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[OPINION] El fracaso de las ferias del libro (por Arturo Volantines)

El desaguisado de los gremios de los editores en torno a la Feria del Libro de Santiago ha venido a poner en el tapete las dificultades de éstas en Chile y América Latina. Es sabido que, sin los notables recursos del Estado, no podría organizarse esta fiesta anualítica.

La participación del Gobierno de la Región de Coquimbo en FILSA se ha ido volviendo pésima y no se condice con la gran cantidad de recursos asignados. Con esos mismos recursos, los editores regionales podrían ir a varias ferias en el país y en el extranjero. En los últimos tres años, este proyecto dejó de ser ejecutado por organizaciones sociales sin fines de lucro. Las productoras se adueñaron, como en otros ámbitos de la cultura, de esta actividad que, en su esencia, desconocen. Hemos señalado reiteradamente re-pensar esta participación y convocar a una mesa de trabajo, como la que lleva adelante el CORE Javier Vega Ortiz en el ámbito del teatro.

Pero no solo esta forma de feria tiene muerte anunciada, sino otras infortunadísimas, sin audiencias, como la de Vicuña, la de Coquimbo en la plaza Vicuña Mackenna y, un poco menos y más digna, como la de Ovalle.

Claro, éste es un fenómeno epocal. Por ejemplo, sucede también en Argentina otro poco, con las ferias de Mendoza y de Buenos Aires. La única que se mantiene viento en popa es la de Guadalajara, y pareciera que el secreto está en que la organiza la Universidad de Guadalajara. Por allí, va el asunto.

Particularmente, la Feria del libro de La Serena ha decaído sistemáticamente, a pesar que se le han inyectado grandes sumas y que la Encargada de Cultura del municipio serenense, Claudia Villagrán, ha hecho esfuerzos de socializar el programa. Pero, entre otros, las luchas intestinas por el poder en el ámbito cultural adentro del municipio han terminado con peleas patéticas. No se condice con las primeras ferias organizadas por Adriana Peñafiel, que eran las más singulares de Chile.

El tema: estas ferias se usan para liquidar libros, para justificar labor de funcionarios, para sacar ventajas con las manos del gato, etc. También han sido penosos en Chile los mal llamados grandes “planes lectores” que, en el fondo, solo han servido para demostrar la tremenda crisis del sector, donde los jóvenes prefieren chatear que leer un libro.

Es difícil revertir esto. Se trata de un cambio epocal. Sin embargo, está probado que cuando son los mismos editores y escritores los que llevan adelante estas iniciativas, como la “Primavera del Libro” que gestiona la Asociación de Editores Independientes de Chile, los resultados son halagüeños.

Mientras no se democratice el sector, la gestión no sea perita o no vuelva a los auténticos trabajadores del libro, y los buenos funcionarios entiendan que esto no es una “pega” sino una devoción, las ferias seguirán siendo nichos de donde solo sale tinta de cementerios. Y, como dice César Vallejo, aproximadamente: el cadáver del libro ¡ay! seguirá muriendo.

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