena hija del campo, se crió con la radio en casa sonando todo el día y a todo tarro. Pacheco nunca escuchó mucha radio, salvo en el periodo de dictadura donde el diario de Cooperativa era un ritual impajaritable, lo que no quita que le guste “hacer radio”. De hecho, ha participado en diversos programas como panelista, sufriendo, no pocas veces, la censura propia de los medios oficialistas, sean de derecha o izquierda. No obstante su atracción por “hacer radio”, el periodismo lo ha ejercido casi siempre en prensa escrita.

Mientras calienta el pan y espera que Pompeya salga de la ducha para desayunar, sintoniza un programa y piensa en el reportaje que hoy lo llevará de vuelta a Valparaíso, específicamente al Hospital Psiquiátrico El Salvador. Allí funciona Radio Diferencia, donde los protagonistas son los propios pacientes. Qué programa es ese –pregunta su amada, mientras se seca el pelo. Escuchando Voces, responde Pacheco, y lo voy a reportear hoy. En ese momento, un tal Pérez toma la palabra para hacer un análisis político de coyuntura que resulta ser brillante desde las primeras frases. Tanto así, que Pacheco apenas se distrajo para darle el beso de despedida a Pompeya que salía presurosa hacia Pueblo de Roco, que es donde queda la Posta Rural en la que trabaja.

Sostiene Pacheco que siempre le atrajo la idea de ir al Siquiátrico, pero no en un afán morboso. Le atrae porque en la marginalidad en que transcurre la existencia de estos organismos (¿se ha fijado usted que los hospitales psiquiátricos no aparecen nunca en los programas de gobierno? No son objeto de preocupación del Ministerio de Salud. Sus demandas: ni idea. Los medios de comunicación: ni los pescan), Pacheco cree ver una sana autonomía respecto del mundo de los “normales”. Por las características de diversas amistades suyas que pasaron por las dependencias de El Salvador (nótese el nombre del hospital), Pacheco concluye que en ellos, ellas, elles hay más honestidad y coherencia que en todas las instituciones públicas juntas. Y de las privadas, pff, ni hablar.

Premunido de su grabadora y una novela de Chesterton para amenizar el largo viaje entre La Ligua y Valparaíso, Pacheco espera a la enfermera que debe autorizar su paso a las dependencias donde funciona la radio. Para matizar su lectura, hojea las páginas de El Mercurio de Valparaíso. En portada, una foto de un ícono del Pinochetismo: Andrés Chadwick. Que el ministro del interior del gobierno en ejercicio salga en la portada no tendría nada de raro, salvo por una chapita del NO prendida en su solapa. Solapado y la ctm –piensa Pacheco. Y, sí; la perversidad de los militantes de la UDI no tiene límites. Normalmente los encuentra algo estúpidos, y en general le provocan asco. ¿Por qué un Longueira que habla con muertos no podría ser parte de “Escuchando Voces”? ¿Por qué un desviado como Novoa no es “curado” de sus manías a punta de electrochoques? –se cuestiona.

Sostiene Pacheco que sulfurado por la foto de Chadwick, tiró el diario sobre la mesita de centro y cogió una revista de la Fundación ProCultura. Allí se consignaban datos escalofriantes: somos el país a nivel mundial con más niños/as/es con enfermedades mentales, el de mayor consumo de ansiolíticos, un Chile con cuatro millones y medio de enfermos mentales, con una tasa de seis suicidios diarios, con apenas 500 siquiatras en todo el país en el servicio de salud pública, etc, etc. Esta vez, fue la pena la que lo invadió. En ese momento entra a la sala una enfermera carpeta en mano y se dirige a su oficina. La secretaria sale presurosa tras ella. Luego de unos minutos, la secretaria vuelve y le indica a Pacheco que puede pasar, que la jefa lo atenderá. Bastante alterado aún por sus lecturas, Pacheco es abordado directamente. Soy la enfermera Florencia Pérez y entiendo que usted es el periodista de La Quinta. Así es –asintió Pacheco. Para autorizar su ingreso debo conocer el motivo de su visita y los contenidos que requieren su investigación. Nada muy específico. Es un reportaje al programa de radio que ustedes tienen    -precisa Pacheco. Bien, le voy a pedir que se remita al programa de radio. Otras consultas referidas al funcionamiento del hospital o de la historia de los pacientes sólo las puede ver conmigo, ¿está claro? –concluyó Florencia Pérez.

A Pacheco todavía le rondaban los comentarios del analista político que había escuchado mientras desayunaba. Pérez, se llamaba… ¿será pariente de la enfermera? Capaz, se respondió a sí mismo. Para sorpresa de él, con un termo abrazado a su pecho, quien lo recibe a nombre de la radio es Pérez. Gusto en conocerlo, colega; fue el recibimiento de su anfitrión. ¿Le parece si vamos al patio y disfrutamos del tibio sol de primavera? Una vez en el patio, Pacheco se sintió tentado de preguntar de entrada el por qué Pérez estaba internado allí, pero recordó las indicaciones de la enfermera y se centró en el tema radio. Su interlocutor, sin pausas, le hizo un detallado resumen del origen del proyecto y lo que significaba para ellos hoy ese instrumento, como se referiría durante toda la entrevista al proyecto radio.

Sostiene Pacheco que cuando se disponían a tomar un segundo café, y estando fascinado con el relato y despliegue de inteligencia de su entrevistado, se acercó hasta ellos un hombre alto y fornido, con indiscutibles rasgos indígenas. Este es el peñi Huenufil –lo presentó Pérez. Nos acompañará con un café, pero piolita, porque es sordomudo. Y como si hubiese sido algo planificado por ambos anfitriones, la llegada del peñi le dio un giro a la conversación. De ahí en más, sólo hablaron de la crisis interna, de cómo la enfermera Florencia, que era la máxima autoridad administrativa con la que se relacionaban los internos (al director no lo veían nunca), amparada en la burocracia, hacía y deshacía sin considerar el parecer de los pacientes. Cualquier alteración se soluciona con medicamentos. Todo está normado; es difícil intentar terapias alternativas, en fin. Por eso, este instrumento debemos cuidarlo, es por donde respiramos, es por donde nos conectamos a la realidad, es por donde nos sentimos parte de algo.

A esas alturas, Pacheco había olvidado el tema de la radio dejándose llevar por la historia apasionante de un par de “locos” (estaba claro que Pérez y el peñi eran socios en su existencia hospitalaria) que encabezaban un plan de rebelión contra el rígido sistema de domesticación de la enfermera jefe, y donde la radio -ahora sí podía entenderlo- era efectivamente un instrumento de liberación. Con todo -insistía Pérez- afuera la cosa está peor. Si no, dígame colega, ¿cómo explica la corrupción del alto mando de las fuerzas armadas que después de un reportaje televisivo pasó al olvido?, ¿cómo explica lo de la iglesia católica?, ¿cómo explica los vínculos del poder político con los grandes capitales, al punto de tener un empresario corrupto como presidente? O si quiere, ¿cómo explica a Macri, a Trump, a Bolsonaro? Mientras Pérez seguía con su análisis de la realidad del verdadero manicomio, Pacheco instintivamente volteó y se encontró con la mirada inquisidora de la Gran Enfermera que los observaba desde su oficina. Supo que era el momento de irse.

Sostiene Pacheco que de regreso a casa y aprovechando que el tren a esa hora no se encuentra saturado de pasajeros, ni de cantantes, ni de vendedores, se dispuso a leer los últimos capítulos de El hombre que fue jueves. Conforme avanza en la lectura, la voz de Gabriel Syme, el protagonista, se entrelaza con la voz de Pérez, y la historia del siquiátrico como representación de la sociedad que en desgracia nos toca vivir se entrelaza con la historia de la “policía culta” articulada por Domingo, a quien no puede dejar de relacionarlo con la Gran Enfermera.

A la altura de La Calera, Pacheco ha terminado su novela. Suspira melancólico, piensa en Pompeya que debe estar esperándolo para tomar el cafecito que cierra la jornada, y se le viene a la cabeza -a propósito de Pérez-una frase del autor de la novela: «Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón”.

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