Opinión

[OPINION] El uso contrainsurgente de la pandemia en Chile (por Adolfo Estrella)

Un gran desafío tiene el movimiento de octubre, en nuestra opinión soterrado pero vivo, y es este: ¿cómo reconstruir, construir y mantener lazos sociales a pesar de la exigencia de distancia física exigida y auto-exigida para atenuar la propagación del coronavirus.  ¿Cómo resistir y enfrentarse al uso directamente contrainsurgente de la pandemia, es decir, utilizada tanto o más para aplacar la Revuelta de octubre que como instrumento de salud pública?  ¿Cómo hacer de la pandemia una contingencia dentro del flujo de la revuelta y no su clausura definitiva?

Se habla de “distancia social” para prescribir la separación, por ejemplo, en las esperas en el supermercado o en las farmacias, como recurso preventivo para evitar el contagio. En sentido estricto, eso es distancia física, corporal. Sociológicamente la distancia social se refiere a las separaciones simbólicas, de estatus y, por lo tanto, de poder, entre los cuerpos individuales y colectivos. Aunque las distancias sociales tienden a corresponderse con distancias físicas, la segregación urbana, con barrios de ricos y pobres es un claro ejemplo de ello, no todas las distancias sociales son acompañadas de distancias físicas. Por ejemplo, en una misma empresa conviven físicamente, corporalmente, personas ubicadas en distintas posiciones en la estratificación social y en el organigrama organizacional.

Por lazos sociales entenderemos el complejo tejido de vínculos surgidos en las interacciones cotidianas, corporales y sensibles desarrolladas tanto dentro de estructuras institucionales como comunitarias. Es la trama, compleja, de la vida social. Estos lazos aparecen y desaparecen en nuestro transcurrir diario; es lo que nos sucede cuando salimos a la calle a comprar, a trabajar, lo que hacemos dentro de nuestros lugares de trabajo, cuando regresamos a nuestras casas, cuando interactuamos con nuestros vecinos, cuando recibimos atención médica, en nuestros intercambios sexuales y eróticos, cuando nuestros hijos van al colegio etcétera, etcétera.

Esta trama de la vida social es la que la pandemia ha bloqueado, no totalmente pero sí en una medida importante. La peste ha forzado la ruptura de los lazos sociales a partir de la interrupción de los contactos físicos, pero, y he aquí la novedad, lo ha hecho tanto en sentido vertical como horizontal. Está separando tanto en un sentido inter-grupo, como en un sentido intra-grupo, tanto entre clases sociales como al interior de las mismas. Y aún más: lo está haciendo por imposición externa, así como voluntariamente. Todo esto tiene evidentes consecuencias políticas porque este distanciamiento interfiere en las cooperaciones y las coordinaciones necesarias para la impugnación del sistema tal como lo venía haciendo la Revuelta.

Hemos perdido cercanía social y comunitaria, corporal y sensible y nos hemos alejado los unos de los otros y esto, evidentemente, actúa como un factor desmovilizador implacable. Paralelamente, siguiendo tendencias ya previstas, hemos aumentado exponencialmente los vínculos digitales. Es decir, estamos distantes pero conectados. No nos tocamos, aunque nos vemos y nos escuchamos. Pero no hay correlato exacto entre lo analógico y lo digital: lo digital es, a la vez, un superávit y un déficit, es más y es menos que lo analógico. Lo digital, se ha abierto a todas aquellas áreas que pueden ser codificadas con eficacia, es decir casi todas: educación, transporte, salud, ocio, etc. Sus ventajas son comunicacionales y económicas, sus desventajas, policiales y de control político. Actuar en las redes digitales implica dejar huellas, datos, que se pueden recolectar, cruzar e interpretar.

Dice Enzo Traverso que la función biopolítica del Estado se intensificará. “Tras superar esta crisis, de cara al futuro, se tratará de poner en pie medidas orientadas a prevenir nuevas crisis. De ese modo, se corre el riesgo de que medidas adoptas como excepcionales se hagan permanentes. El Estado,  (…) se ha convertido en un Estado que regula nuestras vidas, es lo que se puede llamar la confirmación del paradigma biopolítico

Sin llegar a abrazar tesis “conspiranoicas”, lo cierto es que el virus, en Chile, ha sido altamente oportuno y funcional a los deseos de sofocar la revuelta que lo antecedió. La pandemia le cayó del cielo a un gobierno en particular y a una clase política en general, paranoica y absolutamente desbordada por los acontecimientos de octubre. Ha permitido “calmar a la calle” y ha posibilitado que Piñera pueda sentarse en la Plaza de la Dignidad definida por él, con arrogancia, en su particular guerra contra la multitud, como territorio reconquistado. Esto es lo que llamamos el uso contrainsurgente de la pandemia, dentro de una lógica de guerra de baja intensidad, contra el movimiento social.

Las estrategias contrainsurgentes se desarrollan contra enemigos invisibles confundidos entre la población y su objetivo es menos su destrucción física que anular su “capacidad de combate”. Y la principal capacidad de combate de las multitudes chilenas ha sido la que proviene de su encuentro corporal en calles y plazas, en desfiles y cabildos. Su principal armamento ha sido conjuntivo, comunicacional, semiótico.  Y contra ellos la contrainsurgencia ha actuado con decisión. La posibilidad de la conjunción de cuerpos y la liberación de la palabra es lo que han constreñido los encierros masivos, impuestos y autoimpuestos, que el miedo al contagio ha propiciado, favoreciendo la confluencia de estrategias tanto de disciplinamiento como de control poblacional.

La impugnación del orden neoliberal durante la Revuelta sometió a una fuerte tensión a la ideología de dominación, que (salvo los iniciales ataques al Metro, de oscuro origen) no atacó físicamente a sus sustentos estructurales, económicos y logísticos. Fue una revuelta expresiva y ética que no se orientó a la detención del modelo, no hubo huelgas, sino a su ralentización, se ocuparon calles y plazas y se pensó y se habló en ellas.

En esta ocupación, radica la peculiaridad de la revuelta chilena. Cabildos y asambleas complementaron las marchas, habituales y rituales en la cultura de la protesta nacional, abriendo espacios de conversación social inéditos en este país. Se crearon o se reactivaron canales de comunicación, analógicos y digitales, haciendo de la sociedad una red más densa de posibles intercambios, más rica informacional y sensitivamente. Los momentos de la igualdad proliferaron y, por lo tanto, se hizo más cercana comunitariamente. Esta cercanía comunitaria es lo que la pandemia ha atacado directamente.

Sin embargo, la extensión de la pandemia, contiene, a la vez, una potencia de subordinación y una potencia de insubordinación. El gobierno tratará de favorecer la primera a través de la intensificación de las formas disciplinarias y de control, escondidas bajo la apariencia de modos de prevención de los contagios. Podemos favorecer la segunda pensando que la energía de la Revuelta de octubre está soterrada, latente y dispuesta de reaparecer cuando las condiciones lo permitan y que la pandemia es una más de las contingencias con las que debe enfrentarse, no su carta de defunción. Es una dificultad en su camino no su sepulturero. Apostemos a esta segunda posibilidad y digamos que estamos en un momento implosivo de la Revuelta a la espera de recuperar sus energías explosivas. Y aún más: podemos pensar que la arrogancia, ignorancia y la falta de escrúpulos con los que se ha gestionado la crisis por parte del gobierno, la mudez e impotencia de la llamada “oposición”, sumado a los estragos económicos previsibles, actuarán como factores de acumulación de indignación capaz de reactivar la rebeldía. Para eso será necesario reinventar las solidaridades y las coordinaciones en contextos de distancia corporal y proliferación digital, que con toda probabilidad dará lugar a la aparición de formas híbridas, analógico/digital, de acción política.

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