[OPINION] Diez viñetas para Eduardo Correa (por Guillermo Rivera)

  • Valparaíso se incendia. Siempre. Es parte de su condición de existencia. En el pasado de la ciudad está el fuego y, por supuesto, lo está en su porvenir. Es una cultura incendiada. El incendio de Valparaíso es, asimismo, un libro de poemas de Eduardo Correa (Viña del mar, 1953-2014), publicado por editorial la Cáfila, en el año 2002. Este incendio verbal, con rasgos anticipatorios y alucinada mirada histórica, da cuenta de la devastación de la ciudad.
  • Se trata de un libro constituido por treinta y cinco poemas seriados y su característica principal es la polifonía (distintos hablantes que se expresan en forma individual). Si bien los poemas son comúnmente un autorretrato del autor o lo nombrado, en este caso, el autor se desdobla en una serie de voces, y en esa relación tensa con el lugar, permite que se expresen a sí mismas a través de su propio volumen y su propia realidad. Como ejemplos, de una actitud carnavalesca y marginal, tenemos en la primera parte del libro a:

Marco Polo, conquistador de China, la Nenúfar Sandoval, la Eremita Castillo, la Mariquina, Pompier, la Santa Wittgenstein, etc. etc.

  • En el poema siete el autor nos señala:

Eran las dos cuando el incendio.
Vimos caer derretidas las vírgenes y ardiendo
sus lacerantes mantos en una orgía de amarillos
y amarantos y azules de Prusia.
Podían creer en el infierno, pero era una
entelequia en la boca de los furibundos.
Éramos mi padre y yo.
El resto se debatía en las más feroces carcajadas
Hasta que les lancé la frase a la cara:
Las rectas se juntan en el infinito.
O casi
(fragmento)

  • El estilo del libro es apocalíptico y su lenguaje exacerbado. Voces que se enfrentan a la catástrofe. Voces que impregnadas de dolor en su desvarío claman en medio del fuego, y como en los libros dorados de las civilizaciones muertas nos conectan con un lenguaje que aborda desde distintos puntos, como una banda sonora de pesadumbre, esa calamidad.
  • Podríamos decir que el lenguaje de Correa en este libro, en ese afán de teatralización de la realidad, es familiar en una línea de estilo al lenguaje desarrollado por Zurita, y en otra línea podríamos emparentarlo con Maquieira. Pero más allá de esas resonancias de lo que yace subsumido en su propia búsqueda o coincidencia, me parece que la más fuerte de las conexiones de la estructura general del libro, se establece con la pintura El Jardín de las Delicias, de Jerónimo Bosch.

Recordemos que el Jardín de las Delicias es un óleo sobre tabla y trata sobre la variedad del mundo en que la caída es el único punto de unión entre los hombres, así, el panel central de la pintura representa, entre ese exceso de imágenes, entre esa gran cabalgata del deseo, girando en círculos en torno a un estanque o entre burbujas y bosques de manzanas, al falso paraíso.

Delicias

  • De hecho, nos damos cuenta que la metáfora que articula el libro es la caída de la ciudad en las llamas. El fuego arrasador que consume la cultura y el habla (Pag.9 El lenguaje silencioso engendra fuego. El silencio se propaga. Correa citando a Pizarnik). Así, con pocas posibilidades de liberación, en un gran día de fiebre, nos encontramos en el lugar en que está sucediendo la catástrofe, en tanto la escritura de Correa se va impregnando de una densidad física y moral. Esta densidad es muy distinta a la de Moltedo, con su cercanía al mar y la historia de la ciudad, o la de Cameron como un desterrado bufón incrustado en su condición de existencia. Correa es más agresivo ante lo que lo rodea y eventualmente frente al lector  (Pag.12 Revolquémonos y hagamos la poesía de la manera única que debe hacerse y no ponernos cartuchones).
  • Más allá de la catástrofe, parece decirnos el autor, la ciudad literalmente no es símbolo de nada. Tampoco puede volverse símbolo. Su pretensión de desarrollo emblemático es aniquilada, en este caso, por el fuego. No obstante, se trata de una circunstancia que está más cerca de la revelación en términos sagrados que de vida cotidiana. Pero el fuego no purifica. El fuego daña, destruye, enajena. En este paisaje no se ve la gracia interior ni la exterior.
  • En ese foco de energía que es la ciudad el poeta busca un espacio original, pero el cruce es distinto a ese sentido de armonía que yace en las leyendas de los orígenes, pues lo que encuentra es el cruce donde la civilización y violencia parecen ser sinónimos. Así, nos empuja a una nueva conciencia de nosotros mismos en medio de esos agujeros negros de lo urbano y menesteroso.
  • Las imágenes que va dibujando Correa en el desarrollo de su libro son, para mí, la de un grito que se adentra por nuestros oídos, el de una arquitectura de lo profundo y retorcido de la mente y los cuerpos, frente a la calamidad del siglo que termina y del que comienza.
  • El libro esta exacerbado de signos para ser consumidos y no necesariamente clarificados por sus ciudadanos. Es como si éstos buscaran incendiarse junto a la ciudad. De ahí, tal vez, el anatema: Duchamp ha muerto. Beuys ha muerto. Borges ha muerto. J.L.M. ha muerto, y la Eremita Castillo es una pasajera en un barco sin atributos.

Opinion_GuillermoRivera

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