Opinión

[OPINION] La infra-sociedad: Tentativas sobre la génesis de la crisis chilena (por Fernando Franulic)

¿De qué modo, en un lugar determinado,
conciben unos y otros la relación entre unos y otros?
Marc Augé y Jean-Paul Colleyn,
Qué es la antropología, 2004

La ruina de la sociedad disciplinaria: del obrero-masa al subproletario periférico

Experimentar lo que pervive en el tiempo: toda sociedad contiene auges y caídas, configuraciones que provienen del declive y muchos son los que quedan rezagados en la ruptura societal. En toda ruptura de la sociedad, la crisis permite la aniquilación de algunos rasgos sociales, desastre que podríamos llamar muerte social: la ruina es la representación de la forma decadente, lo que posteriormente queda preservado en la señal, señal trágica de la historia. Actualmente, asistimos a una escisión social de gran envergadura, la que ha tomado la forma de la revuelta, ya que existe una multiplicidad de voces ideológicas y de actos callejeros que no permiten plantear que se trata de un “clásico” movimiento social. Esta revuelta es parte de la crisis del sistema neoliberal, lo que conduce a las señales de su ruina, de su muerte social: ya emergen en las ciudades los signos de la decadencia de esta sociedad –incitada por la lucha y el desacato–, como son, por ejemplo, los grafitis, las veredas despedazadas, los carros carbonizados, los monumentos sin cabeza, entre otros.

Aclaremos más esta idea de la ruina y de la muerte social. Pensemos, por ejemplo, en las Ruinas de Huanchaca de la ciudad de Antofagasta, una antigua fundición de plata que entró en funcionamiento en 1893. Por razones económicas diversas, la fundición clausuró sus actividades en 1902: tuvo una existencia fugaz. El avance del capitalismo incidió en que la tecnología de la fundición fuese considerada obsoleta, vale decir, una parte del sistema productivo quedaba rezagado. No obstante, el conjunto de piedra de la vieja fundición continúa cercano a la costa de la ciudad nortina; como indica María Zambrano, es la señal del hundimiento que sobrevive en el tiempo histórico.

La decadencia del capitalismo industrial, en general, posee aquella señal de ruina: en los alrededores de la ciudad, surgen las fábricas abandonadas, las industrias desmanteladas, los esqueletos de concreto que antes fueron ejemplo de la vida económica. Entonces, es el término de una parte o de la totalidad de un orden social, con sus rasgos culturales y sus prácticas económicas, lo que genera las ruinas: señales, concretas o abstractas, símbolos en definitiva, de la decadencia y el ocaso.

El inicio de un capitalismo postfordista –instaurado para desmembrar las grandes industrias nacionales y, entonces, fabricar los bienes en forma separada en varios países– fue un fenómeno que produjo una transformación radical en la estructura productiva y social, sobre todo porque el proletario es una figura que ya casi no tiene ni un lugar socioeconómico, ni un rol político. Toni Negri habla del obrero-masa como la categoría social que domina la escena del capitalismo industrial, en un momento histórico en que este capitalismo se sostenía en la sociedad disciplinaria.

La fábrica era el espacio social y productivo del obrero-masa, allí confluían todas las otras dinámicas disciplinarias por donde pasaba el proletario para transformarse en proletario (por ejemplo, la escuela, el ejército y el hospital). Entonces, con la caída del obrero-masa es el subproletario periférico, con sus trabajos informales y sus pequeños emprendimientos, quien mejor encarna la ideología económica imperante: surgido de las crisis económicas ocurridas para instalar el postfordismo y el neoliberalismo en las décadas de 1970 y 1980, el subproletario no requiere de las mismas condiciones socioeconómicas del proletario –no se le entrega seguridad social, tampoco requiere de sindicatos, por tanto, es una figura clave porque articula la pauperización propia del actual modelo.

El capitalismo industrial en Chile y América Latina tomó la forma del desarrollo de una industrial nacional. Este proyecto desarrollista del siglo XX –inspirado en los planteos de la Cepal– implicaba el auge de la industrialización: el proletariado producía y, a la vez, consumía los bienes fabricados en el país, aunque la fase central de la industrialización no se logró en la economía chilena, a saber, la producción y la sustitución de los bienes de capital –maquinaria, tecnología e infraestructura: lo necesario para producir bienes de consumo que pueden ser comprados por la población. Ahora bien, un fenómeno relacionado a la industrialización chilena que floreció desde 1930 hasta el golpe de Estado de 1973 y que, subrepticiamente, permitió el anclaje de los proletarios al mercado interno y la política pública, es el desenvolvimiento de las mecánicas disciplinarias. Por medio de un raconto histórico, podremos entender mejor esta relación entre la industria y el proyecto disciplinario.

En la sociedad chilena de la época del salitre, diferentes procedimientos tenían una raigambre disciplinaria (por ejemplo, la policía sanitaria, las visitadoras sociales y el servicio militar obligatorio), pero carecían de una organización eficaz. Fue con el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931) cuando finalmente decantaron las diversas vías institucionales de una sociedad disciplinaria: la mecánica de este tipo de sociedad permitía gestar unas formas organizadas que encauzaban a la población, para ajustar así los cuerpos al aparato productivo.

En este sentido, a partir de 1930, la sociedad chilena estuvo marcada por los establecimientos del poder disciplinario: partidos políticos, sindicatos, fábricas, clubes sociales, burocracias, cárceles, escuelas, manicomios, etc. A causa de la acción política de Ibáñez, estas entidades se coordinaron y confluyeron, en la mayoría de los casos, en el Estado. Sin embargo, esta continuidad institucional de carácter disciplinaria fue más bien una práctica efímera, que duró 40 años solamente, donde las masas estaban afiliadas en alguna institución, lo que permitía la normalización de la vida personal y grupal. Fue en 1973 cuando finaliza este modelo societal –el Estado desarrollista, sumado a la dinámica disciplinaria.

En la periferia pobre de las ciudades chilenas, en este presente neoliberal, conviven tanto el obrero-masa (cuya importancia está en declive) y el subproletario (quien vive de las pequeñas oportunidades socioeconómicas). En particular, este subproletariado conforma identidades sociales (puesto que no es una masa uniforme) que no responden ni a una normalización –el sistema normativo quiere normar al individuo– ni a una normificación –el individuo quiere normarse en el sistema normativo.

Ahora bien, la revuelta social iniciada el 18 de octubre de 2019 se sostiene en una matriz pluriclasista y multicategorial, no obstante, en este ensayo quisiese interpretar este acontecimiento desde las identidades sociales de la ciudad periférica; periferia sobredeterminada, en primer lugar, por los intentos disciplinarios del Estado (de relativo éxito) y los proyectos utópicos de los movimientos populares (fracasados); así, en la actualidad la periferia pobre posee una segunda sobredeterminación, dada por la violencia desmedida de las fuerzas del orden y la violencia simbólica de la opinología política de los medios de comunicación.

La economía de la furia: la crisis, lo baldío y el “antisocial”

En el erial se desenvuelve un lenguaje repetido y anónimo cuya significación se mueve entre el peligro y el abandono. Nadie en particular sostiene este discurso: a pesar de que los enunciados circulan, no existe una entidad única que los produzca y los controle, por lo tanto, no se halla un saber ni una ideología sobre los sitios eriazos. ¿Será una imagen que ha sido internalizada porque es parte del imaginario social? Sin duda, es una imagen reiterada en la televisión (también a veces en el cine), entonces, se produce una percepción social que trae consigo la imagen del sitio eriazo. Así, el sitio baldío es “una porción de terreno que no se halla labrada o que no posee utilidad agrícola”; desde esta definición se puede arribar a las significaciones derivadas: “tierra abandonada” y, por ende, “lugar peligroso”.

Los primeros individuos en otorgar un sentido positivo a los sitios baldíos son los niños y las niñas que juegan en ellos. Quizá para estos niños el erial no es ni peligroso ni abandonado: es un lugar de juegos y de andanzas, de experiencias infantiles al aire libre. Los hijos de los subproletarios, aquellos niños y niñas, tienen en el descampado un ámbito de sociabilidad que, en gran parte, es una forma de socialización. La socialización en los sitios eriazos, junto al aprendizaje callejero, se complementa con la educación formal en las escuelas. En este sentido, se enfrentan a la calle y la tierra baldía, allí experimentan la socialización por medio del juego y el grupo de pares, pero a la vez asisten a la escuela. En la educación formal, el niño, la niña y, por cierto, el y la adolescente estudian a los grandes personajes de la historia –y un conjunto de materias que les parecen desconectadas de la realidad. Al mismo tiempo, en la televisión observan los prados de los parques del sector oriente de la capital; su sitio eriazo aparece como muy precario. También, en las teleseries, comparan las “vidas estelares” que se muestran, con sus block y sus vidas económicamente vulnerables. Por tanto, surge la rabia estructural.

Esta rabia social de los subproletarios está constituida por la falta de oportunidades económicas y la ausencia de una vida digna. En este sentido, ambas situaciones decantan en que el subproletario no puede dejar la periferia pobre: allí ha crecido, es su mundo y, por ende, maneja los códigos culturales, por tanto, se construyen unas identidades sociales acordes a la situación colectiva: en este contexto, existe un cambio generacional, ya que del subproletario se pasa a las y los jóvenes, nominados como “antisociales” o como “flaites” por la sociedad dominante.

Así, estaríamos en presencia de una infra-sociedad. Por un lado, infra significa en latín “debajo”, en tanto que sociedad proviene del latín y significa “compañero”, entonces, la infra-sociedad sería el colectivo de las y los de debajo, de debajo de la sociedad oficial –lo que implica una jerarquía social (“debajo de”) y una pertenencia cultural (“de debajo”). Esta clasificación social pertenece a la periferia pobre de la ciudad, donde las y los individuos han desenvuelto sus propias estrategias culturales, más aún en los tiempos precarios del neoliberalismo.         

La identidad social emerge así como una marca de vinculación con el espacio colectivo: en el adentro de la periferia, la identidad funciona como pertenencia (ser de debajo); y en el afuera de la periferia, esta identidad establece el prejuicio y la jerarquía (estar debajo de). Ahora bien, esta infra-sociedad presta una función en las formas del poder oficial y establecido. En primer lugar, los pobres sirven para que la sociedad burguesa realice sus actos de caridad, las que se resumen en las prácticas de donación a organizaciones de beneficencia; es también parte de esto, la llamada responsabilidad social empresarial. Y en segundo lugar, los pobres corresponden al objeto de estudio de la comunidad sociológica, entonces, los científicos sociales en la infra-sociedad buscan contrastar modelos de estratificación social, constituyendo a la pobreza como el problema central para alcanzar el desarrollo social.

Sin embargo, cuando la infra-sociedad adquiere un rasgo propio de la furia social y la rabia estructural, como es el caso de las actuales revueltas sociales, los sujetos actúan con el desacato o quedan relacionadas con el delito, por lo que emerge plenamente la noción de antisocial.

El antisocial se sustenta en el discurso policiaco y mediático. Para los aparatos represivos del Estado, el antisocial es la figura clave de la doctrina del enemigo interior: peligrosas ideas que en el pasado reciente (dictadura cívico-militar) produjeron desapariciones y torturas, prácticas que vuelven a surgir masivamente en el actual levantamiento social. Para los medios de comunicación, el antisocial es parte de una población cautiva, sobre la cual se ejerce una vigilancia mediática, pues los acontecimientos antisociales constituyen un buen negocio: para la sociedad oficial es altamente interesante observar la represión y la persecución hacia el enemigo interior.

Entonces, la sociedad del control y del espectáculo utiliza dos figuras contrapuestas: el mundo espléndido (propio de las máscaras televisivas) y el mundo miserable (infra-sociedad). En esta último, los formatos de reportajes, de “especiales”, de crónicas, nos muestran a los pobres y la infra-sociedad, es decir, la miseria que genera el capitalismo, sin –por supuesto– explicar la causa de esta situación estructural de la sociedad. La sociedad del espectáculo nos deja prisioneros de la máscara. María Zambrano habla de la “máscara”: son momentos de la historia donde se pierde lo genuino y lo original. En el caso de las máscaras neoliberales, se debería relevar todo el sensacionalismo, la instrumentalidad y la banalidad de los medios, dando paso a lo admirable de la revuelta de los llamados “antisociales” –las y los nacidos bajo el signo de la miseria, debajo de los límites mínimos de lo socialmente soportable.

25 de noviembre de 2019

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