Opinión

[OPINION] Nueva Constitución: ¿Herramienta para el cambio social? (Silvio Becerra)

Una vez que se elabore y se apruebe por la ciudadanía el texto de la nueva Constitución, procede su publicación en forma oficial por parte del Gobierno de turno, significando esto la puesta en marcha de un complejo y lento proceso administrativo y de participación ciudadana que debería ser el aval que asegure que todas las etapas que se habrán de cumplir de ahí en adelante den satisfacción en forma fidedigna a todo el trabajo de redacción ejecutado por la mesa constituyente, el que se supone debería tener en cuenta todas las aspiraciones y reclamos que tienen que ver con la instauración de un sistema de gobierno capaz de levantar desde sus cimientos al país en que vivimos, provocando un efectivo cambio social en el que impere una nueva visión de lo que significa vivir en una sociedad, más igualitaria y más inclusiva, en la cual se respeten los derechos fundamentales de las personas, en general, y de las personas mayores, en particular, considerando que Chile, según su población, es uno de los países más envejecidos de la región.

El cambio de la Constitución es un hecho y un hito histórico que podría convertirse en revolucionario -eso el tiempo lo dirá– si es que se logra implementar en buena forma sus contenidos, lo que supone erradicar todo vestigio de un modelo económico que nos llevó a una de las más grandes crisis sociales soportadas por nuestro país, que llevó a que se produjera el denominado estallido social de octubre de 2019 que, por primera vez en mucho tiempo, obligó a nuestra sociedad a buscar un punto de encuentro que posibilite un mayor equilibrio social y todo lo que ello involucra.

El ciudadano común y corriente se encuentra instalado en un difícil ambiente de crisis social que se ve aumentado por la actual pandemia que se ha mantenido con sus nefastos efectos por más de un año y de la cual aún no tenemos certeza de cuándo terminará efectivamente. Este es el escenario en que Chile se encuentra inmerso, donde las actividades y proyecciones políticas –de partido- están primando por sobre las imperiosas necesidades de las personas y esto, considerando las malas experiencias que nos ha entregado el mundo político, el que en su gran mayoría con algunas excepciones, más que cumplir el mandato democrático que la ciudadanía les ha entregado, de servicio público, se ha trastocado en un servir los propios intereses -ejemplos hay muchos- con lo cual la política, que de acuerdo al sentido griego de la palabra, tiene que ver con la entrega personal a los servicios de la polis, se aleja en los tiempos actuales de esa primigenia manera de entender la política, la que en sí es una ciencia y que, bien llevada, tiene que ir mucho más allá de los mezquinos intereses de algunos que se aprovechan del sistema y que, a la larga, son los que, con sus procedimientos ligados a la corrupción, están lentamente debilitando a la política con mayúscula y, por ende, las bases de la verdadera democracia.

En este contexto, es importante dar a entender que el hecho de que se pueda redactar una nueva Constitución no implica de ninguna manera que, por eso, todos los problemas de la gente se van a solucionar en el corto tiempo; es posible que algunos asuntos puntuales se puedan encauzar, pero el grueso y tronco fundamental de toda la problemática social imperante es tema de un análisis mucho más profundo. Por eso, como ciudadanos debemos aterrizar nuestras expectativas y no dar crédito a todos los cantos de sirenas que circulan y que lo único que pretenden es provocar el desconcierto, la desinformación y la desarticulación de toda posibilidad de acción organizada e informada para avanzar realistamente en este tema.

Seamos cautos, la experiencia nos ha enseñado (como madre de las ciencias que es) hasta qué punto hemos sido abusados por el sistema vigente, en plena connivencia con todo el entramado legal que lo sostiene, por lo cual es necesario tomar los resguardos necesarios a partir de nuestra propia e informada conciencia para no seguir favoreciendo a los mismos de siempre, que por la razón de sus intereses se han convertido en un verdadero cáncer de nuestra sociedad.

A continuación, reitero que para muchos surgen algunas dudas y mitos que tienen que ver con el hecho de que, al existir una nueva Constitución, todos los problemas estarían solucionados; ésta sería la mayor de las ingenuidades, pues la Constitución no es más que un gran marco legal y referencial que sirve de base para la elaboración de las leyes y que ella, por sí misma, no es la instancia adecuada para la solución práctica de los problemas; para ello se requiere de algo más, siendo ese algo, como ya se dijo, las leyes y sus reglamentos. Según esto, la Constitución no es más que el punto de partida o de inicio de un proceso, pero que en sí misma, y por muy bien redactada que esté, como Constitución se agota en sus posibilidades, debiendo dar paso a las necesarias etapas que le siguen -leyes- que son las que tocan directamente a las personas, y de las cuales se espera una interpretación de la Constitución que sea conveniente para la sociedad, en general, y grupos de personas, en particular.

Este es un momento inevitable pero necesario, en que el legislador se configura como representante de todas las tiendas políticas existentes, para dar curso a las discusiones y redacción de las diferentes leyes que habrán de ser la viva expresión de la Constitución en sus diferentes articulados. Este no es un asunto más, sino que más bien es el momento definitivo en que los destinos del país quedan en manos de los políticos -que son personas con sus virtudes y defectos-, los que según hemos constatado a lo largo del tiempo, no han sido capaces de responder a la confianza de todos aquellos que votaron por sus personas. Este es el punto de inflexión y la gran debilidad de la democracia representativa que tenemos, donde ningún resultado favorable a las personas se puede asegurar; este es el momento en que se le pide al sector político que cambie su manera de actuar y que reoriente sus esfuerzos con una fuerte focalización y empatía por las necesidades de la ciudadanía que, paradojalmente, con sus impuestos, es la que paga sus abultados estipendios -nuestros parlamentarios son de los mejor pagados del mundo.

Finalmente, como ciudadanos debemos tener muy claro que redactar una nueva Constitución, que habrá de regir los destinos del país por los próximos 40 o 50 años, es una de las tareas más complejas que como sociedad deberemos asumir; siendo un asunto extremadamente serio y urgente, considerando que tiene que ver con el cambio del modelo de desarrollo que tenemos, que ha sido tan nefasto para una gran parte de la ciudadanía, favoreciendo condiciones para la mantención y aumento de la desigualdad de los chilenos, falencias que han quedado al descubierto en las condiciones de pandemia que estamos sufriendo.

Podemos decir que estamos instalados en un paradigma del cual queremos salir, pero, ¿cuál es el paradigma que deberíamos asumir, pensando en la nueva Constitución? Lamentablemente no lo sabemos. Lo único que sabemos con certeza es que tenemos que salir de un paradigma negativo y perjudicial para los derechos fundamentales de las personas, y que deberíamos establecer uno nuevo, empero, este es un asunto que aún no se ha pensado en absoluto, lo que nos debe poner en alerta, pues esto debería estar más o menos claro en el momento de la discusión y redacción de la nueva Constitución por parte de los constituyentes. No vaya a ser que se haga realidad la frase de una conocida canción popular que nos habla de que se hace camino al andar, lo que, sin duda, sería un grave inconveniente que podría poner en riesgo la seriedad y verdaderos objetivos de este proceso.

Silvio Becerra Fuica
Profesor de Filosofía
Agente Multiplicador de Salud Formado en el Centro Gerópolis de la Universidad de Valparaíso


Deja un comentario