Cultura

[CRONICA] “Cordillera adentro” de Iván Ramírez Araya (Arturo Volantines)

Cordillera adentro es el mejor libro que se ha publicado recientemente en el Norte. Y tal como fue con Batalla de Los Loros el año pasado, tampoco fue presentado en la Feria del Libro de Ovalle; porque los que conciben esa feria no saben de cómo se hacen estos eventos culturales democráticos ni tampoco saben cuál es su objetivo.

La cordillera de Coquimbo es altísima con profundas quebradas, donde escasea el agua; sin embargo, persiste su poblamiento y la subsistencia mísera, como tan bien lo dijera Gabriela Mistral. Sus cerros metálicos bailan con el sol y con el arriero que los bordea con precisión y respeto.

El pastor de cabra sobrevive a puro oxígeno, con algunos quesos y en la trashumancia. La asistencia del Estado llega; trata de incorporarlos a la producción tecnológica y algo logra, pero poco. El hombre que vive arriba más bien se entiende con las nubes y el viento.

Nos queda después de siglos, su ethos y su huella, que va y viene en libertad: siempre amenazado y resiliente de la globalidad.

Por esos vericuetos, ha andado Iván Ramírez en su calidad de veterinario y militante. Le ha tocado vivir y asistir a esta población en movimiento; ha sido un baqueano in situ en las majadas; ya que ha podido entrar, en su labor profesional, a los ranchos y a los corrales del habitante de estas alturas. Mucho más, como compañero y como hijo del semi árido infinito.

A pesar de los generosos y llanos que son estos vecindarios del valle trasversal, han aprendido en 500 años a ser desconfiados; ya que en este proceso han aparecido las fronteras y los vendedores de oropeles. No es fácil ingresar al mundo interno de este pueblo, que en las distintas guerras civiles les han puesto pecho a las balas. Le ha tocado a Iván Ramírez unirse privilegiadamente a este mundo local y darnos testimonio genuino de primera mano.

Cordillera adentro es, primeramente, testimonio del incalculable patrimonio cordillerano del trashumante: del pastor de cabras y su andadura por el norte, donde ha surgido una forma nítida de ser, que viene heredada por nuestros patriarcas, como son estos Godoy magníficos de Coquimbo: Lucila Godoy y Pedro Pablo Muñoz Godoy.

Aún no se ha ahondado bien a este pueblo transversal. Casi todos los estudios son exterioristas: fotografías para el turismo; postales de gente sonriente para la posteridad; pero, insustancial del mundo montaraz. Celebramos oportunamente la obra: Cordillera Grande de David Rojas Santander y lo motivamos para que excavara en su visión de reconocimiento de este mundo; pero, la parca, llevóselo tempranamente.

Resulta importante el testimonio de Iván Ramírez. Nos permite conocer un lugar del mundo, que no solo nos ha dado un Premio Nobel, sino que ha trascendido formas propias del ser y de un espíritu. Ha sintetizado una característica única y ejemplar.

Obviamente, sabemos muy poco de la cultura originaria (de la mal llamada cultura diaguita). Precisamente, falta muchísimo que conocer: no solo antes y durante la llegada de los españoles sino del proceso violento de colonización y del casi exterminio de los pueblos originarios. Estos retazos del ser originario son claves para encontrar el lugar justo de nuestro propósito del Norte Infinito. Y no se convierta, esta manera en el mundo, en una suerte de farándula y de asistencialismo barato. Para que no sea, finalmente, condenada a morir.

En Cordillera adentro el autor va mencionando tal si fuera arriba del caballo, mejor dicho, a matacaballo. Cuenta algo de acá, algo de más allá; recurre a un racconto. Hace hablar a los protagonistas. No se detiene demasiado en el lenguaje. Se fija en lo que hacen y dicen los hablantes; siempre al borde de un precipicio: de que algo va a suceder. Vuelven a escena los tipos populares con sus mitos, sus supersticiones y sus sueños de encontrar El Dorado, como dice el autor.

(Foto: Sergio Larraín; Editorial Etnika, 2020)

Acude Iván Ramírez a su rica experiencia, a los personajes bonachones típicos de estos pueblos: el sargento, el chupa medias, el patrón, el militante, el cura y, por supuesto, los buenos mostos y los asados, entre el hambre y la dicha solariega del campesino. No hace mucha diferencia entre el decir del hombre del cerro y con el decir propio; incluso, trata de ser como ellos, aunque queda claro que es de pura solidaridad y experiencia, porque él se mueve con reflexiones culturalistas desde el conocimiento gourmet y del hombre cosmopolita. También, su lenguaje está influenciado por el ser militante, que matiza con su consecuencia política, especialmente de la cultura radical tan influyente en el Norte Infinito.

No solo es escritura del paisaje y del retrato que este hace de su pueblo sino, también, es la escritura de personajes y caseríos del interior. Esto define su proceso escritural, donde el énfasis está colocado en que nos demos cuenta de sus ritos, mitos y fiestas.

Entonces, su escritura está en función de esta función, y no de lo que siempre equivocadamente se supone: la escritura al servicio de la escritura. Por ello, este lenguaje áspero no solo es por la escritura, sino que esta puesta en el desafío de aprehender bien el ethos.

En eso logra afianzarse bien el autor, porque aparece claramente lo que busca hacernos ver: territorio marcado por el espíritu tenaz, movido por la trashumancia, la explotación y los ritos de la bienaventuranza, y que el lugareño pervive más allá o más acá de la placidez y de la carencia.

Aparece muy bien una característica: en que el lenguaje y lo expresado van de la mano. A veces queremos saber cuán espadachín es el escritor. Vemos en tantos escritores metropolitanos: lo huero del entuerto escritural y casi nunca asoma el nuevo alumbramiento, que tanto buscamos en el arte cual signo de creación.

Este testimonio también es un “Confieso que he vivido”. Desde Barraza a Ovalle y a La Serena y, sobre todo, de los pueblos del Limarí y Choapa, donde Iván nació, vivió y luchó. Cordillera adentro es dar cuenta no solo de la vida durísima de los habitantes de esta cordillera sino de cómo se fueron construyendo sueños. Lugareños que alentados por el triunfo del Gobierno Popular procuraron un paso hacia adelante. Da cuenta del terror del golpe militar, y de la larga tarea de recuperar la democracia. Este testimonio epocal es un téngase presente y memoria contra el olvida. Es visión mesurada, pero clara de lo ha pasado en Chile y en la región de Coquimbo, para que nunca más vuelva a suceder.

Desfilan hombres y mujeres sencillos por sus páginas, así retrato para los nuevos tiempos. No es pura melancolía, porque también la vida ha sido de mostos y de aires puros y, fundamentalmente, porque, como el cuesco de chañar, las tradiciones van y vienen. En el fondo de la poruña, se ve el verdadero oro de Coquimbo: su lugar único en el mundo.

Este libro de 350 páginas equilibra bien el ser registro e impulso literario. Hoy, cuando cada día hay menos lectores, donde el preciosismo verbal ha correteado a lectores muy ayudados por los gestores culturales que, en su oficio de estimuladores de la lectura, terminan logrando que los jóvenes odien leer.

Esta obra no pierde su discurso tenaz, fresco, ubicado en la región. O sea, libro que viene a ser aporte al conocimiento del devenir de la provincia, que a través de su historia siempre ha estado haciendo notar su diferenciación. Un libro que ha nacido para ser una propuesta: puerta para que nos conozcan más y para que despierten aquellos que se miran el ombligo y les gusta el mal oficio de yanacona.

Cuando me pregunten por un libro para conocer la región de Coquimbo, indudablemente, diré: Cordillera adentro de Iván Ramírez Araya en el Norte Infinito.

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