// Sostiene Pacheco que el actual gobierno no se sostiene por ninguna esquina, y que le resulta insostenible seguir guardando silencio frente a una catástrofe sostenida en el tiempo.
Arrinconado ahora en su zona de malestar, Pacheco no tiene más alternativas que desenfundar su libreta de apuntes y con su lápiz Bic en ristre (es de la vieja escuela), emprenderlas contra los molinos de vientos.
Sostiene Pacheco que el chancho está tirado y que podría empezar a despostar por cualquier lado, pero como solía decir un viejo traidor que conoce: “la estética es lo primero”. Y no se trata de la apariencia física o unas chancletas inapropiadas a la investidura del cargo; se trata simplemente de la esencia del cargo. Lo mínimo que se le pide a un vocero de gobierno es que sepa expresar con claridad ideas, acciones, relatos; y con claridad significa con el lenguaje apropiado. Sedini ya era cara para la farándula politiquera de Sin Filtros, pero en una vocería de un proyecto de gobierno amparado en la mentira y la falacia, se requiere –sí o sí- de una mentirosa profesional y con muchísima labia. Es tan grotesca su permanencia en el cargo, que sospecha Pacheco de una movida palaciega para fijar la atención pública en las formas y no en los contenidos.
Sostiene Pacheco, además, que lo de Sedini no es una anécdota en el bullado gobierno de emergencia. Un ministro de cultura que es un publicista, una ministra de deportes que su objetivo principal es que nuestros deportistas vayan bien vestidos, un ministro del interior que no sale al exterior de La Moneda, una ministra de seguridad que inspira inseguridad, un ministro de hacienda que sólo sabe de colusiones y que es cuestionado por dirigentes de su propio gallinero; confirman que la incongruencia es la regla.
Sostiene Pacheco que mejor ni hablar de los seremis desgajados de este cuerpo maloliente, ni los asesores del segundo piso. Todo el gobierno es un despelote, un sinfín de ineptos y mediocres que lo único que tienen claro es que deben facilitarles a los ricos el incremento de sus riquezas a costa de los pobres que mayoritaria y paradojicamente les concedieron esa potestad.
Sostiene Pacheco que no obstante lo anterior, lo más patético y peligroso, por el poder que ostenta, es el mismísimo presidente. Su ignorancia es abismal. No conoce el ciclo del agua, no sabe que es un humedal, no entiende para qué sirve la investigación en las universidades. Y no se trata de cultura general, que mal no le haría. Son conocimientos básicos relacionados a materias que pueden definir una propuesta del ejecutivo: un recorte de presupuesto o un atentado contra los ecosistemas, por ejemplo.
Un presidente que improvisa, que se contradice, que mete las patas una y otra vez. Un personaje fallido. Un error de la matrix protofascista.
Sostiene Pacheco que no puede dejar de imaginar a un Kast insomne, en pijama, deambulando de madrugada por los pasillos de La Moneda; angustiado por no dar el ancho e intuyendo un fracaso irreversible.
Abatido por el estrés de haberse metido en una camisa de once varas, sostiene Pacheco que los martes de pololeo están suspendidos hasta nuevo aviso.
Sin embargo, al despuntar el alba, parado en medio de la Plaza de la Ciudadanía, Pacheco puede observar con su catalejo cómo el personaje vuelve a su burbuja a punta de un café bien cargado. Cómo vuelve a jugar su rol de presidente de un país imaginariamente quebrado. Y cómo vuelve a habitar la zona de interés republicana, asomándose al balcón de su indolencia; allí, en el mismo lugar, donde el más digno de los presidentes inmolo su vida por amor a ese pueblo que, Pepe “El Ramplón”, desprecia.
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