[CRONICA] Sostiene Pacheco: Doña Flor y sus dos maridos

Sostiene Pacheco que no hubo espacio para discutir siquiera alternativas. Pompeya quería ir a Brasil de vacaciones y así lo decretó.

En el diario donde él trabaja, el término “vacaciones” es tan relativo como dilatorio. ¿Una semana?, ¡Una semana! -repetía incrédula la editora. Precisamente cuando la agenda está más apretada que nunca, y tú sabes que Acracio (el compañero periodista que debía cubrirlo) se estresa por todo. Pero, señora Prat, hace dos años que no tomo vacaciones, y justo a mi Pompeya le dieron una semanita en el consultorio. Igual puedo meterme a internet y enviar mis notas. Además, vamos a Brasil y puedo enviar algo a propósito de Bolsonaro. Mmm, bueno, con esa condición -accedió la editora.

Pacheco watsapeó de inmediato a su amada para comunicarle la buena nueva y se puso de cabeza a cotizar precios. Mientras buscaba hoteles en Río de Janeiro, Buzios y Camboriú, recibió un wsp de ella sentenciando el destino: San Salvador de Bahía de Todos los Santos. Será –se dijo.

Por la noche, pudo mostrarle a Pompeya un panorama completo de valores y horarios que optimizaban la semana de vacaciones que les esperaba en el reino de la samba. Bebieron caipirinha y saborearon un acarajé preparado rigurosamente por su amada. Después se enteraría Pacheco que esta comida se emparenta con rituales del candomblé y todo ese mundo de ofrendas que tanto fascinaba a su amada. En unos días podremos probar el acarajé hecho por las baianas y verás que el mío no tiene nada que envidiarles -dijo orgullosa ella.

Sostiene Pacheco que después de un viaje sin contratiempos y una vez instalados en la Pousada Brisa do Mar, a 500 metros de la playa, con un panorama de pescados rojos y vinos blancos, de mucho ritmo y sexo a borbotones, supo que el paraíso se llamaba Salvador. Aunque fuese un paraíso de 5 días.

Después de almuerzo, y aprovechando que Pompeya toma largas siestas, Pacheco se dispuso a aventurarse por las calles de los barrios populares, siendo consciente que en estas zonas se cometen más homicidios que en cualquier otro lugar de Brasil. No obstante, para él, Salvador era el lugar donde Vadinho vivía su desenfrenada existencia y, sobre todo, el lugar donde doña Flor ofrecía toda su hermosa voluptuosidad. Así que se adentró en el Brasil de verdad en busca de su fantasía.

Sostiene Pacheco que cuando le dijo al taxista que lo llevara al suburbio de Fazenda Coutus éste giró en su asiento, lo miró directo a los ojos y en un perfecto portuñol le preguntó si estaba seguro de querer ir allá. Cuando le confirmó su intención, el taxista le ofreció dejarlo en la plaza principal del barrio. Ni un metro más allá, ¿entendido? Aceito -respondió Pacheco.

Reconoce Pacheco que el aventurarse en lugares desconocidos y prejuiciados como peligrosos era una costumbre adquirida en sus primeros viajes fuera del país a comienzos de los 80. Quizá era su afán periodístico, la necesidad de escudriñar en la realidad, en la condición humana. Lo cierto es que ahora estaba en medio de uno de los barrios más populares de Bahía, y a pesar de ser un cabeza negra, todos lo miraban con curiosidad.

Se acercó a un carrito de venta de jugos y pidió uno de mango. ¿Cómo ha estado la venta? -intentó socializar Pacheco. ¿Como diz? -respondió arriscando la nariz el hombre del carrito. En ese momento, otro hombre negro -como todo el mundo acá- saludo a ambos, pidió un abacaxi y le preguntó en español a Pacheco de dónde venía. Chile -contestó, alegrándose de encontrar a un lugareño con quien conversar. Su interlocutor, que no debe haber tenido más de veinticinco años, no solo hablaba español, sino que hacía gala de un conocimiento de geografía y, según pudo comprobar conforme avanzaron en el dialogo, de política internacional impecable. Y claro, era estudiante de Derecho en la Universidad Federal de Bahía.

Sostiene Pacheco que entendió que Zumbi, que era el nombre del joven estudiante, aparecía como el entrevistado ideal para cumplir con su nota sobre las elecciones en Brasil y dejar tranquila a su jefa. La hago cortita; hoy mismo despacho la nota y quedo con todo mi tiempo para disfrutar estas pequeñas vacaciones. Lo invitó a un café. ¿Te molesta si grabo nuestra conversación? Para nada -sonrió Zumbi.

Acá, entre Haddad y Ciro sumaron un 62%. Eso, porque somos una mayoría los negros y los pobres. Bolsonaro representa un peligro para nosotros, imagino lo sabes. Lamentablemente, el enriquecimiento de los “compañeros”, el acomodo y la corrupción que ha proliferado en todos los gobiernos socialdemócratas o filo izquierdistas en América Latina, alcanzó también al PT. Ellos son los principales responsables de que el fascismo se haya instalado de nuevo en nuestro país. Pero ¿votaste por Haddad en segunda vuelta? -interrumpió Pacheco. Por supuesto. Yo no soy del PT, pero tenía claro que si ganaba Haddad tendríamos al menos las libertades para seguir construyendo alternativas y denunciando a los corruptos y acomodados al sistema. Con Bolsonaro, volvemos al tiempo de la resistencia. Aunque, por otro lado, se nos abre la posibilidad de construir desde abajo una alternativa de cambios ya sin el sofisma progre que nos intentó convencer de que podíamos llegar al socialismo humanizando el capitalismo. Sin embargo, nosotros tenemos aún mayores complejidades al ser discriminados no sólo por los poderosos de siempre. ¿Sabes tú que en toda nuestra historia nunca hemos tenido una presidenta o un presidente negro? Con Lula, un representante de la clase trabajadora llegó al poder, pero era blanco. Con Dilma, llegó una mujer, pero era blanca. Los negros, mulatos e indígenas somos mayoría en Brasil, pero las elites no permitirán que llegue uno de nosotros a la presidencia. Y las izquierdas, que siguen pensando como vanguardias, reproducen la misma lógica de poder. Ahora, si eres mujer, negra y pobre, estás en el fondo del pozo. Y de ahí, casi nadie sale. Tenemos, y lo digo por ustedes también, un largo camino de reorganización, resistencia y creatividad para alcanzar más justicia y libertad.

Sostiene Pacheco que no eran necesarias las preguntas. Zumbi estaba inspirado. Desmenuzaba la realidad política de nuestra América morena con la habilidad de un cirujano avezado. Y de paso, le había facilitado su trabajo periodístico y lo había ilustrado como solo puede hacerlo quien ha pasado por la universidad sin alterar su consciencia de clase y sin renegar de su condición. Simplemente, estaba encantado con este garoto portador de un nombre connotado, el de un líder negro que luchó contra la esclavitud.

El problema para Pacheco comenzó cuando apago la grabadora y se dio cuenta que habían pasado dos horas. Agradeció infinitamente a su entrevistado, intercambiaron correos y facebook, pago los cafés y salió corriendo a buscar un taxi. Sabía que si Pompeya estaba despierta, ardería Bahía con santos y orixás incluidos.

Llegó a la posada cerca de las 7 de la tarde, justo cuando su amada salía de la ducha. ¿Dónde andabas, amor? -dijo con voz cansina. Aproveché que dormías para recorrer un poco, para conversar con lugareños (respiró aliviado). Todo bien. Obviamente, Pacheco no le había comentado nada a Pompeya sobre su compromiso de trabajo. Sabía que ella era capaz de llamar a la editora y decirle cuatro verdades. Podríamos ir ahora a conocer la iglesia Celeste, esa de doña Flor, y luego ir a comer un acarajé con su respectivo vatapá –“sugirió” Pompeya, mientras pintaba sus labios de rojo furioso. Claro, mi amor. Me daré una ducha para refrescarme y vamos.

Sostiene Pacheco que mientras bajaban por la calle aquella donde doña Flor sale de la iglesia y camina del brazo de sus dos maridos, complacida de tenerlos complementariamente a ambos, como la síntesis de la felicidad posible, pensaba en Zumbi, en su análisis político lapidario, en la cultura dicotómica del mundo popular y en los placeres que su Pompeya le brindaría después de la cena y la llovizna.

 

 

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