Cultura

[CRONICA] Leer sirve para pensar (Asamblea Cultural de Quilpué)

Quilpué.

Hay quienes de Quilpué solo conocen el nombre del mítico Café del Libro ubicado en la calle Blanco, en pleno centro de la ciudad. Bar que alojó a much@s artistas locales, donde se planearon sueños, bandas musicales se dieron cita, escritor@s presentaron sus trabajos, poetas encontraron el último capítulo de la novela que tenían a medio escribir, el pintor MH Ricardo Contreras, Pato Loncomilla, y otros, encontraron un espacio de exhibición permanente para que su obra se instalara directamente en el inconsciente colectivo de toda la comunidad.

Quilpué.

Ciudad que despidiera en el Teatro Municipal al músico Patricio González, fundador del grupo Congreso.

Quilpué.

Que discute hace un par de semanas el nombre para su Centro Cultural a través de una consulta ciudadana; que discutiera enérgicamente por la realización o no de su Festival de Jazz, instalando de paso el antiguo y siempre vigente debate sobre el sentido del arte, sobre su goce estético y su capacidad transformadora.

Quilpué.

Con el museo rural en Los Perales, y el Teatro Cupulantu en Colliguay. Ese mismo teatro que nació en el sueño de dos actores, quienes dejaron las luces de neón y la televisión por la quietud del Valle y que tuvieron la visión de guardar las dos cúpulas de la Casona del doctor Campbell, demolida sin consideración alguna por las autoridades de la época. Las cúpulas fueron recogidas y compradas en una desarmaduría y hoy tienen el nombre de las poetas Gabriela y Violeta.

Kewpü. Una comuna que, desde el fondo de sus napas subterráneas, invisibles, sigilosas, mantiene un afluente de aguas, vertientes, conversaciones y susurros que viajan entre el colorido de sus flores y el ramaje añoso, hoy reserva de la biósfera por el importante lugar que tiene para el ecosistema de todo el planeta.

La misma ciudad que entre sus calles alojara la Galería Escondida, espacio perteneciente a un grupo de fotógrafos de la ciudad del Sol.

Hace diez años más o menos, Mauricio Velásquez, vendedor de libros de viejo, pasó de ocupar un puesto ambulante a la conocida librería Fuegia. Ubicada en la calle Blanco casi esquina Thompson, fue allanada por agentes de la PDI, quienes requisaron textos por un estimado en 24 millones de pesos. Y algo de eso nos recordó los peores años de la dictadura militar.

¿Qué fue lo que realmente se allanó por la PDI? En las redes sociales mucha gente solidarizó con el librero con la pregunta a flor de piel: ¿A quién se perjudica cuando se hace este tipo de operativos? Porque, en definitiva, se daña al niño o la niña que tendrá que leer un libro desde una fotocopia. Y también, al hacerlo, incurrirá en un delito. O tendrá que descargarlo desde internet (que también es un delito según la Ley 17.336). Porque como sea, sigue existiendo el libro pirateado y el libro de la cuneta. Y mientras éstos existan, habrá muchos y muchas que necesiten ese libro.

En el mes de diciembre 2021, en Pucón, sucedió una historia similar con el librero y escritor Alejandro Anabalón. El alcalde de turno se negaba a renovar su permiso, sin considerar que es el único librero que abastece no solo al Pucón turístico, sino a ese otro Pucón, ese que es de quienes habitan en él. Que tiene un compromiso y un rol para con la comunidad de artistas de su comuna, pero también de todo el país.  Y después de campañas, de saludos, de apoyos, el alcalde aceptó la reapertura del puesto del librero y escritor sureño.

Y tanto Alejando Anabalón en Pucón como Mauricio Velásquez en Quilpué han ido más allá del trabajo de vendedores, convirtiéndose al oficio de libreros, entendiendo que una librería es un espacio cultural que cumple un rol hacia la comunidad a la que pertenece. Porque leer sirve para pensar.

¿Cuál será el destino de los libros allanados? Los libros se destruyen como un acto perverso y ausente de todo criterio. ¿Acaso sería posible donarlos a quienes no tienen acceso a ellos? ¿A quién se defiende cuando se actúa contra la piratería? Nosotr@s creemos que se defiende al empresario, al comerciante de libros, a la industria editorial. Algunas veces se oye decir que debemos cuidar la propiedad intelectual de los artistas, cuando en verdad, en el caso de l@s escritor@s, sus derechos son vulnerados por las grandes editoriales, donde los contratos son macabros. Un amigo nos confidenció que cuando ganó un importante concurso literario, la editorial le pagaba algo así como mil pesos por cada libro vendido, sin posibilidades de comerciar él sus libros, y con derechos sobre reimpresión por los próximos cincuenta años.

Es sabido entre l@s amig@s del libro que las editoriales independientes no pueden entrar al circuito de las grandes librerías. Son pequeñas y no pueden competir. Así las cosas, vamos entendiendo que el negocio de los libros no es de quienes venden libros usados y piratas, sino más bien es de quienes mantienen las editoriales y deciden qué leemos, qué se publica, quiénes son los autores de moda. Qué leen nuestros hijos e hijas en los establecimientos educacionales y un largo etcétera.

Dicen que piratear libros es como piratear softwares. Richard Stallman (defensor del software libre), cuando visitó Chile dijo: “Nosotros no estamos robando nada, porque el derecho a la información es un derecho humano. Porque el derecho al conocimiento es un derecho humano”. Y nosotr@s suscribimos ese derecho y nos negamos a la muerte de las librerías.

Asamblea Cultural de Quilpué

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2 respuestas »

  1. Estoy en desacuerdo en cómo se plantea aquí este asunto de la piratería. El derecho a la información es un derecho humano, pero si una persona crea algo, y no lo regala, lo vende. Y si a usted le interesa, lo compra. Hay mucha, pero mucha información en internet totalmente gratuita, pero los libros, la música, si los autores no la ponen a disposición de la gente de forma gratuita, es el derecho de ellos, no nuestro.
    ¿Cuántas cervezas cuesta un libro o una canción legal?
    Sí, los libros son caros, por ahí va la cosa. Y por ahí hay que buscar la forma de que la gente pueda acceder a ellos a precios razonables, o en forma totalmente gratuita, como en las bibliotecas.

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