[OPINION] Una viñeta para Ennio Moltedo (por Guillermo Rivera)

Constantino: te hago saber que fue dividida la ciudad. El lado norte continúa con su barrio pobre, el paseo de estudiantes entre las palmas, los gritos del mercado y el trajín de carretas que compiten con el tren que marcha por encima del mar.

La avenida de los dioses binominales indica, hacia el sur, el inicio de otro Valparaíso depositado por mano gigante donde torre y boca abierta de concreto babean poder inútil desde los espacios del reino de “mongo”.

Constantino, sólo en sueños, a través del arco de triunfo es posible imaginar otra vez el cerro azul y alguna nube que cruza libremente nuestro tiempo antiguo.

(La Noche, poema 30)

Leí este poema en 1999, el mismo año de su publicación. A las puertas de un nuevo milenio, el regreso a la democracia en nuestro país consolidaba sus políticas de acuerdo y senadores designados. En este clima de petrificación de la sociedad civil, se publicó el libro de Moltedo en la ciudad de Viña del Mar.

En mi lectura, al menos, este poema es clave dentro de sus escritos, ya que establece una continuidad que viene desde su primer libro a la vez que una ruptura en una aguda mirada a los ciclos terminales de la historia de la ciudad. En este caso, la equivalencia, para mí, se encuentra en ese campo de fuerza que proviene de la figura de Cavafis, y su consecuente equivalencia entre la ciudad de Alejandría y Valparaíso.

Cavafis quien se consideraba a sí mismo un historiador poeta, un poeta de la ciudad,  parece haber sido sensible al espectáculo de trastornos y deslealtades que a menudo caracteriza a los ciclos de la historia. Estos ciclos son tratados por el poeta Alejandrino con ausencia de énfasis. No declama. No adorna. No retoca. Se mueve en lo mínimo, observa en el arco del tiempo esa sucesión de burócratas donde encontramos que el rostro del oportunista y las joyas del declamador profesional y los bienes de los que sacan provecho de los malos tiempos, siguen perteneciendo a esa civilización que ellos contribuyen a destruir.

Considerando algunos de estos hilos temáticos, o más bien, el tratamiento de esos hilos, Moltedo coincide en su poesía –en su mirada poética- con algunos aspectos de la poesía Cavafis. Sin embargo, creo que Moltedo focaliza la historia de la ciudad –o su pérdida, con una pérdida personal. Está pérdida ocurre como consecuencia de la destrucción del pasado reciente y la destrucción de la memoria.

De este modo, el poema nos sobrecoge por su doble filiación, en que el punto de encuentro de los ciclos terminales no yace en la geografía ni en el paisaje, como nos han hecho creer, sino en las convulsiones de la historia.

En un estilo directo, con la utilización de figuras secundarias, su imaginación opera en el poema con la aplicación con la cual operaria un sistema nervioso. De hecho, sin el manejo de grandes palabras, pero a través de una constante atención al detalle, enfoca con destreza el tema hasta alcanzar el clímax de una visión que liquida apariencia tras apariencia. Libera así a la poesía tanto de la demanda de libros eruditos y no leídos (esa erudición callampa, a la que se refería Millán) como de que ésta cumpla una función de víctima o de producto del capitalismo.

Moltedo no es un poeta que intente seducir nuestra audición para dar un testimonio efectivo de la vida de la ciudad. Asiste, por supuesto, como todos, al espectáculo inevitable de la nueva época. A esa red de formas esquivas que a diario ve pasar frente a sus ojos. Es decir, el poeta observa, atraviesa, enfrenta, discurre, se distancia, de todos esos signos de vida y muerte que puede verificar. De este modo acentúa el carácter conflictivo de esa diferencia: si la ciudad es símbolo de la civilización, en este periodo de los ciclos terminales, Moltedo se hace crítico de la ciudad, señalándonos, de paso, que esos personajes que la habitan, padecen, o incluso la aman, se hallan en un mundo que está más allá de las expectativas que han considerado propias.

Así, la ciudad puede tomar la forma de un laberinto: monstruos, víctimas, hermosas mujeres, la ocupan. El bien es ahora el espectáculo, y el espectáculo el nuevo mal. La ciudad se vuelve incongruente y ante esa enorme dificultad el poeta tiene, como compensación, la posibilidad de no renunciar a su mundo propio situándose en algún punto cerca del mar.

Desde ese punto, percibe que los hechos culturales han sido manoseados, que éstos ya no se vinculan con un orden histórico particular, sino con las formas de los lugares comunes del poder, en que la historia y el presente de Chile, por ejemplo, aparecen sin contrastes, o subordinados a una condición redundante. El futuro no existe, lo que era conciencia de un devenir se convierte en soledad frente al espejo, o peor aún, en avenidas con dioses binominales que han manoseado hasta el cansancio, la feroz desintegración de causas y efectos.

En este sentido lo que se propone el poeta es un estado de alerta de la lengua que le permita su articulación máxima. En privado, le escuché decir más de alguna vez que la poesía es espíritu. También un campo de batalla contra la insidiosa autoridad y la ignorancia del medio. Tal vez deberíamos entender esto como un triunfo sobre el vacío, o como un intento para que la vida –cualquier vida- adquiera un fulgor a al cual no parecía destinada.

(Fragmento del libro Paraderos de la Lengua de Rivera-Moltedo-Martínez, premiado por el Consejo de la Cultura, beca de creación literaria referencial 2018).

Opinion_GuillermoRivera

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